Número de edición 7879
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: volverse poesía es entrar en la vida

(Hay que despojarse de mundo, arrancarse lo visible que es de todos y de nadie en particular, injertarse en lo invisible para infundir la fuerza donante del amor, que es lo que en realidad nos invita a emprender el camino de lo armónico, que está en el seguimiento de Jesús).

Compartiendo diálogos conmigo mismo: volverse poesía es entrar en la vida
Compartiendo diálogos conmigo mismo: volverse poesía es entrar en la vida

I.-  JESÚS NOS LLAMA A OBSERVARLE

Para alcanzar a Cristo hay que buscarle, 

observar las huellas vertidas en el alma, 

reconocerse cada cual consigo mismo, 

abrazarse a la luz y no a las oscuridades, 

distanciarse de lo mundano y trascender. 

 

No hay mejor expresión que la entrega, 

que el amarse hasta fundirse en el otro, 

hasta el extremo de ser para los demás, 

un corazón que resguarda de todo mal, 

con la enérgica estética de lo glorioso. 

 

El amor es el que nos hace nacer savia, 

inspiración eterna y verso interminable.

La gracia nos ha llegado de lo más alto, 

lo meritorio está en donarse y en darse, 

y lo inútil de aquí abajo es encumbrarse.

 

II.- EN TODO ESTÁ JESÚS 

Cada mañana nos resucita lo armónico, 

nos reviven mar adentro sus horizontes,

floreciéndonos el iris con nueva energía. 

Ahí está el Señor trayéndonos al verbo, 

legándonos la vida y un vivir en verso.

 

Somos originarios de los dones divinos,

de la transmisión de la claridad celeste,  

como vocablo evidente de la sabiduría,

ejercitada por la evidencia del Redentor,

que está en todo y para todos los seres. 

 

Hemos de hacer silencio para hallarnos, 

encontrados hemos de rehacer el vergel; 

un jardín en paz que nos lleva al Padre, 

donde todo es quietud para clarificarnos, 

purgarnos de la pena y volver al poema.

 

III.- EN LA CRUZ, JESÚS NOS SALVA 

Para ser paloma nos redimió el Salvador, 

su carne afligida es conciencia colmada;

y su renovación del tránsito de la muerte,

es la exaltación sublime de la fertilidad,

de una liberación coexistida en la verdad.

 

Dejémonos volar con el sol de cada día, 

abandonémonos por siempre al Hacedor, 

a su pasión en plenitud de abecedarios; 

pues no hay gozo más grande, que tomar

su ejemplo, para ejemplarizar actitudes.

 

Sólo la victoria del Resucitado, su gloria,  

puede dar sosiego a nuestra conciencia, 

al venir no para repeler sino para acoger,

tampoco para juzgar sino para cubrirnos,   

con la ayuda divina y la libertad humana.

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