Número de edición 7717
Espectáculos

Segunda parte de la entrevista a Patricia Coto

Segunda parte de la entrevista a Patricia Coto

En esta entrega, se hablará sobre su incursión en el periodismo, y un viaje sobre la literatura y algunos detalles más.

Por ROLANDO REVAGLIATTI

Incursionaste en el periodismo cultural: gráfico y radial.

PC — En radio, muy poco. Me sentí motivada a difundir poesía por ese medio no tan habitual. Mientras lo hice, trataba de imaginar un enfermo en un hospital o un sereno en una guardia y, entonces, me parecía que ese momento los reconfortaría.

Vigía, memoria, espejo ardiente, frontera, navegación, humo. Nuestros lectores habrán advertido que los títulos de tus poemarios comienzan con la palabra “libro”.

PC — Sí, enlaza con lo que conté sobre el protagonismo que los libros tuvieron y tienen en mi casa. Diría que son seres vivos, espejos vivos y no solamente se dejan leer, nos llenan de preguntas, nos inquietan, nos empujan a la vida, nos colman el espíritu y se desbordan. El libro es una de las creaciones más extraordinarias de la humanidad y dará permanente testimonio de lo que somos.

En la actualidad, cuando veo a mi hijo leer un libro en la computadora y, cuando se entusiasma con un autor, comprar otros títulos, me convenzo de que el libro no morirá nunca. Se han diversificado las formas textuales, pero el libro perdurará. Pergaminos, códices, cuadernillos, pantallas, siempre habrá palabras sobre una superficie, para sembrar en las miradas.

“Donde mueren las palabras” es el título de un filme de 1946, dirigido por Hugo Fregonese y protagonizado por Enrique Muiño. ¿Dónde mueren las palabras, Patricia?

PC — Las palabras mueren donde y cuando son usadas con insidia, con negligencia, con agresividad. Como yo creo en el poder de la palabra, siento que, si es mal instrumentada, se la asesina. Felizmente para las palabras también hay modos de resurrección. Se reconstruyen, se resignifican, en el habla cotidiana, en la literatura, en el teatro, en el cine.

No puedo olvidar el asombro que me provocó escuchar a un Ingeniero Agrónomo hablar de “la dormición de la hierba”. Supuse que era una frase personal; pero me aclaró que era un tecnicismo para definir el proceso de sequía del césped para resurgir en primavera.

La misma sensación tuve un día, dando clase, cuando les pedí a mis alumnos que propusieran ejemplos de oraciones unimembres, como títulos de películas, por ejemplo. Era la época de la guerra en Yugoeslavia y uno de los chicos dijo: “El cielo de Kosovo”. Me quedé impresionada porque había captado un nivel de lenguaje que va más allá de la comunicación lineal.

¿Has intentado la narrativa? ¿A qué cuentistas latinoamericanos destacarías y por qué?

PC — Sí, he realizado algunos intentos, pero tengo el inconveniente de que la prosa se me contagia de lirismo. La narración me queda como un puente inconcluso, que cuelga en el aire. Como narradores, me captura Julio Cortázar, con su juego aparentemente inocente con el lenguaje; Jorge Luis Borges, por supuesto, que desafía la inteligencia del lector; y destaco a Juan Carlos Onetti y a Juan Rulfo, por la capacidad para describir atmósferas emocionales y lugares, con sus seres humanos y sus problemáticas. También me impresiona Roberto Arlt.

Fue el maestro de una literatura muy testimonial. Pudo mostrar vidas marginales, con un estilo excepcional. Además (sale mi veta docente) me parece cautivante el uruguayo Horacio Quiroga. Hay cuentos suyos a los que no les sobra una coma. Otro autor interesante es Manuel Mujica Láinez. Puede parecer un preciosista de la prosa; pero va más allá, cuando plasma travesías humanas sometidas al desencanto. Y hay narradoras magistrales como Silvina Ocampo.

¿Nutria, búho, oso, reno o foca?

PC — No sé qué responder porque creo que todos los animales son una parte de este rompecabezas que constituye la vida. Me llama particularmente la atención el búho: pude ver uno, en casa de unos amigos, y observar cómo el animal, aparentemente imperturbable, participaba de las impresiones que nos provocaba. Durante todo el tiempo de nuestra visita, sentí que el ave nos analizaba, pero con una mirada pacífica, no inquisitiva, como una mirada de estudio, de conocimiento. No debe ser casual que aparezca como símbolo de la sabiduría.

¿Acordarías con la poeta Irene Gruss en que, de las corrientes poéticas del siglo XX, las más interesantes son “el surrealismo, el objetivismo y el neoclasicismo”?

PC — Todas aportaron para lograr que la prosa y la poesía se revolucionaran. A partir del surrealismo se gestó una nueva manera de escribir y de leer, una manera de independizar a la literatura de la explicación lógica de la realidad. Después, el objetivismo y el neoclasicismo trataron de lograr un equilibrio, en medio de visiones tan caóticas.

Lo importante es que no volvemos a acercarnos a la literatura como si fuera una manera natural de leer. Estamos más exigidos, como lectores, desafiados a no caer en interpretaciones fáciles o cómodas. Lo interesante también es que esta rigurosidad de la lectura y de la escritura se puede trasladar a otros planos, como los estudios sociológicos, políticos, económicos. Revolucionar la literatura ha servido para revolucionar el mundo y eso es impagable.

¿Dos o tres lugares donde hubieras querido nacer y crecer?

