N° de Edición 7324
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Opinión: No hay transparencia electoral sin cultura del trabajo. Por: Julián Licastro

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elecciones-2015 (1)

La solución estratégica del país será una obra compartida o no será, lo cual exige construir poder al servicio del deber y no del sectarismo y la ambición desmedida. Construcción que deviene de predicar con el ejemplo para recuperar la credibilidad dañada por una politización excesiva en cargos y candidaturas, sin ninguna idoneidad ni selección. Requerimientos elementales de un régimen equilibrado de autoridad institucional, no sólo en sus orígenes, sino en sus procedimientos y postulados.

Es menester redescubrir la relación directa de la política con las cuestiones primordiales que el pueblo intuye y siente con el peso de la multitud, a la espera de planes y programas eficaces. La propaganda infantil y repetitiva subestima el sentido común y ofende a la ciudadanía, que cede el espacio al torpe protagonismo de las camarillas que destruyen la democracia con sus enfrentamientos y desbordes. Estos amagos fraudulentos, de una violencia minoritaria pero en aumento, son inadmisibles, y urgen a la revisión de formas electorales caducas, para facilitar su pasaje a metodologías actualizadas y transparentes.

Sin embargo, la matriz del problema es más compleja e invita a ir relevando progresivamente el accionar pernicioso del clientelismo, que lucra con el asistencialismo crónico a la marginalidad que multiplica porque es su fuente de especulación. De igual modo actúa el empleo público excedente que condiciona votos y manifestaciones proselitistas, porque completa el mecanismo de cautividad electoral feudalizada. Por esta razón, únicamente el trabajo genuino es su antídoto.

No existe otra clave para acceder al porvenir que la concertación económica y social para la producción y la educación, equivalente moral al esfuerzo de reconstrucción de las naciones que supieron resurgir de sus conflictos externos e internos. Y que vuelven a retroceder cuando el mando lo toma la especulación financiera, la corrupción estatal y privada, y la desorientación de la mayoría desmovilizada para participar de manera activa y leal en fuerzas responsables.

La finalidad es propender a la organización de la sociedad en una democracia de trabajo, orientada por los valores del esfuerzo digno, sin imposición de sacrificios reaccionarios, y la solidaridad verdadera, sin permitir los excesos falsamente “progresistas” de reclamar derechos sin cumplir las obligaciones que de ellos derivan. Porque el relato ideológico nos suscita organización territorial, ni promoción social, ni desarrollo económico.

Para los dirigentes que deseen perdurar resulta imprescindible evidenciar austeridad, laboriosidad y coraje, como preceptos morales y leyes intrínsecas a la nueva realidad que se perfila sobre el límite de la decadencia. De lo contrario, sin referencias públicas convocantes  la mera agitación de parcialidades y sectas nunca podrá configurar la gran transformación necesaria, racional no extrema, con el menor costo en tiempo, penurias y contradicciones.

Es sabido que sin proyecto de nación se diluye el ámbito comunitario, y el caos reinante premia al oportunismo y castiga al ciudadano que trabaja y cumple. En consecuencia, hay que prevenir la degradación de nuestros vínculos básicos permanentes, en otros de conveniencia y corto plazo. En tal contexto, aceptar la naturalización de prácticas antidemocráticas, establecería un piso y no un techo a las próximas contiendas comiciales.

La orfandad de liderazgo no siempre se corrige con el conductor carismático, que provee la historia para sus momentos culminantes. Hay otros momentos, cuando se regresa de consignas estridentes, donde importa establecer un sistema estable, basado en articulaciones de cooperación y consenso. [25.8.15]

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