N° de Edición 7241
La Matanza

«Renunciamiento» de Eva Perón

1951- 22 de agosto – 2012

En la Asamblea Popular realizada en la avenida 9 de Julio, que se constituyó en Cabildo Abierto del Justicialismo, Eva renunció ante el pueblo a la candidatura a la vicepresidencia de la Nación.

Excelentísimo señor presidente; mis queridos descamisados de la Patria: Es para mí una gran emoción encontrarme otra vez con los descamisados, como el 17 de octubre y como en todas las fechas en que el pueblo estuvo presente. Hoy, mi general, en este Cabildo del Justicialismo, el pueblo, que en 1810 se reunió para preguntar de qué se trataba, se reúne para decir que quiere que el general Perón siga dirigiendo los destinos de la Patria. Es el pueblo, son las mujeres, los niños, los ancianos, los trabajadores, que están presentes porque han tomado el porvenir en sus manos, y saben que la justicia y la libertad únicamente la encontrarán teniendo al general Perón al frente de la nave de la Nación.

Mi general: son vuestras gloriosas vanguardias descamisadas las que están presentes hoy, como lo estuvieron ayer y estarán siempre, dispuestas a dar la vida por Perón.

Ellos saben bien que antes de la llegada del general Perón vivían en la esclavitud y por sobre todas las cosas, habían perdido las esperanzas en un futuro mejor. Saben que fue el general Perón quien los dignificó social, moral y espiritualmente. Saben también que la oligarquía, que los mediocres, que los vendepatria todavía no están derrotados, y que desde sus guaridas atentan contra el pueblo y contra la nacionalidad. Pero nuestra oligarquía, que siempre se vendió por cuatro monedas, no cuenta en esta época con que el pueblo está de pie, y que el pueblo argentino está formado por hombres y mujeres dignos capaces de morir y terminar de una vez por todas con los vendepatrias y con los entreguistas.

Ellos no perdonarán jamás que el general Perón haya levantado el nivel de los trabajadores, que haya creado el Justicialismo, que haya establecido que en nuestra Patria la única dignidad es la de los que trabajan. Ellos no perdonarán jamás al general Perón por haber levantado todo lo que desprecian: los trabajadores, que ellos olvidaron; los niños y los ancianos y las mujeres, que ellos relegaron a un segundo plano.

Ellos, que mantuvieron al país en una noche eterna, no perdonarán jamás al general Perón por haber levantado las tres banderas que debieron haber levantado ellos hace un siglo: la justicia social, la independencia económica y la soberanía de la Patria.

Pero hoy el pueblo es soberano no sólo cívicamente sino también moral y espiritualmente. Mi general: estamos dispuestos, los del pueblo, su vanguardia descamisada, a terminar de una buena vez con la intriga, con la calumnia, con la difamación y con los mercaderes que venden al pueblo y al país. El pueblo quiere a Perón no sólo por las conquistas materiales –este pueblo, mi general, jamás ha pensado en eso, sino que piensa en el país, en la grandeza material, espiritual y moral de la Patria-, porque este pueblo argentino tiene un corazón grande y piensa en los valores por sobre los valores materiales. Por ello, mi general, hoy esta aquí, cruzando caminos, acortando kilómetros con miles de sacrificios, para decirnos «presente», en este Cabildo del Justicialismo.

Es la Patria la que se ha dado cita al llamado de los compañeros de la Confederación General del Trabajo, para decirle al Líder que detrás de él hay un pueblo, y que siga, como hasta ahora, luchando contra la antipatria, contra los políticos venales y contra los imperialismos de izquierda y de derecha.
Yo, que siempre tuve en el general Perón a mi maestro y mi amigo –pues él siempre me dio el ejemplo de su lealtad acrisolada hacia los trabajadores-, en todos estos años de mi vida he dedicado las noches y los días a atender a los humildes de la Patria sin reparar en los días ni en las noches, ni en los sacrificios.

Mientras tanto ellos, los entreguistas, los mediocres, los cobardes, de noche tramaban la intriga y la infamia del día siguiente, yo, una humilde mujer, no pensaba sino en los dolores que tenía que mitigar y en la gente a que tenía que consolar en nombre vuestro, mi general, porque se el cariño entrañable que sentís por los descamisados y porque llevo en mi corazón una deuda de gratitud para con los descamisados que el 17 de octubre de 1945 me devolvieron la vida, la luz, el alma y el corazón al devolverme a Perón.

