Número de edición 7879
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: el misterio de la creación

Compartiendo diálogos conmigo mismo: el misterio de la creación
Compartiendo diálogos conmigo mismo: el misterio de la creación

(El ser humano, como centro del cosmos, siempre ha navegado por la vida interrogándose, al menos sobre su llegada y su destino, aunque se nos ha reservado una poética consideración, en su realidad versátil de Dios, como ser de verbo y de verso trinitario, sujeto a la providencia divina y a la libertad de sus vuelos). 

 

I.-  DIOS ESTÁ EN EL ORIGEN 

 

En este tránsito viviente, todo parte de Dios; 

Dios está en el principio de toda existencia,

es Padre de modo singular de cada criatura.

Venimos a la vida porque si, sin forjar nada, 

pues nadie se hace por sí mismo caminante.

 

También nos iremos sin apenas enterarnos, 

lo armónico es reencontrarse para quererse, 

conciliarse y reconciliarnos con el Hacedor,

amar mucho y amarse hasta la agotamiento, 

y prenderse al amor para poder reprenderse. 

 

Hemos de renacer y purgarnos cada aurora, 

eternizar la exploración para enternecernos, 

sentir el niño y asentir su voluntad en latido,

cautivarnos por dentro y cultivar el corazón,

florecer en la verdad y decaer en lo mundano. 

 

II.- SOMOS LOS HIJOS DEL GRAN REY 

 

Por naturaleza apenas somos un pulso vivo, 

pero por rúbrica somos los renuevos caídos, 

los gérmenes de un período que nos evoca, 

nuestra particular vocación de familia unida, 

reunida siempre junto a la señal de la cruz.

 

La filiación con el gran Señor de la palabra, 

debe encaminarnos al retorno de la poesía,  

al regreso místico de la gloria y esplendor, 

con la recuperación de los níveos destellos,

que es lo que nos fragua a restablecer la paz. 

 

No hay mayor quietud que ponerse a orar, 

con la oración se abren todas las puertas; 

la de esa creación que ahora custodiamos, 

lo que pide versar y conversar en belleza, 

coexistiendo y asistiendo a plena voluntad. 

 

III.- ABIERTOS A UN DESTINO ETERNO 

 

La obra de la creación es la verdad matriz, 

primera y fundamental de nuestra certeza,

que se completa y complementa en Cristo,

por la acción redentora de su gran entrega, 

la de dar su vida por cada uno de nosotros.

 

Tras esta realidad hay una creación nueva, 

que se eleva con el abrazo del crucificado, 

como yema autobiográfica que nos llama,

a dejarnos llevar al tajo de su indulgencia, 

volviéndonos justos delante del Altísimo.

 

Esta vida es muy corta para no hacer nada, 

nos toca vivir y desvivirnos por hallarnos,

el ánimo es más animoso que el desánimo;  

retiremos todas las amarguras del camino,

y avancemos en gratitud por ser perpetuos.

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