N° de Edición 7218
Opinión

Historia Popular: Plaza de todos

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Por Carlos Matías Sánchez
mati_13_01@hotmail.com
Escenario de grandes momentos de nuestra Historia, la plaza volvió a ser el marco de una movilización de una importancia cualitativa y cuantitativa enorme. Desde Mayo de 1810, todos los grandes sucesos políticos dejaron, para bien o para mal, su huella en ella.

Los historiadores afirman que cerca de 600 personas fueron las que se agolparon en la plaza, por aquel entonces, “Plaza de la Victoria”, para exigir la renuncia del virrey Cisneros y la convocatoria a un Cabildo Abierto, allá por mayo de 1810. Aquel 25 se volverían a juntar para denunciar la ilegitimidad de la junta armada el 24 y para presentar el petitorio con los 9 nombres definitivos que integrarían la famosa Primera Junta.

Por esta razón, aquel espacio pasó a ser conocido como Plaza de Mayo, y albergaría movilizaciones y sucesos históricos de una importancia singular para nuestro país, convirtiéndose en un lugar simbólico fundamental para todos los movimientos políticos que intentaron, con diferentes rumbos, transformar el país y para ello, ganar legitimidad y demostrar su apoyo popular.

Las primeras movilizaciones de masas impactantes se dieron a principios de siglo, cuando gracias a la definitiva validación del sufragio, el presidente Hipólito Yrigoyen accedió al poder con un apoyo inédito en los sectores populares, reflejado en históricas manifestaciones de alegría y esperanza en el nuevo líder. También, sin embargo, las calles del centro de la ciudad de Buenos Aires atestiguaron los festejos que siguieron a su derrocamiento, en manos del primer presidente golpista del siglo XX, José Félix Uriburu.

Pasaría más de una infame década para volver a ver la plaza llena. Pero no sería ya un mero escenario, un espacio físico. Con la llegada de Juan Domingo Perón a los primeros planos de la política nacional, la Plaza de Mayo se convirtió en un canal de comunicación entre el líder y ese pueblo organizado que acudía a festejar, a demostrar su adhesión, a sostener en los momentos difíciles al gobierno que más había hecho por ellos en toda la historia.
Aquel inolvidable 17 de octubre en el que comenzó la revolución criolla, el primer paso a la liberación nacional, la Plaza pasó a tener una innegable vinculación directa con el peronismo como fenómeno político de masas, tan cargado de simbolismo y sentimentalismo, y afecto a celebraciones como los primeros de mayo y las fiestas patrias.

De la misma manera, se convirtió en el blanco de la increíble agresión del antiperonismo más violento que en septiembre de 1955, liderado por las Fuerzas Armadas, apoyadas por dirigentes de la oposición y bendecidas por los sacerdotes, bombardeó aquel espacio buscando matar a Perón, aunque asesinando a cientos de sus militantes y de individuos inocentes que por allí pasaban. Las imágenes de la Plaza después de los destrozos deben estar entre las más tristes de nuestra historia.

Pasarían recién 18 años para volver a ver aquella plaza repleta, llena de militantes, de banderas, de cánticos, de alegría y fervor, con el regreso del peronismo y de la democracia, pero además con el florecimiento de un ambiente revolucionario encabezado por la juventud transformadora referenciada en la figura de Héctor Cámpora, hombre de confianza de Perón, líder de regreso luego de tantos años de exilio.

Aquellas manifestaciones nacionalistas y antiimperialistas, que tuvieron como blanco principal a las Fuerzas Armadas y a los símbolos y representantes de Estados Unidos y de las clases privilegiadas de nuestro país, impactaron fuertemente precisamente a estos sectores, quienes esperarían el momento para tomar revancha y cortar de raíz aquel impulso transformador, de las formas más crueles posibles.

Esa misma plaza, pocas semanas después, sería testigo de las contradicciones en el seno del mismo movimiento peronista y de las decisiones de su líder, que se inclinó por uno de los sectores y terminó enfrentándose abiertamente con el otro.

Precisamente esa tendencia radicalizada que abandonó la plaza el primero de mayo de 1974 al ver que el rumbo que tomaba el gobierno no era el que se suponía, pero que no dudó en concurrir a despedirlo cuando dos meses después el líder popular más grande de la historia nacional dejaba su vida en medio de la conflictiva situación.

Violentamente aquella nueva serie de gobiernos peronistas (si incluimos a la “gestión” de Isabel entre ellos) se interrumpió con un nuevo golpe de Estado, el que abrió la etapa más oscura y trágica de nuestra historia, con la aplicación del terrorismo de Estado para la implantación del modelo neoliberal que comenzaba a expandirse en el mundo capitalista.

En el momento de nuestra historia más peligroso para expresarse y reclamar, mientras militantes eran secuestrados, torturados, violados, asesinados y desaparecidos, un grupo de mujeres se “atrevió” a caminar en ronda en aquella Plaza, otrora escenario de festejos populares y esperanzas revolucionarias, reclamando ni más ni menos que la aparición con vida de sus hijos y nietos. Ya no sería posible concebir o imaginar la plaza sin sus pañuelos blancos luchando por justicia.

Sin embargo, en aquellos mismos años de plomo, esa plaza fue testigo de multitudinarios festejos provocados por la aventura de una Junta Militar que se apropió de una causa justa y apoyada por la mayoría de la sociedad argentina para darle aire a su cada vez más cuestionada dictadura. Los resultados de la guerra hicieron que volver a ver esas imágenes provoque escalofríos.

De 1976 hasta los principios del nuevo siglo pasaron también huelgas generales contra la dictadura, y contra su continuidad democrática, la del menemismo entreguista; un proceso que tuvo su cruel desenlace en la triste represión de diciembre de 2001 y la movilización masiva de amplios sectores de la población que generó la salida de Fernando De la Rúa de la presidencia.
Recién a partir de 2003 la plaza volvería a ser un espacio de celebración; de alegría, de fervor; de apoyo a la ampliación de derechos, a una distribución de la riqueza más justa, de la recuperación de parte de la soberanía nacional; pero también de reclamos de sectores que se oponen a todo ello y se movilizan guiados por la indignación y la nostalgia por un país que ya no existe. El que unos y otros nos podamos manifestar, demuestra la plena vigencia de la democracia: eso que festejamos tantos y con tanta alegría este pasado 9 de diciembre en la Plaza de todos.

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