Número de edición 7681
Espectáculos

Segunda parte de la entrevista a Claudio Portiglia

Segunda parte de la entrevista a Claudio Portiglia

Seguimos repasando la vida y obra de este escritor argentino de dilatada trayectoria.

Por Rolando Revagliatti

¿Cuáles son los temas o asuntos más recurrentes en tu poética, y en tus artículos y ensayos, y por qué?

CFP — A mí me gusta vivir. Celebro la vida —la agradezco— y la vida sucede en presente: con sus placeres y con sus horrores. No espero premios ni castigos sobrenaturales; el día que se termine, se habrá terminado y no tengo ni tendré reclamos por hacer. Sobre estas cosas escribo. Es un puñado de temas, tal vez. O tal vez es un conjunto inabarcable.

Tengo en claro que no soy un poeta social; por ahí, en todo caso, incursiono en el ensayo político —o histórico—. No soy indiferente, sin embargo, al dolor del prójimo ni a la injusticia. Me afectan de manera muy particular. Pero no siento que deba cantarles; no siento que sea ésa la función de la poesía. O, por lo menos, de la que escribo yo. Y tengo con el amor mis disputas severas: lo desprecié, como tema, durante mucho tiempo; después me fui reconciliando y hoy —cuando casi no lo ejerzo o lo ejerzo de manera diferente— ocupa un espacio central. Como ocupa un lugar central mi interés concomitante por el lugar común.

El desafío consiste en volverlo trascendente. Y con el desafío aparecen varios temas más: los límites, las fuerzas, las capacidades, lo que puede y lo que no puede ser, los sueños como expectativa y los sueños como drama. Cada tema, además, exige una entonación, una música; y esa exigencia —la del sonido— se convierte en tema a la vez. El fondo y la forma; ese eterno continuo.

¿Cómo ves tus primeros dos o tres poemarios?

CFP — En la medida que puedo, no los veo. Están. Fueron el sostén para los que vinieron después que son el sostén de los que llegan ahora. No reniego, al contrario: agradezco que me hayan permitido insertarme, crecer. Hoy no escribo de aquella manera. Tampoco soy como era cuando los escribí. Al pasado lo miro como se mira por un espejo retrovisor: cada tanto y sin detenerme. El futuro me interesa mucho más. Es el espacio hacia dónde voy y me gusta conocerlo. Los años en la ruta me enseñaron que los modelos importan poco, lo que importa es el rumbo.

Si uno no tiene claro hacia dónde va, cuanto más sofisticado sea el modelo, tanto más pronto terminará extraviado. Y tampoco me gusta volver recurrentemente sobre tópicos que ya traté. Alguna vez dije —y sigo pensándolo de ese modo— que cuando dos libros de un mismo poeta se parecen demasiado, o el segundo está de más o están de más los dos.

¿Qué poetas y narradoras extranjeras preferís?

CFP — Tengo una profunda ignorancia sobre poetas y narradoras extranjeras. Leí con placer a Rosalía de Castro, disfruté alguna historia de Clarice Lispector, me sorprendió, de joven, la potencia de Virginia Woolf. Pero no siento necesidad de releerlas y de a poco mi memoria va olvidándose.

¿Hay algún autor que te haya influido de alguna manera especial a la hora de conformar tu imaginario?

CFP — Mi imaginario se construyó por etapas y cada etapa tuvo sus referentes. De adolescente, de jovencito, más que Pablo Neruda, que César Vallejo o que Federico García Lorca —que concentraban las simpatías de los lectores de mi entorno—, yo preferí a los dos Machado, Antonio y Manuel. Después llegaron Blas de Otero, Luis Rosales, Ángel González, Rafael Morales y toda la poesía española de posguerra.

Para esa época matizaba con los italianos. Salvatore Quasimodo, Giuseppe Ungaretti, Dino Campana en especial. Vicente Huidobro me reveló alguna cosa y pasó como un chispazo; otro tanto me sucedió con Charles Baudelaire. No así con Arthur Rimbaud y con Antonin Artaud, que siguen convocándome. Los chinos de la dinastía T’ang me rondan siempre. Los heterónimos de Fernando Pessoa. Nicolás Olivari, Raúl González Tuñón y los poetas del tango. Y Borges, siempre. Jorge Luis Borges es, para mí, el paradigma de ese imaginario.

Si me salgo de la poesía, la nómina se vuelve muy extensa: soy un buceador consecuente de los textos bíblicos, del Quijote, de algunos de los dramas de Shakespeare, de Albert Camus —ah, Camus—, de Roberto Arlt, de Julio Cortázar. Es mucho, es demasiado para nombrar y demasiado para olvidarme.

