N° de Edición 7324
La Matanza

José Luis “Garrafa” Sánchez: La historia de un jugador de barrio

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José Luis “Garrafa” Sánchez: La historia de un jugador de barrio

José Luis Sánchez nació el 26 de mayo de 1974, de familia laburante, fue futbolista del Deportivo de Laferrere, donde hizo las inferiores, debutando en primera el 26 de noviembre de 1993 con 19 años.

José Luis “Garrafa” Sánchez: La historia de un jugador de barrio

Pero su pasión por las dos ruedas, le hace perder la vida cuando en un descanso del entrenamiento, tomó su moto y salió a distenderse, practicando acrobacias, cae, sufriendo fractura de cráneo y pérdida de masa encefálica.

Dueño de un gran dominio del balón con una mescla del estilo de Diego Maradona y de Ricardo Bochini, José Luis poseía una destreza para desembarazarse de sus marcadores en espacios reducidos

Fue definido como símbolo del potrero, de carácter fuerte, Sánchez solía demostrar mas vistosamente su juego en partidos difíciles, entre otras tuvo oportunidad de formar parte del plantel de River Plate, pero las gestiones para la incorporación no prosperaron.

Garrafa solía decir que de no llegar al futbol hubiera trabajado toda su vida en lo mismo que su padre, repartiendo gas licuado, pero su destino estaba entre gambetas, firuletes picardía e inteligencia en el juego.

A José Luis «Garrafa» Sánchez no lo encandilaron las luces de las marquesinas de los equipos llamados «grandes» del fútbol argentino, porque se recibió de «crack» los sábados, incluso el aplauso de las hinchadas rivales.

También se dio el lujo de dirigir la orquesta que bailó a la selección argentina en un amistoso con El Porvenir, antes de viajar al mundial de Francia del 98, pero la pasión por las dos ruedas le jugó una mala pasada.

Tras una caída con su moto, murió el 8 enero del 2006, apagándose así la vida de el «jugador que elegimos para querer» como lo definió Alejandro Dolina en una nota concluyendo que: “Lamentablemente, el destino es así, no sigue ninguna ética, no tiene norma, simplemente ocurre”.

El parte oficial de ese fatídico 8 de enero del 2006 rezaba fríamente que: «El futbolista José Luis, de Deportivo Laferrere, falleció hoy en la clínica Mariano Moreno, en el oeste del Gran Buenos Aires. El futbolista estaba afectado por un cuadro de «muerte cerebral irreversible».

Dos días antes de su deceso, el 6 de enero, José Luis Sánchez, cuando sus compañeros del Club Laferrere estaban en plena «siesta» porque el entrenamiento matutino de pretemporada en Ezeiza los dejó de cama, «Garrafa» salió con su moto a disfrutar la adrenalina de su otra pasión, las motos, pero al intentar un «Wheelie» (levantar la rueda delantera y hacer equilibrio sobre la trasera) se cayó.

Y ahí el otro parte médico que nadie en la popular y barriada de Laferrere, en el conurbano profundo de La Matanza, quería escuchar: «El jugador, de 31 años, que se cayó de su moto en un accidente frente a su casa anteayer por la tarde, había sido trasladado anteanoche a ese centro asistencial, en el que se le diagnosticó una «fractura de cráneo con pérdida de masa encefálica».

José Luis Sánchez nació el 26 de mayo de 1974 en Laferrere, y de familia laburante, su padre trabajaba en un reparto de garrafas de gas comprimido, y por eso su hijo, recibió el mote de Garrafa

Sánchez siempre valoró el esfuerzo de su progenitor para llevar el pan a su casa, pudo haber seguido sus pasos, pero el fútbol lo atrapó y no pudo ser ayudante de su padre.

Gregorio de Laferrere, barrio de viviendas humildes, con muchas calles de tierra es donde comenzó a edificar su leyenda, y rápidamente, ante las primeras filas para desairar a sus rivales entre pasto crecido y botellas rotas, alguien lo vio e instantáneamente lo definió como un símbolo del potrero.

José Luis hizo las inferiores en Laferrere, el debut soñado en primera fue el 26 de noviembre de 1993, a los 19 años, pero el técnico en ese momento, José Argerich, lo puso de tres.

Esa posición no era la de Garrafa, pero se las ingenió para subir por su andarivel y burlar la férrea marca del rival de toda la vida de Laferrere, Almirante Brown de Isidro Casanova.

Además de Garrafa, el talentoso José Luis se había ganado también el apodo de «pelado», porque según contó en su momento, desde los 15 hasta los 26 años, anduvo a toda velocidad en dos ruedas y sin casco.

Precisamente ese espíritu de beberse el viento con su moto, lo marginó en 1996 de jugar en Boca cuando el director técnico que era Carlos Bilardo, tras admitir que Garrafa «jugaba muy bien», desestimó su contratación por la vehemencia que el jugador ponía en conducir su moto aconsejándole que la dejara.