PC — Yo estoy muy contenta con haber nacido y crecido en La Plata, que me garantizó una vida bastante provinciana, a una hora de los grandes avances de la ciudad de Buenos Aires. Por afinidad de mi trabajo de campo, también me hubiera gustado nacer y crecer en la cercana Berisso. Es una ciudad de escasas dimensiones pero que reproduce una imagen del mundo: hay comunidades de distintos países y de nuestras provincias. Otra es Santiago de Compostela, por la tradición de los peregrinos que, a lo largo de siglos, han ido con su fe a un lugar que hasta hoy es un faro de cultura y de comunicación entre distintos grupos.

¿Qué poetas argentinos considerás que han sido cruciales en tu formación como lectora y como poeta y qué encontraste en sus obras de decisivo?

PC — Ricardo Molinari, por su capacidad para describir con gran lirismo y hacerme sentir en el ámbito descripto; Hugo Mujica, por el carácter metafísico de su poesía. Me conmueve Roberto Juarroz: es como leer poemas-preguntas, poemas donde queda abierto un interrogante que no puede ser respondido. Olga Orozco, por su modo de delinear estados anímicos, con un vigor fortísimo. En la misma línea, Amelia Biagioni o Diana Bellesi. Y de mi ciudad, por su disciplina, por su rigor en el uso del lenguaje, destaco a César Cantoni.

¿Qué encuentros con escritores han ejercido en vos una influencia perdurable?

PC — Recuerdo largas tertulias con Horacio Castillo, un poeta excepcional, que permanentemente promovía a los más jóvenes y toleraba nuestras inmadureces. Horacio Preler, quien nos inquietaba con sus dudas. Rafael Felipe Oteriño, explicándonos los procesos de creación de sus poemas. Y un escritor significativo, aun para disentir, es Víctor Redondo: gran reflexivo de la función del poeta en la sociedad.

¿Qué opinión te merecen las poéticas de estos tres europeos?: el inglés John Keats (1795-1821), el italiano Giacomo Leopardi (1798-1837) y el alemán Hermann Hesse (1920-1962).

PC — Desgraciadamente a los tres los he leído en versiones al castellano y eso no me permite apreciar la fuerza de sus palabras. Sin embargo, John Keats me impresionó por su búsqueda de un nuevo lenguaje, que anticipa el Romanticismo.

De Giacomo Leopardi me ha parecido excepcional su destreza descriptiva; he visto y sentido los paisajes. Hermann Hesse me ha interesado por su capacidad para mostrar el drama del existir humano, la desazón, el camino hacia un horizonte que siempre se aleja.

Patricia Coto selecciona poemas inéditos de su autoría para acompañar esta entrevista:

Escribir otra vez.

Como si fuera fácil,

como si fuera un placer, un viaje,

inocente viaje en torno al día

que sacude las sienes, puebla la sangre

de otras sangres y deja un río abierto

en el corazón de la mañana.

Escribir y esperar mientras el poema clama,

mientras una tormenta se levanta de cada línea.

Escribir y todas las voces se alzan entre cenizas

cuando entre las palabras, surgen fogatas

de incansable amor, de siempreviva espera.

Escribir y que la mano quede sedienta,

sobre papeles que no dejan de arder.

Escribir para que el tiempo no se deshoje,

no ceda al dolor ni al desespero.

Escribir y que el poema alumbre.

II

A veces se escribe demasiado

y es preferible el desierto silencio,

la callada voz de las cosas

que claman por otra vida en la imaginación

y en las pieles del alma.

A veces es necesario cerrar las comisuras

de los poemas y de las hojas,

para que otra voluntad gane el día,

para que otra esperanza se abra

de par en par

y exija una curva del mundo

que no exista, que sea necesario crear.

 

A veces, el poema debe tener

más silencio que palabras,

más huecas páginas que ruidos briosos.

III

¿Qué poema se puede escribir

cuando el sol, aunque brille,

está sin memoria y descalzo?

Mejor, dejar la página en blanco

y esperarlo todo, hasta lo inesperado.

Mejor cerrar los ojos y que el alma del alma

pueble con sus luces la luz del mundo.

Mejor no decir nada y quedarse

a solas con las palabras no dichas.

A solas, con las palabras no nacidas.

IV

A la poesía hay que entrar

con los pies desnudos y sin sombra.

Hay que tantear suavemente

las paredes ásperas del poema

que lucha entre las frondas y la luz.

A la poesía, hay que asegurarle las ventanas

para que el viento no derribe el fuego ni la aurora.

V

No escribas por hábito, por costumbre.

Escribir es algo más que una gimnasia de la mano.

Escribir es algo más que un juego de los ojos.

Escribir obliga al tremolar de las ideas,

de las emociones, de las nostalgias secretas,

de las amarguras eternas en el paladar del día.

Sin embargo, escribir es una hambruna del corazón.

Aunque no se escriba, hay poemas en hojas transparentadas

que giran en el viento de los haceres de la razón.

VI

Cuando el alma se cansa de hablar en el desierto,

cuando la voz es arena y piedra partida,

¿tendremos que salir a buscar otras palabras?

Mientras en el mundo, todo parece caer,

¿podremos conservar altas voces?

Otras formas de clamar

que no sólo nombren nuestros días.

¿Será posible un nuevo mundo

cuando lo nombremos,

cuando de sólo nombrarlo

la boca sea un horno de pan,

un caldero perpetuo?

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