N° de Edición 6960
La Matanza

Suplemento homenaje a nuestros héroes de Malvinas, Enfoque: «2 de abril de 1982»

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Tal vez por la magnanimidad de algún interventor castrense, por su ignorancia, o solo por otra maniobra distractora más, en la noche del sábado 14 de mayo de 1983 pude ver –supongo que junto a millones de compatriotas- , la proyección de un film realizado por PROARTEL, en ese momento la productora de canal 13 sobre la guerra de Malvinas.

A su término, separé el tema de la recuperación de las mismas en dos partes: una, en el hecho incuestionable de nuestra pertenencia, y la otra, el momento elegido, el cómo, el porqué, el con qué y fundamentalmente QUIÉN dispuso la intervención militar, que nos embarcó alegre y desenfadadamente en una contienda tan inútil como absurda.
Si me preguntaba por el momento, caía en la cuenta que nos hallábamos en el punto más álgido de una crisis económica agobiante, con empresas quebradas, desocupación, desnutrición, analfabetismo y miseria.

Por: Carlos Enrique Galli
carlosgalli@yahoo.com
02-04-2016.-

Si me refería al cómo, chocaba con una de los interrogantes más graves de responder ¿cómo estábamos en guerra si por televisión veíamos a nuestros heroicos muchachos de la selección disputar sin pena ni gloria el Mundial España ‘82?, ¿cómo en combate, si en ningún momento un gran porcentaje del país tomó conciencia de la contienda bélica y la consideraba como algo «muy lejano allá en el sur ?, ¿dejamos de ir al cine, al teatro, a cenar afuera?, ¿hicimos todos una vida recoleta que reflejara en parte el sentimiento de dolor y pesar que nos debiera haber embargado, o nos dejamos llevar por la misma (y actual) prensa canalla, con José Gómez Fuentes a la cabeza que nos vendía alguna que otra victoria y nos ocultaba los horrores ajenos y -lo más terrible-, los propios?.

Si iba al porqué, la decisión era evidente a la luz de la óptica de un autogobierno que daba sus últimos manotazos de ahogado. Fue el mismo que secuestró, torturó, mató, el que proscribió, censuró, el que nos mantuvo 7 años bajo estado de sitio, y el que -lo sufrí personalmente-, unos días antes reprimió al pueblo congregado en la Plaza de las Madres cumpliendo con una huelga convocada bajo la consigna Paz, Pan y Trabajo a través de Saúl Ubaldini. El con qué: ¿con la esperanza del «vía libre» de los Estados Unidos?, ¿con nuestra mediocre preparación táctico-estratégico-militar?, ¿con una flota modelo 1944?, ¿con jefes de salones y escritorios?, ¿con el bizarro comandante que pedía a gritos la «presencia del principito» y después de declarar que no se suicidaba porque era católico y útil, tuvo que padecer hasta el remate de su gorra en Londres?

Y, como todo llega, arribé al QUIÉN: ¿comprendimos que el mentor y gestor de tal despropósito congeniaba con las bebidas estimulantes?, ¿reparamos en la traición a su antecesor en el cargo?, ¿asimilamos que un día -haciendo gala de su desaprensión- dijo que daba lo mismo «que murieran 4000 o 40000 soldados?. Evidentemente no lo captamos y fueron millares los que se embarcaron eufóricamente a festejar esa locura colectiva, no faltando quien lo comparara con la celebración del dudoso Mundial 78.

¿Qué hicieron muchos dirigentes políticos y sindicales en la oportunidad? Nada menos que participar del famoso chárter junto al majestuoso general, cosa de no quedar a contramano si todo salía bien, y… ¿qué de gran parte del periodismo, que nos saturó con bandos triunfalistas y manipulación artera e interesada de la opinión pública? ¿Cuántos ciudadanos donaron lo que pudieron y luego se comprobó que hasta eso fue saqueado por el régimen?

Todo esto y muchas cosas más vinieron a mi memoria al ver los rostros aterrorizados de los chicos en el frente, arrancados brutalmente de lugares tan dispares y distintos al del «teatro de operaciones». Yo me los imaginaba recogiendo algodón, talando un monte, levantando una red de pesca, estudiando, en una fábrica, en una oficina, riendo, amando, llorando, soñando, pero no, ellos ya habían conocido los padecimientos del combate, la destrucción, el hambre, la ceguera, el frío, los estaqueamientos (negados como delitos de lesa humanidad por la Corte), la muerte, agazapada tras un sofisticado aparato de relojería o por la tarea manual y certera de un combatiente nepalés. Fueron las mismas caras a las que durante muchos años se les negó el derecho a reunirse, contar sus experiencias, dar a conocer a todo el país la verdad de lo acontecido. Fueron a quienes se trató de ocultar desmalvinizando su heroicidad y su protagonismo, debiendo esperar mucho tiempo antes que un gobierno los cobije y los reconozca. Son aquellos a los que criamos, educamos, alimentamos, reprendimos, corregimos durante 18 años para que después «…la Patria los reclame…» y para que luego algún oficial, en nombre de esa misma Patria a la que ellos vilipendiaron y mancillaron por décadas, nos entregue una medalla para colgar en un pecho juvenil desgarrado o nos indique en algún ambiguo documento que «… Usted ha perdido un hijo, el país, un soldado…»

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