Número de edición 7879
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: abrirse al misterio de la vida

(Cada belén es una llamada a volverse niño, para reencontrarse con las diversas escenas místicas existenciales, previo tomar silencio y verter emociones, reflexionar con la estrella divina que nos lleva al Verbo encarnado, para acogerlo con apego al verso y recogerse en el reino celeste de la poesía).

Compartiendo diálogos conmigo mismo: abrirse al misterio de la vida
Compartiendo diálogos conmigo mismo: abrirse al misterio de la vida

Por Víctor Corcoba Herreo

 

I.-  A ESE RAYO DE LUZ PENETRANTE, 

QUE NOS REVIVE

Se acerca el momento de vivir el gozo, 

de sentir el nacimiento del divino niño,

de recrearse en su abecedario inocente, 

de dar un paseo por nuestra propio ser,

para oír al ángel que llevamos dentro. 

 

La buena noticia está ahí, en el mundo, 

sólo hay que ver la alegría derramada, 

la expectativa liberadora en el Mesías; 

pues nos encarna un salvador, el Señor, 

que viene a rescatarnos de la extinción. 

 

Hay que borrar del iris las oscuridades, 

extender bien los ojos hacia lo genuino, 

abrazar con la mirada lo que nos vive, 

rehacer lazos, porque sólo  el Creador,  

nos hace hijos del Padre y hermanos.

 

II.-  A ESE AIRE DE EPIFANÍA,

 QUE NOS RENUEVA 

Vengan a nosotros esos aires místicos, 

esas mil corrientes que nos enternecen.

Adoremos la bondad celeste hecha sol. 

La natividad del Unigénito trae ilusión, 

nos dona armonía y nos dota de dones. 

 

Es fiesta pura lo que germina del alma, 

habla por sí misma y nos transfigura, 

nos vuelve líricos y nos injerta certeza,

para elevarnos de las caídas con afecto,

y desprenderse de las penas con poemas.

 

Necesitamos traspasar las oscuridades,

renovarnos cada día es misión de uno, 

experimentar la gloria de querer amar; 

de amar hasta el extremo de ofrecerse, 

y de glorificar a Cristo que sigue vivo.

III.- A ESE GRITO DE “¡VEN, SEÑOR JESÚS!,

  QUE NOS CALMA

 

En medio de tantos peligros, aparece 

el Salvador nuestro, volviéndose guía, 

reapareciendo como brújula que sitúa,

disponiendo del bien sobre todo mal,

e hilvanando el camino de la verdad.

 

Tras recapitular su venida cada ciclo, 

iluminamos la pasión por hacer hogar, 

encendemos el manantial de los deseos,  

para que nuestra alma se pueda iniciar,

en la romería hacia el verdadero amor.

 

Todo ha de girar hacia el recién nacido,

a partir de un pesebre y hasta la cruz,

pues nuestro futuro está en el Redentor, 

que nos llama para sí desde la sencillez,

que relumbra en el rosto del Niño Dios. 

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