Número de edición 7644
Espectáculos

Recordando a la poeta bonaerense Marta Cwielong a casi un año de su fallecimiento

Recordando a la poeta bonaerense Marta Cwielong a casi un año de su fallecimiento

Nació el 28 de enero de 1952 en Longchamps, provincia de Buenos Aires, la Argentina, y reside en Temperley, ciudad de la misma provincia. Fue incluida, entre otras, en las antologías “Poetas argentinos de hoy”, compilada por Julio Bepré y Adalberto Polti, en 1991, “Poetas argentinas 1940-1960”, compilada por Irene Gruss, en 2006, y en “Poetas del tercer mundo”, compilada por Alejandra Méndez Bujonok, en 2008. Primera parte de la nota en su recuerdo.

Por ROLANDO REVAGLIATTI

Marta Cwielong En 2006 aparece su antología personal “Morada”. Publicó los poemarios “Razones para huir” (Fundación Argentina para la Poesía, 1991), “De nadie” (Ediciones Libros de Alejandría, 1997), “jadeo animal” (Ediciones Libros de Alejandría, 2003), “pleno de ánimas” (Ediciones La Guacha, 2008), “La orilla” (Ediciones del Dock, 2016).

Cwielong: ¿Apellido de ascendencia polaca?

MC — En realidad, no he podido comprobar que sea de tal ascendencia. Sí hay muchas familias con ese apellido en Polonia, pero no es de raíz tradicional polaca. Cuando visité ese país mis parientes me informaron que procede de la Baja Silesia y venía de Estrasburgo. Es así. Y soy la primera de mi familia en nacer en la Argentina. Tengo madre italiana, hermano italiano, hermana alemana y padre polaco. Soy, lo que se dice, de posguerra. Crecí escuchando los domingos la hora suiza en la radio, y canzonetas napolitanas, aunque mi madre es del norte de Italia, sobre el Adriático. Significa que me educaron con aires de superioridad. Mientras no teníamos ni para comer. Si bien mi padre era polígloto, trabajaba de albañil; luego, con los años, supe que era un refugiado, pero recién en la adolescencia, cuando comencé a estudiar y compartir mi mundo con otros que tenían formación y pensamiento diferente.

No hubo en mi pequeña familia un incentivo al estudio, sólo correspondía trabajar, tener una casa; fue así que a los catorce años ya lo hacía. Y mis estudios secundarios los cursé después de los veinte, en un colegio nocturno, el Instituto Lomas de Zamora, Cooperativa de Enseñanza: por supuesto, un lugar de izquierdas: me abrió la cabeza en tantas partes que fue alucinante. Ahí tuve mi primer amor con la literatura, el profesor Gerardo Whethengel (con hermano desaparecido), concertista de piano que nos hizo leer el Quijote. Era un alemán rubio, con dedos larguísimos, flaco, de hablar balbuceante, ¡pero cuando se trataba de poesía se encendía y su voz adquiría seguridad, tono, color! Otro profesor, éste de Historia, H. Marrese, un militante de la vida, de los derechos; con él fuimos a las primeras marchas, nos mostró qué era la dignidad.

En mi casa no había libros: sólo los de mi madre, las novelitas de Corín Tellado que ella consumía mientras viajaba en tren todos los días para ir a trabajar. Mi hermano y yo nos ocupábamos de la limpieza además de ir a la escuela y cuidarnos. Mientras esperaba a mi madre yo leía a escondidas a la Tellado e imaginaba un amor precioso. Solía leer las hojas de los diarios con los que envolvían los huevos que comprábamos en el almacén. Por entonces no pensaba en escribir, y menos poesía; fue mucho después, cuando no atinaba a encontrar el sitio donde estar, cuando no hallaba la manera de que me entendieran.

“Sitio donde estar”, decís, enfocando en tu infancia.