Supuestamente, de la primera versión de “Memorias de Adriano”, sólo quedó en pie una frase. Marguerite Yourcenar destruyó el resto y la volvió a comenzar. Mercedes Salasach declaró que nunca había escrito un libro con menos de tres versiones. Gabriel García Márquez después de redactar unas trescientas cuartillas de “El otoño del patriarca”, consideró que había un error de estructura. Seis años después la empezó a volver a escribir, hasta que otra vez la interrumpió. Después de un año volvió a empezarla y ahí sí logró, conservando apenas el nombre del protagonista, concluirla ¿Comentarios?

CFP — No, no tengo comentarios para hacer ni soy lector entusiasta de ninguno de los nombrados. De García Márquez, la pieza más brillante que le conozco es la entrevista al ex jefe guerrillero Mario Firmenich, que no tiene desperdicio. Sus novelas más famosas las pasé por obligación profesional; es poco y nada lo que me dejaron. A mí el ejemplo que me seduce es el de Enrique Banchs y el de Juan Rulfo, que necesitaron poquito para ser gigantes. Y me consuelo pensando como Borges que todo escritor tiene derecho a ser juzgado por sus mejores páginas —a veces, por unas pocas líneas—. De lo demás se encargará el olvido.

Como comensal: ¿cocina francesa, armenia, italiana, criolla argentina, japonesa, española, peruana, árabe?

CFP — ¡Ja! Esto me gusta más que la literatura del boom. A ver: en principio, no soy partidario de las opciones excluyentes. Según la ocasión, según los estados de ánimo y aun el estado de salud, disfruto con todas. Lo único que no se negocia es la presencia de vino argentino. El clásico criollo de empanada y parrillada completa con ensalada mixta es una debilidad muy especial; pero tiene que ser preparado por expertos; si no, prefiero el bife ancho con papas fritas. Syrah, malbec o un genérico bien ensamblado completa la pretensión.

Le sigue la española: mariscos, pescados, estofados, tortillas son siempre bienvenidos. Aquí maridan mejor el tempranillo o el merlot. Empanadas árabes como una vez por semana y las tortas de trigo las tuve que frenar por prescripción. Cualesquiera de los tintos acompañan bien en estos casos. La cocina francesa me fascina para disfrutar con un buen acompañamiento femenino y el infaltable chardonnay.

De la pizza de mozzarella con anchoas soy fanático y del cabernet Sauvignon o el syrah para acompañarla, también. Las pastas me gustan todas y en todas sus variantes; si van con un chianti, mejor. Con la comida armenia tengo menos experiencia. Y a la peruana y la japonesa las descubrí y las disfruto de la mano de una nuera limeña a quien introduje a la vez en las bondades del Sauvignonblanc o del tocai friulano para obtener muy buenos maridajes.

Claudio F. Portiglia selecciona poemas de su “Bella y transitoria” para acompañar esta entrevista:

1

La uña grababa en la pared las iniciales de aquellos arrebatos

el amor todavía era una idea

y llegaste a creer con fundamento que futuros corsarios orbitales

un día encontrarían esos signos

los llevarían hasta sus planetas

un consejo de sabios al efecto descifraría el código escondido

sentaría las bases necesarias de la nueva conquista

dispondría recursos y estrategias

para que una civilización ya devorada por el azar del tiempo

recupere su voz se haga visible

en dos o tres grafías cuneiformes

2

No soltaste una estrella

soltaste un quejido doloroso que acompañó el zumbido

justo a vos te pasaba

tanto tiempo llevabas arrastrando tacuaras desde el vado

cortándolas finito

midiéndole los tiros con destrezas que enseñan las derrotas

peleándole al empacho del engrudo

justo ahora carajo que le habías robado a las meriendas

las diez monedas para el papel liviano

y el hilo choricero que decían que nunca se cortaba

y mirá el pelotudo cómo cuelga tan flojo del palito

dejando que el cielo se la trague

tan azul y amarilla tan hermosa

3

Hay días que son duros y el esqueleto cruje y también cruje el alma si es que acaso estuviera

trepada en algún sitio filtrada en la corriente que elabora el cerebro y que todo lo cuestiona

si es que acaso estuviera

tendida sobre el pasto donde juegan los niños o en las camas amantes de amores a destajo

yo no sé si hay un alma si no es todo materia si no somos finitos si el destino es el tránsito si no somos de polvo si vivimos de prepo si un volcán nos contiene y un agua nos redime si un viento nos devuelve si no es todo energía si son ondas o planos o meras percepciones si valemos por algo si por alguien latimos

