Número de edición 7823
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: en convicción marchamos protegidos

Compartiendo diálogos conmigo mismo: en convicción marchamos protegidos
Compartiendo diálogos conmigo mismo: en convicción marchamos protegidos

(No hay presente sin fatiga, como tampoco pasado sin historia. El futuro será nuestro, a poco que talemos los pulsos de la soberbia, con la certeza de que un infinito AMOR hará alegrarnos el alma y olvidarnos de las tristezas).

I.- NO HAY MEJOR ESPERANZA QUE AVIVAR LA FE

Nada permanece, todo se transforma;
y así, cada pulso requiere purificarse,
conciliarse con la espiritual creación,
corregirse y enmendarse cada aurora,
poniendo la fe en la cruz amparadora.

Fortalecer la creencia es vivificarse,
explorar con brazos fuertes la cima,
reconocer que Jesús nos acompaña,
que está vivo recorriendo el mundo,
con el poder del bien y para el bien.

Venga a nosotros esa bondad divina,
hágase virtud para sentirnos libres,
para poder hallarnos y expresarnos,
junto a Dios y con Dios fusionados;
pues, en su quietud, se alivia el andar.

II.- NO HAY MEJOR ESCUELA DE VIDA QUE LA ORACIÓN

Pedimos volver al Padre cada día,
necesitamos purgar los interiores,
deseamos conocer y reconocernos,
realzar nuestras rogativas al Señor;
y una vez arrepentidos, corregirnos.

Cuando ninguno te abra las puertas,
cuando nadie escuche tus lamentos,
cuando ya nadie consiga socorrerte,
entrarás en el silencio del Redentor,
harás soledad y te irás recio de luz.

La concurrencia con el Crucificado,
moverá el espíritu de la conciencia,
a veces para entonar sus alabanzas;
y, en otras ocasiones como petición,
en consuelo ante el rey de la gloria.

III.- NO HAY MEJOR SIGNO DE CONFIANZA QUE MARÍA

La vida es como un jardín de tonos,
donde en cada paso está su timbre,
y en cada timbre nace su concierto;
una ejecución que nos da el reposo,
y que nos reaviva el amor de Madre.

María es el perfil de la certidumbre,
está en la cima de la pasión celeste,
a los pies del dolor, junto a su Hijo,
para llevarnos al verso de la palabra,
verbo del que no debimos apartarnos.

Sólo Ella, amparo de los extraviados,
es faro que nos conduce y reconduce;
sabe alumbrar las tenebrosas sendas,
con su corazón llameante de ingenio,
para no hundirse y levantar el vuelo.

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