N° de Edición 7361
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Roberto Baggio: el campeón de la perseverancia

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Roberto Baggio: el campeón de la perseverancia

El pasado 26 de mayo se estrenó por la plataforma Netflix, la película “Roberto Baggio, el divino”. Este film cuenta la vida del reconocido jugador de fútbol de la selección italiana, considerado uno de los mejores jugadores de todos los tiempos.

Por Ariel Fassio
arielfassio@gmail.com

Sin embargo, esta no es una historia más, deportivamente hablando; sino que se centra en el desarrollo de Roby como ser humano, a través de encontrar de muy joven en su recorrido profesional la filosofía budista de Nichiren Daishonin que lo posicionó en un lugar de desafío y avance constante hacia su propia felicidad.

La película dirigida por Letizia Lamartire hace un recorrido por su vida haciendo foco en todos los obstáculos que tuvo que sobrepasar para concretar su sueño de chico, que era ser futbolista profesional. Ya desde pequeño, a dos semanas de haber sido transferido a la Fiorentina, Roberto Baggio con tan solo 18 años sufre una lesión y es sometido a una compleja operación por rotura de ligamentos cruzados en su rodilla derecha . Además, en sus años de adolescencia tuvo que enfrentarse constantemente a su padre que descargaba sus frustraciones de no haber apostado por sus sueños, en este caso ser ciclista, y siempre desmerecía o le restaba importancia al avance que estaba teniendo su hijo.

Por ese entonces, mientras Baggio intentaba encontrar un rumbo, un amigo le regala un libro titulado “La Revolución Humana” y lo invita a su casa a realizar la práctica budista. Uno de esos días, Roby decide ir hasta la casa de su amigo que le transmite que a través de la repetición constante del mantra Nam myoho renge kyo, va a poder transformar su vida. Lo repiten juntos durante varios minutos frente al altar budista mientras los dos observan un cuadro con la imagen del maestro Daisaku Ikeda colgado en una de las paredes. A partir de ese día la vida de Roberto Baggio empezó a cambiar. La práctica del daimoku (repetición de Nam myoho renge kyo) le permitiría elevar su estado de vida y comenzar a hacer su “revolución humana” para salir del sufrimiento que estaba pasando y construir un camino de esperanza y felicidad. En definita, la filosofía budista lo convertiría en una persona en constante crecimiento y superación.

Por eso, luego de su recuperación de ligamentos, empezó a brillar en la Fiorentina donde le hizo un gol al Napoli de Maradona, llegó a la selección italiana y luego fue vendido a la Juventus. En 1993 ganó el Balón de Oro y el mundo del futbol lo incluyó como mejor jugador del siglo XX. Más allá de que sus cualidades dentro de la cancha eran estupendas como jugador número diez, el budismo le permitió encontrar respuestas a muchas cosas que le iban pasando. “Buscaba algo que me hiciera entender que todo dependía de mí. Yo antes culpaba a los demás. Yo era la víctima y los demás eran los responsables de mi sufrimiento. El budismo me ayudó a entender que todo empieza por mí”, explicó hace unos años en el Festival del Deporte organizado por La Gazzetta dello Sport.

Ya con todo el estrellato a cuestas, en 1994 jugo el Mundial de Estados Unidos y gracias a su maravilloso desempeño, llegó a la final con Brasil, que empató y se definió por penales, donde Baggio erró el último penal y automáticamente dejó sin chances a su querida Italia. Fue algo que no pudo superar con mucha facilidad y durante largo tiempo llevó la espina de ese penal errado.

En aquellos años, alternó temporadas con las camisetas de Milán, Bologna e Inter. En este último no tuvo mucho lugar y se fue. Estuvo un tiempo sin club y sin ganas de jugar, hasta que en el año 2000 llegó la contratación del Brescia. “Roberto, hazme feliz”, le decía Carlo Mazzone, técnico de aquel momento, cada vez que entraba a la cancha. Esa fue la última carta que se jugó Baggio para buscar revancha de aquel penal errado en el ’94, pero antes tuvo que enfrentar otra lesión que lo puso contra las cuerdas. Rotura de ligamentos cruzados de la pierna izquierda y otra vez al quirófano. Ese duro golpe le hizo reconfirmar su misión como futbolista y como practicante budista. En constante dialogo interno con su maestro se juramentó recuperarse en tiempo record y trabajó para ponerse a tono y llegar a la convocatoria del mundial Corea/Japón 2002. En tal solo 77 días ya estaba en óptimas condiciones para jugar pero lo cierto es que Giovanni Trapattoni finalmente no lo convocó para el mundial.

Pudo jugar dos años más y en 2004 llegó el retiro. El último partido fue contra el Milan. Salió de la cancha ovacionado por todo el estadio. Muchos años después en una entrevista con La Reppubblica terminó de aclarar su salida del fútbol. “Me estaba ahogando, demasiado dolor físico”.

Lo cierto es que Roby pudo triunfar sobre sus propias debilidades, ganarle a las lesiones y transformar la relación con su padre. En conclusión, siendo o no futbolista, Roberto Baggio pudo descubrir que la misión de su vida no era ganar la copa del mundo, sino mostrarle al mundo que cualquier persona decidida puede transformar sus circunstancias y ser feliz sin falta.

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