N° de Edición 7013
La Matanza

Un par de letras no tan sueltas: El caminante (primera parte) Por:  Sergio S. Mallea

EL CAMINANTE

A la esperanza de cambiar sus pensamientos salió a caminar esa noche. Eran las tres de la mañana, pero sus ansias de cambiar de aire lo impulsaban en cada paso. Su problema no era tan específico, ni tan grave o preocupante, era algo que rondaba en su mente y no podía darle nombre. Necesitaré caminar bastante se decía a sí mismo, nadie podía escucharlo, pues no había otra persona más que él en aquel cuarto iluminado forzosamente. Procedió a cargarse la campera que tenia arrinconada sobre un banco a la espera de alguna sencilla aventura. Sus días adentro, encerrado, proclamando un momento de felicidad, lo convencían de que una simple caminata le devolvería aquello que tanto necesitaba. Estaba atento a esa búsqueda, si bien con sueño, dormir sería claudicar a la fantasía de que todo llega a pesar de que no haya acción. Conocía su pasado, y éste le afirmaba que sin acción no había resultados. Salió, finalmente, a caminar.

De pronto, sus pensamientos irrumpen la narración de la historia. Tengo sueño, pero salir evita que me recueste sobre alguna cómoda cama. No hay camas en el medio de la calle. ¡Mira! Un niño durmiendo en la puerta del Mc Donalds, no es entonces tan cierto el hecho de estar inmune a quedarse dormido, yo podría estar durmiendo junto a ese niño

solitario, que pasa la noche como puede. Yo podría estar con hambre, arrinconado a la esquina más fea del mundo. Arrinconado a los pensamientos que ya no existen o van dejando de existir…

Ese muchacho debe tener hambre, pero ya se habrá olvidado, gracias a su cálido sueño. Por suerte la temperatura es ideal para recostarse a ver las estrellas. No sé para qué traje la campera.

A medida de que sus pasos sumaban un número considerable, aquel muchacho se vio inmerso de la oscuridad entejada de los cielos. Hacia el maltratado horizonte se podía ver como llegaban algunas nubes, pero precisamente donde él estaba transitando, reinaban las estrellas tan anárquicamente que aquella contradicción lo mareaba un poco.

Sus pensamientos volvieron a irrumpir mi esfuerzo por contar la historia. El sueño se me pasó por suerte. Hecho extraño, porque el cansancio de dos días sin dormir tendrían

que tenerme aniquilado haga lo que haga. ¿Quién diría? Acá me veo, caminando para buscar quién sabe qué… ¿Hacia dónde podría ir? Mejor agarro la avenida, si me adentro en las calles paralelas podría perderme. Si, voy por ésta hasta donde se hace una curva y ahí me vuelvo. De curvas vive el hombre, así que espero no tentarme y seguir caminando.

El marcapasos de la realidad marcaba las cuatro, pero nadie se daba cuenta, ni siquiera su dueño. Caminando ejercía su propia rutina, cambiaba los horarios a su antojo, su costumbre de dormir para despertarse luego e ir al trabajo no cabía en sus pensamientos desordenados.

Tenía cosas más importantes por las cuales pensar, como todos, y cada uno de nosotros que alienados las ocultamos en lo más profundo de nuestra existencia monótona y sistemática. Él no conocía su destino, pero prefijaba el límite de su caminata como una posible solución a todos sus males. Quizás, debajo de la bandera de llegada se encuentre el misterio por el cual permanecía desvelado.

Obviamente difícil es conocer la solución de un problema que no conocemos. El caminante desconocía qué le sucedía pero sentía que le pasaba algo, inexplicable tal vez, pero tenía cuerpo y forma, sino sería imposible sentirlo. Y su duda se remontaba en términos aun más profundos, si eso que lo atormentaba era verdaderamente malo, si podría hacerle daño.

Por momentos contaba los cambios de las baldosas, casa por casa, estilo por estilo. Estaban las baldosas chicas, acanaladas, mismo color pero diferentes tonalidades y eran éstas las que más atención le llamaban, se preguntaba por qué cambiaban su tono, qué era aquello que producía tal variación y las lograba humanizar otorgándoles sentimientos.

Quizás la más oscura lograba ver pasar, por encima de ella, desigualdades entre los ciudadanos, mujeres atormentadas por los quehaceres diarios, deliberantes empleadores con sus celulares tendenciosos de las vidas ajenas y vaya a saber que otras imágenes más.

Quizás las baldosas pálidas, aquellas que lograron sobrevivir al paso del tiempo intactas, recurrían a su pasado y no podían creer los cambios que sufría aquel barrio, como, quizás, sus hermanas en el medio de la calle eran tapadas por concreto liso para que los coches pudieran pasar mucho más ágilmente. Y así delirando transitaba los pasos aquel

caminante nocturno. Atormentándose y atormentando mi narración con sus pensamientos.

Heme aquí caminando, como de costumbre. Tendría que estar en algún evento, con personas que dicen ser importantes, compartiendo algún copetín, algunos vinos de buena calidad, algunas charlas interesantes. Pero no, me encuentro caminando, sin destino alguno más que alguna curva que me indique la vuelta. No le encuentro motivo realmente.

¿Quién maneja mis instintos? Nunca fui creyente, ni en un dios, ni en una nada absoluta. Nunca fui creyente porque sinceramente nunca supe en que basarme para generar un pensamiento real y con pruebas. Si están quienes tratan de probar la existencia de un dios supremo, me pregunto ¿dónde están quienes intentan probar lo contrario? ¿por qué no los escucho golpear mi puerta a ellos también los domingos por la mañana?

Pero no… Aquí me encuentro caminando, sin nada en la cabeza más que el instinto de caminar y las ganas de buscarle la solución a nada en particular.

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