Número de edición 7886
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: la inmaculada concepción de María

Víctor Corcoba. “Compartiendo diálogos conmigo mismo: la inmaculada concepción de María”

(«El misterio de la Inmaculada Concepción, como inspiración del poema perfecto es mística de la voluntad, también conjunción de firmezas que nos transforman para no ceder a la tentación del maligno y tomar el horizonte de la paz en nuestro modo de transitar y convivir, bajo las luces de un Santo Hogar: con María, estrella de un despertar nuevo; con José, sol de justicia que sabe guardar silencio y ser fuerte; acompañados por su hijo, Jesús, siempre sonriente y meditativo. Un Niño que los asombra; pues versa tanto en la escucha, como cuando toma la palabra y conversa con sus melódicas entretelas”).

 

I.- SIEMPRE ESTUVO LLENA DE GRACIA

 Por el hecho de ser la Madre del Salvador,

y también Madre de cada uno de nosotros,

fue dada por Dios con los dones precisos,

y también con la preciosa misión curativa,

en coherencia con el mandato inmaculado.

 

Llevada por la dulce hermosura celestial,

desde el mismo instante de su concepción,

estuvo privada de todas nuestras miserias,

e inmune a toda sombra de imperfección;

pues ha persistido pura, toda su existencia.

 

Esta resplandeciente santidad nos socorre,

ha de avivarnos en nuestro caminar diario,

Ella ha de ser nuestro modelo a proseguir;

pues siendo libre, nunca hirió al Creador,

jamás estuvo en las tinieblas sino en la luz.

 

II.- PERTENECE AL DEPÓSITO DE LA FE

 

María, nuestra Inmaculada, está presente

en las súplicas del crepúsculo matutino,

como presencia eterna y compañía segura,

como iluminación perpetua en el camino,

y camino fiel para ser saciados de amor.

 

Es nuestra consoladora y refugio de vida,

la belleza de su corazón nos embellece,

nos revela lo que atrae la mirada divina,

que está en no tener ojos para crecerse,

sino para darse, denigrarse y degradarse.

 

Forma parte del depósito de nuestra fe,

nos llama a vivir cada día con humildad,

a ser libres de nosotros mismos y a volar,

con la certeza de que su manto nos vive,

nos da posada y nos hace hallarnos vivos.

III.- REQUERIMOS DE SU PRESENCIA

 Hoy en el mundo, como ayer y siempre,

necesitamos sentir su acrisolado pulso,

ser acariciados por su traslúcida mirada,

que seca nuestras lágrimas en el júbilo,

pues a su abrigo maternal nos acogemos.

Es nuestra alma gemela en la amargura,

el impulso misterioso de la expectativa;

haz que nunca perdamos la orientación,

que no malogremos nuestras corrientes,

pues en el amar está el motivo del gozo.

Ayúdanos a no morir en el sufrimiento,

protégenos de nuestros torpes andares;

pues estamos muy faltos de inspiración,

para aunar el verbo en acción de verso,

unirse en nexo y reunirse en eucaristía.

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