MC — Por ejemplo, entre los seis y los once años debí convivir con mi abuela materna en los campos de un coronel, gobernador de la provincia de Buenos Aires, forjador del peronismo: el Coronel Domingo Mercante; con lo cual, dentro de la pobreza, estaba rodeada de los lujos del poder, y la ignorancia de la peonada. Por lo que a mis diez años fui alfabetizadora de los trece hijos del tambero. Y como me obligaban a ir a la iglesia, fui catequista. Luego abandoné religión, enseñanza. En simultánea, la escuela primaria la cursé en Uruguay y en Buenos Aires: me confundía entre José Gervasio Artigas y José de San Martín, entre el 18 de julio y el 9 de julio.

Vivir cruzando el Río de la Plata me dio el vértigo de las orillas, la fascinación por el borde. Vivir sin la familia, por lapsos, sin escuela en la niñez, me llevó al mundo de la lectura; de pronto, una edición de cuentos para niños de Hans Christian Andersen llega a tus manos, le faltan algunas hojas, pero comenzás a reemplazarlas, a imaginar qué hubiera dicho, de qué manera. Como se dice ahora, debí estar escolarizada a determinada edad, pero… no siempre había escuelas disponibles a las que concurrir. Y así, recuerdo a unas monjas franciscanas con sus sotanas levantadas, pedaleando las calles de tierra, acercándose a nosotros, aquellos chicos y chicas, para enseñarnos a leer; atesoro esos rostros vivaces rodeados de niños debajo de un árbol cantando la palabra aprendida.

El idioma en mi casa era el italiano; quizás por eso se produjo mi inclinación por Eugenio Montale, Cesare Pavese, Giuseppe Ungaretti, Federico Fellini, “Ladrón de bicicletas”, “Roma, cittàaperta”, la Loren, MarcelloMastroianni, el hablar fuerte de los italianos, la expresividad de las manos.

Retornemos a tu adolescencia, a la juventud.

MC — Entonces, Ray Bradbury y “Las doradas manzanas del sol”, los poetas que me iniciaron en el uso de la tijera que me ayudara a podar de liviandad aquello que escribía: Enrique Puccia, Edgar Bayley, Beatriz Piedras y su gran conocimiento del hayku, Rubén Chihade, y todos los poemarios que me hicieron leer, y a partir de ellos, debatir. La Facultad quedó en el camino: formé una familia.

Eran los ‘70 y el terror estaba instalado. La realidad me llevó a leer empecinadamente y buscar las raíces de la familia. Mi adolescencia no es la típica de la pequeña burguesía: trabajé desde los catorce años, cuidé un padre enfermo hasta su muerte en un hospital, y a los diecinueve años estudié, de noche, el bachillerato. A los veintiuno ya tenía un hijo. Entre la dictadura, los amigos que desaparecían, los que había que esconder o sacar del país, el miedo, el coraje de seguir, de pronto ya se había escapado entre las manos la hermosa adolescencia.

Apuntando a nuestros lectores geográficamente más lejanos: Longchamps, Temperley, localidades cuyos nombres remiten a Francia y a Inglaterra, respectivamente: ¿siempre residiste en la zona sur del Conurbano Bonaerense? ¿Qué nos trasmitirías de ella en lo social, urbanístico y cultural?

MC — La mayor parte de mi vida transcurrió en Temperley. En la adolescencia, en un barrio obrero, de inmigrantes. Hoy, cerca del Barrio Inglés, en una casa que data de 1907, en el Barrio Santa Rosa. Los ingleses tuvieron mucha influencia, se puede advertir en sus calles empedradas y en los chalets. Tenemos, además del cementerio tradicional, el de los “disidentes”.