Y en el 1997 fue transferido a El Porvenir que, junto a compañeros como Adrián González, Miguel Coronel y su compadre futbolístico, el actual técnico de Nueva Chicago, lograron el ascenso a la B Nacional con la dirección técnica del ex árbitro Ricardo Calabria, «Garrafa» fue figura excluyente de la institución de Gerli.

El 13 de febrero de 1998 se programó un amistoso entre el seleccionado argentino que conducía Daniel Passarella, y El Porvenir, como paso previo al mundial de Francia de ese año.

Ese día El Porvenir le ganó 3 a 1 al equipo nacional, con un baile memorable y donde «Garrafa» la «descoció», hizo un gol y ofreció dos asistencias, ya no lo podían parar.

¿Quién carajo es ese pelado?  bramó el del cuchillo entre los dientes, Diego Simeone, y Marcelo Gallardo, hoy entrenador de River, se preguntó ¿y este viejo de dónde salió?

Por lo bajo los compañeros de Garrafa murmuraban «les demostró que es mejor que varios de los seleccionados», y Ricardo Calabria no se cansaba de repetir la «facilidad con la que su jugador superaba a Simeone y compañía.

Tras su paso por Bella Vista de Uruguay, volvió al país en el año 2000 ante la enfermedad de su padre que falleció ese mismo año. Fue un golpe durísimo para él.

Recordó que, viendo un partido entre Banfield y Huracán con su padre, éste le dijo: vos tenés que estar ahí, pero fueron ocho meses de ostracismo de Garrafa fuera de las canchas hasta que un día sonó su teléfono. Lo llamaron de Banfield.

Ahí escribió otras de sus páginas más importantes de su carrera, cargada de gloria. Fue la gran figura del equipo dirigido por Mané Ponce, que ascendió a 1°división en el 2001, donde fue memorable el pase que le hizo a su amigo Rubén Forestello para que convirtiera el cuarto gol ante Quilmes.

Era tal la idolatría que se ganó del público de El Taladro, que erigieron una estatua en el hall de entrada del estadio de Banfield, ese hecho fue motivo para que se filmara un documental titulado «El Garrafa, una película de fútbol»

Película que se pasó en los clubes que jugó, Deportivo de Laferrere, club del que era hincha, fue su última morada en el 2006.

Opiniones

Diego Monarriz, hoy entrenador de la reserva de San Lorenzo, compañero de Sánchez en El Porvenir 97-99 y Ornaldo Javier Claut, ayudante de campo de Pablo Lavallén, que compartió plantel con José Luis en Laferrere 2005-2006, le confesaron a Télam que Garrafa fue un loco lindo y un crack que resolvía con una simpleza asombrosa las situaciones cuando su equipo estaba comprometido.

«Nunca dejó de ser un niño Garrafa, señaló Monarriz, un loquito como yo le decía, pero con un gran corazón, que fingía no conocer a los rivales y sabía todo, que ni pinta de jugador tenía.

Pero agarraba la pelota y te pintaba la cara, te hacía ganar un partido con una genialidad, siempre fue nuestra salvación dentro de la cancha porque se la dábamos cuando estábamos apretados y él resolvía con un simple juego de cintura”, comentó

También destacó que Garrafa «competía en todo después de los entrenamientos, competía en quién tiraba una piedra más lejos, o te jugaba por plata a patear penales y nos ganaba caminando.

Era un tipo tímido, vergonzoso, pero muy ubicado porque siempre se cuidó, no tomaba alcohol, ni fumaba, dormía la siesta, era guapo en la cancha, no se achicaba con las patadas y era puro potrero», concluyó.

Ornaldo Javier Claut destacó que Garrafa fue un talentoso, un dotado, con una gran pegada, panorama de cancha, preciso en los pases, asistía a los goleadores, y sabía aguantar con sus caderas la marca rival, y si bien no pudo quedar en Boca, por su exquisitez en el juego era más para jugar en River».

Claut comentó que era «un gran tipo, solidario dentro y fuera de la cancha, que se le notaba todo el potrero que traía de su infancia, que te resolvía una jugada con un simple movimiento de cintura

Cuando nos quemaba la pelota se le dábamos a él y ahí terminaban nuestros problemas, pero su último entrenamiento de pretemporada en Ezeiza, el 6 de enero del 2006, nosotros habíamos terminado muertos, y él en vez de dormir la siesta, intentó la última pirueta de su vida y se nos fue muy joven».

El corolario de la historia de José Luis «Garrafa» Sánchez, terminó en el verde césped de la cancha de Laferrere, con el féretro cubierto con la número diez que lució orgullosamente.

El hijo dilecto de Lafe, pero en lo que coincidieron las hinchadas rivales que lo «sufrieron», es en el aplauso al final de cada encuentro al reconocer a un verdadero y auténtico «Crack».

Fuente: José Pommares, periodista de Télam

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