Número de edición 7827
Opinión

Compartiendo diálogos conmigo mismo: las tres dimensiones de la vida

Compartiendo diálogos conmigo mismo: las tres dimensiones de la vida
Compartiendo diálogos conmigo mismo: las tres dimensiones de la vida

(Camino de la puerta del cielo, junto a nuestra Madre, nos ponemos en disposición de encomendarnos a la bondad divina, teniendo perfecta cognición de la relación purificadora que reina en la mística de la cruz. Esperamos despertar a la poesía a su lado).

I.-  EL PASADO NOS ENRAÍZA

Me gusta recordar momentos vividos,
encontrarme enraizado a sus caminos,
hacer memoria y regenerar espacios,
sentirme linaje y poblarme de soplos,
que forman y conforman los pueblos.

Un población que cultiva la historia,
tiene vida tras de sí y perspectivas,
no vegeta en las meras apariencias,
se sostiene y sustenta en sus cultos,
con el único motivo de reescribirse.

Lo pasado ahí persevera para siempre,
pues siempre hay un incesante retornar,
que despunta con el sueño de hallarse,
se eclipsa con los brazos de la muerte,
y se ilumina con el lenguaje de la cruz.

II.- EL PRESENTE NOS VIVE

El presente tiene presencia en nosotros,
nos acompaña y acompasa de auroras,
Jesús se somete para estar con nosotros,
para formar parte de nuestros anhelos,
es el Padre que concilia y reconcilia.

Son las luces divinas las que nos guían,
las que nos llevan a ese justo horizonte,
con el que soñamos enramar cada día,
la floresta de la ilusión y de la añoranza,
entre la pobreza de espíritu y el sosiego.

A poco que nos adentremos en el paso,
poseemos el cielo en nuestras manos,
pero el mundo está lleno de hechizos,
que nos privan de cañadas y veredas,
llevándonos al suplicio de las sombras.

III.- EL FUTURO NOS INTERROGA

La muerte siempre llama a la puerta,
nos sorprende en cualquier momento,
nuestra seguridad está en Jesucristo,
en sus manos inscritas de amor eterno,
que es lo que realmente nos florece.

El forjar senderos no puede afligirnos,
únicamente hay que sentir al Redentor,
que nuestra verdadera savia está en Él,
que es el que nos regenera el corazón,
destrozado por el dolor de tantos males.

Así, en este momento de desconsuelo,
somos alentados por las pulsos celestes;
seguros de que el Señor es manantial,
poniéndonos en ruta y no feneciendo,
pues en el tañer está el verso que soy.

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