Y la Universidad Nacional de Lomas de Zamora, fundada en 1972. El poeta Roberto Juarroz fue uno de nuestros vecinos ilustres. Pertenecemos al partido de Lomas de Zamora, junto con Banfield, donde residieron el cantante Sandro, y mucho antes Julio Cortázar, cuya casa lamentablemente ya no existe: “Banfield es el tipo de barrio que tantas veces encuentras en las letras de los tangos. Recuerdo que tenía una pésima iluminación que favorecía al amor y a la delincuencia, en partes iguales. Y que hizo que mi infancia fuera cautelosa y temerosa por el clima inquietante que hacía que las madres se preocuparan cuando salías. Pero al mismo tiempo era para un niño un paraíso, porque mi jardín daba a otro jardín. Era mi reino”.

Cerca está Adrogué y el famoso hotel “Las Delicias”, devoción de Borges —“En cualquier parte del mundo en que me encuentre, cuando siento el olor de los eucaliptos, estoy en Adrogué”—, y que albergara, por ejemplo, a dos presidentes de nuestro país: Domingo Faustino Sarmiento y Carlos Pellegrini.

No formo parte del quehacer cultural de mi zona, ya que mi vida laboral se desarrolla en tu ciudad. Sólo duermo, se puede decir, en mi casa de Temperley. Tantos largos viajes durante quince años, contribuyeron a mi condición, más bien, de solitaria.

 Te involucraste en la organización de ciclos y presentaciones.

MC —De 1989 a 1998, por ejemplo, en el Círculo Médico de Quilmes, Miguel Ángel Morelli, Beatriz Piedras, Liliana Guaragno y yo coordinamos unas jornadas de homenaje a Jorge Luis Borges a lo largo de cuatro semanas. Participaron María Esther de Miguel, Ricardo Wullischer (presentamos su film documental “Borges para millones”), María Esther Vázquez y María Kodama. En la ciudad de Quilmes organizamos las Conversaciones con Olga Orozco, con Cristina Piña, con Luis Thonis. (Y como creíamos en utopías, Morelli, Piedras y varios que no recuerdo, armamos la Sociedad Argentina de Escritores, seccional Quilmes; luego, como no respondíamos a los lineamientos de la SADE Central, por supuesto, nos fuimos.)

Con Enrique Puccia armé en 1994 un ciclo de debate en “Foro 2000”: fueron de la partida, entre otros, el pintor y escultor Pablo Suárez [1937-2006] y los escritores Graciela Maturo y Raúl Santana: artistas plásticos y poetas: se debatía sobre el ser y el pensar. Dos años después integré con Puccia, Leonardo Martínez, María Cristina Santiago, Stella Vergara y Paulina Vinderman, el comité responsable de la “Antología Oral de la Poesía Argentina”, en el Centro Cultural General San Martín: los sábados y domingos, mesas de lectura de cuatro poetas, procurando equilibrar el número de mujeres y varones y siempre atentos a la inclusión de representantes de las provincias, sin ceder en el afán por conocernos, juntarnos, intercambiar. Por esas lecturas pasaron más de 360 poetas. Lástima que no obtuvimos los fondos suficientes para poder grabarlos. Y en 1999 organicé en Espacio Giesso, en el barrio de San Telmo, un encuentro con poetas de Rosario: Malena Cirasa, Reynaldo Sietecase y Concepción Bertone.

En el mismo año en que aparece tu primer poemario incursionaste en radio.

 MC — “El Sur También Existe” se llamó. Fue en Radio Cooperativa de Lomas de Zamora, con el periodista Aníbal Kesselman. El perfil del programa era político, de crítica, todas las mañanas de lunes a viernes; teníamos un micro de literatura y música un día a la semana, con Ricardo Echezuri, gran entusiasta del jazz y melómano. Llevábamos invitados, por ejemplo, a Liliana Lukin y Raquel Saporiti. Kesselman es un analista ácido, con una ironía cortante, de esos tipos jugados, con pensamiento genuino. Pero luego, como siempre en la vida están los peros: una mujer con cuatro hijos debe saber dónde poner su tiempo, y no siempre puede elegir el lugar del placer.

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