Yo no soy más que una mujer del pueblo argentino, una descamisada de la Patria, pero una descamisada de corazón, porque siempre he querido confundirme con los trabajadores, con los ancianos, con los niños, con los que sufren, trabajando codo a codo, corazón a corazón con ellos para lograr que lo quieran más a Perón y para ser un puente de paz entre el general Perón y los descamisados de la Patria.

Mi general: aquí en este magnífico espectáculo vuelve a darse el milagro de hace dos mil años. No fueron los sabios, ni los ricos, ni los poderosos los que creyeron; fueron los humildes. Ricos y poderosos han de tener el alma cerrada por la avaricia y el egoísmo; en cambio, los humildes, como viven y duermen al aire libre, tienen las ventanas del alma siempre expuestas a las cosas extraordinarias. Mi general: son los descamisados que os ven a vos con los ojos del alma y por eso os comprenden, os siguen; y por eso, no quieren más que a un hombre, no quieren a otro: Perón o nadie.

Yo aprovecho esta oportunidad para pedir a Dios que ilumine a los mediocres para que puedan ver a Perón y para que puedan comprenderlo, y para que las futuras generaciones no nos tengan que marcar con el dedo de la desesperación si llegaran a comprobar que hubo argentinos tan mal nacidos que a un hombre como el general Perón, que ha quemado su vida para lograr el camino de la grandeza y la felicidad de la Patria, lo combatieron aliándose con intereses foráneos.
No me interesó jamás la insidia ni la calumnia cuando ellos desataron sus lenguas contra una débil mujer argentina. Al contrario, me alegre íntimamente, porque yo, mi general, quise que mi pecho fuera escudo para que los ataques, en lugar de ir a vos, llegaran a mí. Pero nunca me dejé engañar. Los que me atacan a mí no es por mí, mi general, es por vos. Es que son tan traidores, tan cobardes que no quieren decir que no lo quieren a Perón. No es a Eva Perón a quien atacan: es a Perón.

A ellos les duele que Eva Perón se haya dedicado al pueblo argentino; a ellos les duele que Eva Perón, en lugar de dedicarse a fiestas oligárquicas, haya dedicado las horas, las noches y los días a mitigar dolores y restañar heridas.

Mi general: aquí está el pueblo y yo aprovecho esta oportunidad para agradecer a todos los humildes, a todos los trabajadores, a todas las mujeres, niños y hombres de la Patria, que en su corazón reconocido han levantado el nombre de una mujer, de una humilde mujer que los ama entrañablemente y que no le importa quemar su vida si con ello lleva un poco de felicidad a algún hogar de su Patria. Yo siempre haré lo que diga el pueblo, pero yo les digo a los compañeros trabajadores que así como hace cinco años dije que prefería ser Evita antes de ser la esposa del presidente, si ese Evita era dicho para calmar un dolor en algún hogar de mi Patria, hoy digo que prefiero ser Evita, porque siendo Evita sé que siempre me llevarán muy dentro de su corazón. ¡Qué gloria, qué honor, a qué más puede aspirar un ciudadano o una ciudadana que al amor del pueblo argentino!

Yo me siento extraordinariamente emocionada. Mi humilde persona no merece el cariño entrañable de todos los trabajadores de la Patria. Sobre mis débiles espaldas de mujer argentina ustedes cargan una enorme responsabilidad. Yo no sé cómo pagar el cariño y la confianza que el pueblo deposita en mí. Lo pago con amor, queriéndolo a Perón y queriéndolos a ustedes, que es como querer a la Patria misma.

Compañeros: Yo quiero que todos ustedes, los del interior, los del Gran Buenos Aires, los de la Capital, en fin, los de los cuatro puntos cardinales de la Patria, les digan a los descamisados que todo lo que soy, que todo lo que tengo, que todo lo que hago, que todo lo que haré, que todo lo que lo que pienso, que todo lo que poseo no me pertenece: es de Perón, porque él me lo dio todo, porque él, al descender hasta una humilde mujer de la Patria, la elevó hacia las alturas y la puso en el corazón del pueblo argentino.

Mi general: si alguna satisfacción podría haber tenido es la de haber interpretado vuestros sueños de patriota, vuestras inquietudes y la de haber trabajado humilde pero tenazmente para restañar las heridas de los humildes de la Patria, para cristalizar esperanzas y para mitigar dolores, de acuerdo con vuestros deseos y con vuestros mandatos.

