N° de Edición 6870
La Matanza

Tras los pasos de Siqueiros, un pintor mejicano en La Matanza

Juan Manuel Gaucher es mejicano, hijo de un uruguayo exiliado político en ese país, pintor autodidacta y radicado en La Matanza, primero en González Catán donde vivió 10 años y actualmente en Lomas de Mirador, desde donde toma la paleta y el pincel para pintar con el alma repartida y construir un puente entre los dos pueblos y países.

Con un Tequila de por medio, charló con el NCO, sobre sus vivencias de artista de dos mundos.

Por Emilio González Larrea

¿Desde cuándo, la pintura?

La pintura está conmigo desde niño. Siendo adolescente incursioné en la historieta, publicaba una historieta semanal en Méjico. Ingresé a la UNAM (Universidad Autónoma de Méjico) a  la carrera de Diseño y Comunicación Visual, donde me especialicé en ilustración, especialmente infantil.  A partir de allí, comienzo a trabajar en ilustración de libros de textos de educación, al mismo tiempo pintaba para mí con diferentes temas, pintaba 3 cuadros por semana y los regalaba a los amigos o conocidos.

 

En el 2003 me radiqué en la Argentina  y comencé a publicar libros infantiles que escribía e ilustraba yo mismo.  En esa época, producto de la crisis del 2001, aparece el fenómeno de las fábricas recuperadas, los cartoneros y el movimiento piquetero, por lo tanto pensé por qué no se hacen libros para los niños con esos temas de la realidad del país, existían libros infantiles de princesas, historias de otros países, pero nada de lo que sucedía en la realidad argentina de ese momento.

Estaba haciendo un curso de cerámica en IMPA, una fábrica recuperada en CABA; esa experiencia, sumado a que mi tesis  en la universidad de Méjico, fue la ilustración de unos libros infantiles sobre cartas que los presos políticos les escribían a sus hijos durante la dictadura argentina, a manera de cuentos, me motivó a escribir e ilustrar libros infantiles  sobre las empresas recuperadas.

Cuando termine el primer libro, que se llamó “La Dulce Victoria: una historia sobre las fabricas recuperadas”, lo edite en una pequeña editorial mía llamada Niño Nuevo.

¿Qué querés expresar con tus pinturas?

Soy un pintor autodidacta. El motor de mis pinturas es expresar una idea, un concepto, que tenga que ver con lo que soy  y mi relación con la realidad exterior. No me interesa pintar simplemente un paisaje o las calles de París porque no las conozco, no he vivido allí. Creo que es deber del artista, reflejar en sus pinturas la realidad en que vive.

Méjico le dio al mundo y en especial a Latinoamérica, el movimiento Muralista. Vos te formaste allá, ¿qué marcas o rastros te dejó esa escuela plástica?

En Méjico estudié en la misma universidad  en que estudiaron los muralistas; mi pintura es hija de esa pintura, pero también he abrevado en la pintura prehispánica, en el cubismo y en las tradiciones populares mejicanas. El cubismo tiene mucho que ver con la pintura prehispánica mejicana, con esa forma geométrica muy marcada que se encuentra también en la pintura prehispánica, originaria de los pueblos de México. Todo eso formó mi repertorio estilístico como pintor. Es difícil encontrar algo singular, propio, que represente a uno mismo, es decir que no se copia de antecesores u otros artistas. Esa es mi búsqueda.

Creo que el arte es conocimiento de técnicas y materiales y de práctica y oficio, de búsqueda constante. No es agarrar un pedazo de tela y pintar o aventar contra un lienzo y exponerlo como una obra de arte o poner un vaso de agua en una repisa y mostrarlo como arte, para mi eso es caricatura, un  invento del mercado  para prostituir al arte.

Pintaste una serie que se llamó  Matanza y lo expusiste en Méjico.  ¿Por qué Matanza y además mostrarla allá?

Fue una experiencia muy buena. Yo había vuelto a Méjico después de vivir 10 años  en González Catán y eso salió naturalmente, me pregunté sobre qué iba a pintar y lo volqué en una serie de pinturas que denominé Matanza. Cuando las expuse, la gente en México se sintió identificada inmediatamente con el paisaje,  con los personajes, lo encontraban parecido a la periferia del Distrito Federal; creo que cualquier paisaje suburbano de Latinoamérica tiene cosas similares. Me fue muy bien y vendí toda la serie. Para eso sirve también el arte, para tender puentes entre pueblos y países hermanos.

Entre los pintores argentinos ¿hay alguno que te guste y te haya influenciado?

Sí, no conozco mucho. Pero me siento identificado con Berni, Spilinbergo, Carlos Alonso, en lo plástico y en lo conceptual; la pintura social de Berni, la serie de Juanito Laguna. Argentina es un país muy plástico, hablando de arte.

Creo que el artista tiene que tener un compromiso con la sociedad que le toca vivir. Y la función primigenia para mí al pintar, es comunicarme con el otro, es decir, quiero comunicar algo a los demás y que les despierte algo a esas personas. Entiendo que esa es una de las funciones del arte, comunicar y,  por supuesto, el artista plasma en su obra las ideas  sobre el mundo en el que vive.

Comparando Méjico y la Argentina. ¿Qué encontrás en común o diferente en las dos sociedades?

Tenemos más similitudes  de lo que la gente cree. En Méjico por ejemplo, hay mucho prejuicio sobre la Argentina, porque creen que es un país casi europeo, de gente blanca y rubia. Y yo les digo, Argentina no es su Capital, Buenos Aires. Donde yo vivía en Méjico es parecido a La Matanza. Tenemos  también en común, lo prehispánico, originario. En las clases populares  se encuentran muchas similitudes, los sufrimientos, las pasiones, formas de vida común. Tenemos diferencias culturales, costumbres, las comidas que le dan el color particular a los lugares. Pero en última instancia somos parte de la Patria Grande, una patria común latinoamericana.

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