N° de Edición 7092
La Matanza

Historia Popular: El primer cuartelazo

Por Carlos Matías Sánchez
mati_13_01@hotmail.com

Hace más de ochenta años se efectuaba el primer golpe de Estado del siglo XX contra un gobierno constitucional de carácter nacional y popular.

El proyecto fascista que se intentó implantar fracasó, pero, lamentablemente, la experiencia golpista serviría de modelo para las fuerzas armadas en las décadas posteriores.

La construcción del Estado nacional iniciada en 1862 y completada en 1880, se había fundado en conceptos de ciudadanía y nacionalidad que en la práctica distaban de ser reconocidos a todos los argentinos. La oligarquía monopolizó el poder político, desde el cual representó los intereses de la minoría beneficiada por el modelo agroexportador que condenaba a nuestro país a la dependencia, el retraso y el endeudamiento.

Sin embargo, diversas circunstancias, entre las cuales se encuentran tanto las luchas obreras y políticas (en especial, las revoluciones radicales) como los conflictos dentro de la propia elite, obligaron a ésta a aceptar la reivindicación del voto universal, secreto y obligatorio, como una vía institucional de canalizar las demandas populares, pero previendo la victoria de aquellos mismos que venían gobernando desde décadas atrás.

Sus cálculos fallaron y en 1916, ya con plena vigencia de la Ley Sáenz Peña, el radical Hipólito Yrigoyen accedió a la presidencia. En el poder, aquel brillante dirigente construyó un perfil nacionalista y abierto a los reclamos de los sectores populares (y especialmente de la clase media), manteniendo la posición neutral argentina ante la primera guerra mundial, apoyando la reforma universitaria e impulsando la creación de la petrolera estatal.

Del mismo modo, puede decirse que Yrigoyen no marcó una ruptura con el modelo agroexportador instaurado por los liberales-conservadores, y que respondió en varias ocasiones a los reclamos de los sectores populares con la misma mano dura con la que lo hacían aquellos.

Sin embargo, las diferencias antes marcadas por este líder con los gobiernos oligárquicos bastaron para granjearle el desprecio de las elites dirigentes; odio que se extendió a sus seguidores, aquella “chusma” que ahora ocupaba cargos oficiales antes detentados por los desairados señores de apellidos importantes; los mismos que años después se horrorizarían al ver el avance del “aluvión zoológico” peronista.

A pesar de la hegemonía conservadora lograda progresivamente por Alvear dentro del partido radical a partir de su llegada a la presidencia (como sucesor y delfín del mismo Yrigoyen), éste recuperó el liderazgo y en 1928 volvió al gobierno para continuar con aquel proyecto de país en algún punto distinto del de sus “dueños”.

Sin embargo, un contexto más que complejo esperaba a Yrigoyen en su segundo mandato. En la bolsa norteamericana se desató una crisis financiera que provocó múltiples y graves consecuencias sociales, económicas y políticas. La gravedad de dicha situación desencadenaría el fin del modelo de Estado Liberal y su progresivo reemplazo por el Estado de Bienestar, del cual el peronismo fue en nuestro país su máxima expresión.

Volviendo a finales de la década del ’30, Argentina sufrió las consecuencias globales de aquella crisis, acentuadas por su gran dependencia de los capitales británicos, aquellos a los que Mitre y compañía habían hecho culto y en los que habían cimentado su modelo de país.

Dicha crisis llegó en tiempos de Yrigoyen, apenas asumido su segundo mandato, y los poderes fácticos de nuestro país no se iban a resignar a pagar los costos; como en muchas otras oportunidades de la historia, la carga recaería sobre el pueblo. Pero para eso hacía falta quitar del medio a Yrigoyen, que no era precisamente un representante de aquellas corporaciones.

Una fuerte campaña de prensa fogoneada desde los medios de la elite y el apoyo de la “izquierda” y del radicalismo “antipersonalista” serían los instrumentos utilizados por el conservadurismo para recuperar el poder; sin embargo, no bastaba con esto para sacar del medio a un gobierno elegido democráticamente y con un apoyo popular amplio y tan ferviente como el que tenía el gobierno yrigoyenista.

La única forma de poner fin a aquella “tiranía” era por medio de un golpe de Estado a cargo de las Fuerzas Armadas, fórmula repetida 25 años después. Así se inauguraba una práctica repetida en 1955, 1962, 1966 y 1976; también en 1943, con la salvedad de que en ese caso se derrocó a un gobierno instalado en el poder a fuerza del “patriótico” fraude que caracterizó a la Década Infame.

Y precisamente ese régimen es el que se instauró aquel 6 de septiembre de 1930, cuando los militares argentinos derrocaron al presidente constitucional; un régimen sostenido políticamente por el fraude sistemático y que sumió al país en la peor subordinación al capital británico. Es decir, más que algo novedoso se trataba de la restauración de ese orden oligárquico, conservador, antipopular, con el que Yrigoyen había roto en 1916.

Uriburu, líder del movimiento golpista, intentó, junto al sector más reaccionario de las fuerzas armadas, instaurar un proyecto político fascista que, falto de apoyo, terminó cediendo ante el modelo liberal representado por otro general, Agustín Justo, y sus aliados de los partidos políticos entre los cuales se encontraba el radicalismo, aquel que alguna vez había luchado por la democracia y gobernado para la dignidad de los sectores populares.

Otro gobierno popular, de carácter revolucionario, el Perón y Evita, volvería a retomar la senda marcada por Yrigoyen. Sin embargo, las fuerzas antipopulares, llámese oligarquía, medios de comunicación, imperialismo, izquierda abstracta, retomarían la experiencia de aquel primer cuartelazo en el que pudieron imponer sus intereses por sobre los del pueblo.

Recién en 1983, y después de la más sangrienta de las dictaduras, se dejaría atrás ese vicio de nuestras fuerzas armadas y esa forma de defender los intereses económicos concentrados, característicos del siglo XX. Sin embargo, solamente la memoria, verdad y justicia pueden garantizarnos que las Fuerzas Armadas en adelante se dediquen a su verdadera función, que es la defensa de la Nación y no su entrega.

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