Yo no he hecho nada, todo es Perón. Perón es la Patria, Perón es todo, y todos nosotros estamos a distancia sideral del Líder de la nacionalidad. Yo, mi general, con la plenipotencia espiritual que me dan los descamisados de la Patria, os proclamo, antes que el pueblo os vote el 11 noviembre, presidente de todos los argentinos. La Patria está salvada, porque está en manos del general Perón.

A ustedes, descamisados de mi Patria, y a todos los que me escuchan, los estrecho simbólicamente muy, pero muy fuerte, sobre mi corazón».

Fuente: Norberto Galasso, Perón, Eitorial Colihue, Buenos Aires, 2005.

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Un comentario

  1. Calle Florida, túnel de flores podridas.
    Y el pobrerío se quedó sin madre
    llorando entre faroles sin crespones.
    Llorando en cueros, para siempre, solos.
    Sombríos machos de corbata negra
    sufrían rencorosos por decreto
    y el órgano por Radio del Estado
    hizo durar a Dios un mes o dos.
    Buenos Aires de niebla y de silencio.
    El Barrio Norte tras las celosías
    encargaba a París rayos de sol.
    La cola interminable para verla
    y los que maldecían por si acaso
    no vayan esos cabecitas negras
    a bienaventurar a una cualquiera.
    Flores podridas para Cleopatra.
    Y los grasitas con el corazón rajado,
    rajado en serio. Huérfanos. Silencio.
    Calles de invierno donde nadie pregona
    El Líder, Democracia, La Razón.
    Y Antonio Tormo calla «amémonos».
    Un vendaval de luto obligatorio.
    Escarapelas con coágulos negros.
    El siglo nunca vio muerte más muerte.
    Pobrecitos rubíes, esmeraldas,
    visones ofrendados por el pueblo,
    sandalias de oro, sedas virreinales,
    vacías, arrumbadas en la noche.
    Y el odio entre paréntesis, rumiando
    venganza en sótanos y con picana.
    Y el amor y el dolor que eran de veras
    gimiendo en el cordón de la vereda.
    Lágrimas enjuagadas con harapos,
    Madrecita de los Desamparados.
    Silencio, que hasta el tango se murió.
    Orden de arriba y lagrimas de abajo.
    En plena juventud. No somos nada.
    No somos nada más que un gran castigo.
    Se pintó la República de negro
    mientras te maquillaban y enlodaban.
    En los altares populares, santa.
    Hiena de hielo para los gorilas
    pero eso sí, solísima en la muerte.
    Y el pueblo que lloraba para siempre
    sin prever tu atroz peregrinaje.
    Con mis ojos la vi, no me vendieron
    esta leyenda, ni me la robaron.
    Días de julio del 52
    ¿Qué importa donde estaba yo?
    II
    No descanses en paz, alza los brazos
    no para el día del renunciamiento
    sino para juntarte a las mujeres
    con tu bandera redentora
    lavada en pólvora, resucitando.
    No sé quién fuiste, pero te jugaste.
    Torciste el Riachuelo a Plaza de Mayo,
    metiste a las mujeres en la historia
    de prepo, arrebatando los micrófonos,
    repartiendo venganzas y limosnas.
    Bruta como un diamante en un chiquero
    ¿Quién va a tirarte la última piedra?
    Quizás un día nos juntemos
    para invocar tu insólito coraje.
    Todas, las contreras, las idólatras,
    las madres incesantes, las rameras,
    las que te amaron, las que te maldijeron,
    las que obedientes tiran hijos
    a la basura de la guerra, todas
    las que ahora en el mundo fraternizan
    sublevándose contra la aniquilación.
    Cuando los buitres te dejen tranquila
    y huyas de las estampas y el ultraje
    empezaremos a saber quién fuiste.
    Con látigo y sumisa, pasiva y compasiva,
    única reina que tuvimos, loca
    que arrebató el poder a los soldados.
    Cuando juntas las reas y las monjas
    y las violadas en los teleteatros
    y las que callan pero no consienten
    arrebatemos la liberación
    para no naufragar en espejitos
    ni bañarnos para los ejecutivos.
    Cuando hagamos escándalo y justicia
    el tiempo habrá pasado en limpio
    tu prepotencia y tu martirio, hermana.
    Tener agallas, como vos tuviste,
    fanática, leal, desenfrenada
    en el candor de la beneficencia
    pero la única que se dio el lujo
    de coronarse por los sumergidos.
    Agallas para hacer de nuevo el mundo.
    Tener agallas para gritar basta
    aunque nos amordacen con cañones.

    MARIA ELENA WALSH

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