yo que todo lo pienso sé que hay algo que pienso de modo diferente

yo que no creo en nada sé que creo que hay algo que me habita a escondidas

y en días como éstos cuando todo nos cruje

uno le mete manos a cosas que no entiende y a rezos que no sabe y atolondrado y todo

sabe que al menos sabe que cree que está vivo que crujir lo demuestra

4

Para el día crucial tengo otros planes

ni me iré de viaje ni saldré de gira

ni habré de encontrarme con alguien que me espere en ningún lado

aunque nunca muy lejos he viajado bastante y no tengo reclamos por hacer

demasiado con la carga que les deje a quienes algo pude haberles dado vivo

lo que quede se irá consustanciando con lo que quede de otros

con lo que otros dejaron para que yo disfrute

con la tierra y el agua y el aliento y el fuego

y ese gen que circula para todos llamado humanidad

más o menos rayamos a la misma altura

el único poder que he respetado será el mismo que me aseste el golpe

y sería incoherente de mi parte torcer esa opinión

bien muertos estamos los mortales el día que morimos

esperar otras cosas no permite que vivamos siquiera

y en lo que a mí compete

si supe del amor me doy por pago

y mis deudas en fin que la poesía se encargue de saldar

5

Escribo

a mi derecha las cosas que se amontonan se ordenan o se desordenan

los espacios que se disputan las ideas que se disputan las carpetas los amores las lealtades las pertenencias los diccionarios las precisiones que se disputan

las formas los niveles los resquicios las fracturas los pedazos los libros los paquetes las sombras

las huellas clandestinas de las visitas clandestinas las migas los vasos los restos la vajilla el cubo de la basura los cuadros los retratos la puerta y el espejo

a mi izquierda la pared

6

Altas o bajas

las balaustradas de los bares las escaleras de los subterráneos las marquesinas de las tiendas negras o blancas

las entre sombras del atardecer las entrevistas a los postulantes las entelequias de los parroquianos

la avenida discurre como un río transportando jangadas bien vestidas

todas en dirección a un mismo puerto

menos esta varilla de algarrobo que abandonó el atado

y boya a la deriva de cara a la corriente

con la linde en el vidrio y con preguntas aún sin responder

¿altas o bajas? ¿blancas o negras?

7

Lo recordaba apenas

me llegó perfumado con ese perfume que lleva únicamente

la mujer que se ama

después de olerlo me detuve en la inscripción

es curioso que un error de ortografía o quizá de fonética

pueda revelar un amor tanto tiempo esperado

escondido por salvar las apariencias

mentido por pura cobardía callado por mandato

reprimido en fin por poca cosa

¿qué hacer para conservar ese perfume que el tiempo borraría

en un cajón donde reina el desorden de ropa sin doblar?

compré una cajita de jabón

delicadeza que nunca he tenido para con mis propias prendas

lo doblé con cuidado

coloqué la cajita entre los pliegues

y lo guardé donde pudiera tenerlo a tiro

a golpe de intención

para visitarlo de noche en noche

de amanecer a mediodía

con el corazón acelerado

y con el asombro que tiene cualquier chico cuando aprende a besar

(“Yo recuerdo una línea memorable que está casi al principio: ‘Una tarde, tarde como las de mi país, bella como María, bella y transitoria como fue ésta para mí…’”  (J. L. Borges en prólogo a “María”, de Jorge Isaac))

8

Labiela

Superadas las once

las úes de una parejita norteamericana se confunden con las efes de una familia de alemanes

y con la sonora y sonriente fricación de la abundancia brasilera

el vocerío amaina al mediodía a medida que se llena el salón

la superposición es curioso lo resuelve en murmullo

al rato también amaina la concurrencia

un cielo diáfano que señala el norte pone los aviones que llegan a la altura de los ojos

y bustos y cabezas emergen desde atrás de los ligustros provenientes del paseo de compras

algunos acasos del Pilar

Suar seduce verborrágico a la sombra gigante del gomero

y Julio Bárbaro adoctrina en una de las mesas del fondo lindera con los baños

los turistas se entretienen con el Aguilucho que los recibe a la puerta

o piden sacarse fotos entre un hierático Bioy Casares y un Borges que de frente se parece a Balbín

llega el plato del día acompañado por una copa de Malbec en el momento preciso en que acababa los primeros apuntes

a mi lado una bolsita de red contiene la piedra de citrino que pendula sobre su eje

y que predice para aquélla que la porte equilibrio y prosperidad

distancia y presencia se arraciman cuando se anuncia el postre

doy un último toque a lo que escribo

después del café se irá la tarde redondeando de a poco

a Francina, mi linda indefendible

a Virginia Zusbiela, mi Virshi. necesaria de todos los momentos.

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