N° de Edición 7164
La Matanza

Un par de letras no tan sueltas V: El caminante (segunda parte) Por: Sergio S. Mallea

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Los pensamientos del joven revolotean junto a las palomas que tratan de conciliar el sueño sobre los carteles de los comercios cerrados. Caminante que le hace honor a su apodo con su acto, encorvado, con sus manos en los bolsillos como si no quisiera atajar la naturaleza, que es poca pero que existe, en cada paso que realiza. Su mirada retie…

No estoy encorvado, ni tengo las manos en los bolsillos de la campera, realmente no entiendo porque debería estar así. No necesito una narración de mi vida, bastante tengo tratando de organizar mis recuerdos y mi pasado. Quisiera por favor un poco de privacidad en lo posible. Estoy  caminando, sí, pero para conseguir un poco de paz. ¿Podría no hacer poesía de esto? ¿Podría tan solo irse a dormir? Es tarde, recuéstese y lea un libro o tome un vaso con leche tibia para lograr sueño, ¡pero deje vivir hombre!

A unas cuadras, pronto a descubrir la curva, su rostro denota exaltación, nada encuentra pero mucho duda, quizás descubre que el final se acerca y que pronto debe volver. Se aproxima no solo el final, sino el comienzo de la tristeza y melancolía de darse cuenta que tan solo caminó, en vano. Algún milagro podría sorprenderlo, pero ya no quedan esperanzas, los azulejos se acaban y vuelven a ser cada vez más monótonos, como dando a relucir su rutina diaria, a la cual debe apegarse al día siguiente. Frena, observa hacia un punto fijo, mueve sus manos tratando de expresar desesperación, tratando de darle una solución a sus males. Dos cuadras después lo esperaba la tan ansiada curva, pero eso ya no le interesa. Abre la boca, como queriendo gritar, se detiene en el acto, la vuelve a cerrar y un pensamiento destruye mi narración nuevamente.

 

Hasta acá llegué…

 

Da media vuelta y corre velozmente, bien contraria a su dirección originaria. Sus pasos se agigantan, sus zapatos dejan de ser pares y en la lejanía se diferencian por la distorsión del espacio y tiempo. Sus manos en forma de puños generan abanicos veloces de angustia y desesperación.

Su rostro, firme, pero débil a la fuerza de la velocidad, no es tapado por su cabello que al igual a la cola de una estrella fugaz, marca la línea del viento. Casi en contra de la gravedad no llega a tocar el suelo, despertando así a todas aquellas palomas que dormitaban tranquilamente. De pronto aquellas cuadras…

Le queda poco tiempo maestro. Dejarme con mis pensamientos iba a ser su salvación, pero no, tenía que violar tal privacidad. ¿No cree acaso que uno ya tiene suficientes problemas? He perdido sentimientos que quizás quise retener en mi mente, he obtenido otros que tal vez nunca quise.

Pero todos ellos han sido ventilados, adornados y malgastados a su gusto y forma. Tuvo tiempo de obtener una vida propia, pero sintió necesario substraer la mía, entera, con todas sus luces y sombras. Completa. Pero todo tiene un límite, y no hay curva que valga.

Durante su dicha de arruinarme la narración, el caminante se transforma en  corredor, volviendo por la avenida, ya lejos está de la curva, mucho más cerca de donde había partido, pero decide doblar antes, un poco antes. Buscando vaya a saber qué o a quién. Se detiene, en la esquina de un bar, con grandes ventanas cerradas por las altas horas en la que se encontraba. Se detiene pensando. Observa a su alrededor, buscando un pasaje, un posible puente entre su realidad y su solución. La esquina se mantenía quieta, el cesto ubicado en la entrada de la fábrica que cortaba tal calle permanecía vacío como los sentidos del caminante, el árbol de la esquina al frente del bar, enredado entre los cables como de costumbre. Esa esquina… esa esquina la conozco, como si la pasara cada tarde al llegar a mi hogar.

La conoces porque es la esquina de tu casa. Bien sé que si te toco el timbre no atenderás. Si lo haces, tampoco te encontraré porque estamos divididos bajo realidades distantes. Pero estoy cerca, muy cerca. Y me sientes, no como has creído sentirme antes, me sientes respirándote al cuello. Me sientes agitado, no por haber corrido, sino por haber encontrado la solución a mis males. Me sientes… ¿Por qué no lo escribes mientras busco un puente?

Desesperado sigue observando a su alrededor, en busca de un camino acotado hacia mi persona, a pesar de estar en la esquina, el caminante tenía razón, se encontraba alejado en otra realidad, se sentía cerca pero a su vez lejos de su solución. Decide entonces realizar algo impensado, algo que solo él podría predecir, para forjar su propio camino y sentir ser dueño de su realidad. Conocía la vida en el más allá, su más allá. Se dio cuenta en ese preciso instante que siendo dueño de sus actos podría cobrar vida en este universo. Lo que hizo lo desconozco, solo puedo incluir en la narración, con la poca cordura que me queda, que lo siento en mi espalda. Agitado, agigantado con sus hombros anchos, con un cuchillo en su mano derecha, el más filoso de mi cocina. Y un rostro, idéntico al mío.

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