Número de edición 7824
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: nutrientes de la verdad

Reunidos alrededor de lo auténtico, sin ocultar las cosas, junto al pulso del verso y la palabra, germina el amor más grande, que se nos injerta para calmarnos y colmarnos de luz vivificante.

Por Víctor Corcoba Herrero

I.- EL AIRE QUE BAJA DEL CIELO

Todo se manifiesta en aliento y alimento,
todo emana del Padre a través del Hijo,
todo se hace llama y nos rehace lumbre,
todo se vuelve sustento y sostén al fin,
sí todo es comunión y unión de creencia.
La versión y la conversión del corazón,
nos transfigura y nos transforma vivos,
Dios se hace todo en todos y para todos,
haciendo del camino un verdadero don,
en ayuda de nuestra libertad en familia.
Apoyemos que los vientos de la bondad,
nos reverdezcan por dentro y por fuera,
nos den solidez a nuestros movimientos;
pues el resplandor de la mística celestial,
prevalece sobre toda hermosura terrenal.

II.- EL SILENCIO QUE NACE DE JESÚS
Nunca es tarde para oírse en el silencio,
la naturalidad es creativa y desprendida,
nos llama a conjugar abecedarios claros,
a juntar sentimientos y a enlazar el arte
de la conversación, con la mejor escucha.
Entrar en nosotros mismos es recogerse,
es sentir el hilo sonoro de la divinidad,
es verse con la conciencia de que la fe,
entra en ese sueño de la misión hallada,
donde la certeza es luz que nos purifica.
Que cada cual responda en su corazón,
active el sentido de nuestra existencia,
con sus momentos de reposo y tregua,
que las preocupaciones y los sacrificios,
dificultan a veces crecerse y recrearse.

III.- LA PLEGARIA EUCARÍSTICA.

Nuestro propio transitar es una ofrenda,
una rogativa que nos mueve y remueve,                              una súplica de penitencia y penitentes,
una exhortación al sacrificio Redentor,
pues Él es quien nos ama por siempre.
No hay conciliación sin reconciliación,
tampoco espíritu enmendado sin latido,
ni latido sin completa mística eclesial;
expresada al tomar el pan eucarístico,
como signo de piedad y señal de perdón.
En la liturgia brilla el alma de la poesía,
la estrofa misma de Cristo en la Cruz,
que nos llama hacia sí y en celebración,
para conmemorar el mandato liberador,
de romper cadenas y reparar encuentros.

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