N° de Edición 7265
Opinión

Análisis cotidianos en tiempos post- modernos: La nueva juventud militante;¿D-Generación post 90’s y 00’?

Hay hoy en día toda una cuestión respecto de la nueva llamada juventud militante. ¿Qué diferencias podemos establecer con esta “no tan nueva generación” que es muy distinta a la que militó en otros tiempos, en épocas más tumultuosas y violentamente revolucionarias cómo en la década del 70’? Mucho. Los pibes de la nueva oleada representa a una generación que nació y fue adolescente en la década del 90’. Y que también hoy son jóvenes en busca de algo en que creer. Pasando desde la década del “desencanto generacional” hacia los confines actuales, donde el desesperado deseo por creer o pertenecer a un proyecto puede ser un arma de doble filo.

Por Jonathan Agüero Cajal JVAC
jonathan.aguero.diarionco@gmail.com

1990-2000. Una década infame en lo cultural, con un vacío político, que arrastra lo peor de una educación primaria y secundaria “achanchada”, de una pereza que hoy también, quienes fueron niños en la “noventosa”, son también jóvenes veinteañeros con un rumbo un poco más cierto (afortunadamente) pero ligero de profundización. “Carne fresca”, si jugamos un poco con los términos, que puede tener o dos dedos de frente, o ser moldeada de acuerdo a los intereses del contexto.

Había una canción de los 90’s de un grupo de rock alternativo en nuestro país que sigue vigente aún hoy en día. El tema decía con un estribillo hilarante, monótono, y aguerrido “no sé inglés, nada de política, menos de computación, confusión, frustración, lo sé, lo sé, A.D 90 soy, A.D 90 soy, A.D 90 soy ahhh” Estamos hablando de El Otro Yo. Su cantante y líder, Cristian Aldana escribió esta letra cuando apenas tenía unos míseros veinte años en los 90’s.

Cuando hoy le preguntan por qué escribió canciones así, el responde que en aquel entonces había un malestar generacional, no había políticos en los que creer, no había trabajo y empleo duraderos, por ende no había nadie en quien creer. Y eso no era problema de un simple rockerito perdido en la adolescencia, sino de toda una generación que creció con un legado casi inexistente, vacío, vaciado. Crecieron, crecimos con una educación bastardeada, sin ideologías políticas en las que creer.

Crecieron y crecimos sin saber identificar al enemigo. Es ¿acaso el capitalismo? ¿Es acaso la soledad de las grandes ciudades? ¿Es acaso el implacable avance de la tecnología, de las demandas socioculturales y laborales que nos exigen más y más día a día sin revisar y aprender del pasado? ¿Contra quién nos quejamos? ¿Nuestros reclamos como niños perdidos en la década del 90’ y de ahora del siglo XXI, tienen validez en comparación con los asaltos revolucionarios de los de la generación del 70’? Quiero creer que sí, porque también son herederos de sus logros y desaciertos. Y por tanto, somos hoy un subproducto de ello. Nótese que quien escribe también pertenece a los analizados en cuestión.

Los que lucharon, creyeron y militaron hasta las últimas consecuencias en los 70’s ¿Lograron cambiar las cosas? Sí, por supuesto. A sudor y sangre. De aquí a la eternidad. Hoy un joven puede salir a la calle vestido como quiera, escuchar la música que se le plazca, pensar y “sin pensar” decir lo que crea que debe escupir o tragar. Creer y profesar culto, ideología y credo. Y sin que nadie desaparezca o tenga que verse contra la pared. Sin ninguna sutil “bota” encima. Podemos ser tan libres, como el “perejil generacional” que escribe esta nota, e incluso por qué no, colgarlo a la red de redes donde existe aún mucha más libertad de expresión en estado puro. Eso no tiene precio. Con todas las imperfecciones que pueda llegar a tener la democracia, no tenemos que preocuparnos por eso.

¿Entonces cómo es el joven de 2012 que milita? Ilusionado, con los ojos cristalizados. No está mal. Tanto tiempo sin poder creer en nadie, sin ningún proyecto con quien simpatizar, muchos necesitan creer. En algo o en alguien.

Era hora. Pero este joven, claro está, no tiene la formación intelectual, ideológica, ni mucho menos el ritmo de vida de aquel que militó cuando “militar” era una palabra de vida o de muerte. Este joven puede ser propenso a ser moldeado dogmáticamente. Y del otro lado de la moneda también está el que sigue descreyendo, con rechazo total en lo más encarnado de su corazón. Cuando viajamos en colectivo y vemos la “neo pintada” de la pared como por ejemplo “yo no soy gorila, soy soldado de cristina”… debería recorrernos un poco de sudor no por el hecho de apoyar un proyecto, sino por la dura y terrible palabra puntiaguda que es “soldado”. ¿Hay necesidad de usar una palabra con una connotación que tanto dolor nos ha causado a los argentinos? ¿Hay necesidad de que un joven que hoy trabaja, estudia, vive y proyecta (y que gracias a dios tiene esa posibilidad) tenga que “militar como soldado” para defender no una ideología política como antes, sino una figura?

Pero hay que comprender este fenómeno. Hay un gran deseo reprimido por volver a creer. No sólo los jóvenes y adultos argentinos de los 90’s arrastraban ese amargo sabor de derrota, de falta de ideología e identificación. También pasaba en EE.UU con la “Generación X”, con el “Grunge”, la pobreza en Seattle, pibes sin un futuro, sin saber qué hacer con sus miserables vidas viendo “Mtv” todo el santo día, apáticos, desencantados con la vida, escuchando música lúgubre y distorsionada. Pasaba también en Gran Bretaña, la crisis laboral, también miles de jóvenes obreros que lo único que sabían hacer es salir de la fábrica para emborracharse y quemar las penas en un recital de Oasis, música obrera y del populacho, si mal queremos hablar generacionalmente. El paleto yanqui y el obrero cabeza dura. Pibes y niños de los 90’s que hoy buscar (con buenas y malas intenciones) creer o buscar (ob)tener algo.

Y si seguimos analizando la coyuntura, el fenómeno que vivimos es contemporáneo, bien del Siglo XXI. Comunicación política plenamente mediatizada en la era de las telecomunicaciones. Ya no importan los partidos de ideologías, las ideologías son meras estampitas con las que cubrirse (a modo de escudo), una sutil carta de presentación.

Antes la militancia partidaria se heredaba, de padres a hijos. Hoy no. Es más que positivo y productivo que los jóvenes vuelvan a tener interés, que vuelvan a creer. Pero deberán tener muy en cuenta el contexto en el que vivimos: tenemos acceso a un gran caudal de información que nos puede ayudar a formarnos mucho mejor que los de la generación del 70’, como para poder incluso superarla y crecer más allá. Y no lo aprovechamos. El joven que milita debe tener muy en cuenta esto para seguir desarrollándose políticamente como ciudadano activo y evitar así ser moldeado por un dogma o “partido de candidato”.

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