N° de Edición 6775
La Matanza

“El quilombo de la Av. Campana…”

Antigua Planta de la fabrica del Jabón Federal sobre Av. Crovara y Av. General Paz. Foto gentileza familia Del Bene.

Por Martin A. Biaggini

El volumen inmigrantes que ingresaban a nuestro país, constantemente desde mediados del siglo XIX hasta finalizado el primer cuarto del XX, significó que la población argentina se duplicara cada veinte años. En el padrón nacional, según el censo 1914 del INDEC, los nacidos fuera de la Argentina representaban un 30% del total de la población argentina. La mayoría de estos inmigrantes que se distribuyeron sobre la región Pampeana eran varones que venían a estas tierras en busca de mejores horizontes y dejaban en sus países de origen sus hogares constituidos o sus novias.

Así, se hizo evidente la necesidad de crear burdeles o “casas públicas”, y se trajo para ese trabajo a mujeres francesas, italianas, españolas, polacas y hasta alemanas.

En la esquina de las actuales Av. General Paz y a metros de Av. Crovara (Av. Campana y Av. Circunvalación en aquella época), se instala a principios de siglo XX uno de estos establecimientos, considerado entre los más grandes de la zona. La ubicación no fue al azar, esa esquina era la intersección de las dos vías que utilizaban los arrieros para transportar el ganado a pie hasta los mataderos municipales, o los de la Tablada. Sin obviar la cantidad de trabajadores de los mismos y las numerosas fábricas de sebo da la zona.

Con el tiempo, el estado vio la necesidad de reglamentar dicho funcionamiento, por lo que en la Ordenanza Nro. 328 de junio de 1935 podemos leer: “Prorróguese hasta el 31 de diciembre de 1940 el termino de la concesión acordada por el H Concejo Deliberante el 5 de noviembre de 1932 con las señoras Liva Borestein y Liva Mairoven para la explotación de la casa de tolerancia que tienen instalada en la calle Pringles y Av. General Paz, del cuartel 3ro”.

La demanda fue superior a la oferta, y se formaban en esos lugares largas filas de hombres que esperaban para satisfacer sus necesidades, por lo que los dueños de los prostíbulos, para evitar que los clientes se aburrieran y se fueran, contrataban grupos de músicos tríos formados por guitarra, violín y flauta- que amenizaban la espera. Ejecutaban la música conocida del momento: polcas, habaneras, cuadrillas, valses y mazurcas.

En su libro “La Cueva del Chancho”, Geno Díaz escribía:

“Por aquella época Viequi escribía mucho según decía, y se permitía algunos lujos como el de tomar los sábados por la noche el colectivo azul y negro número 40 en Parque Patricios, acudiendo en busca de un rato de solaz y esparcimiento a los prostíbulos de la Av. Campana, junto a la fábrica de Jabón (se refiere al Jabón Federal)”

Este lugar, según cuentan testigos, poseía numerosas habitaciones en las que se ejercía la prostitución, bar, parrilla, y un pequeño teatro en el que, no solo se ofrecían números musicales, sino también show de mujeres y travestidos.

El autor Julián Centeya, conocido como el hombre gris de Buenos Aires, en su poema lunfa de su trabajo “Entre prostitutas y ladrones”, titulado “Lastima que va sola”, relata la llegada de su personaje, desde la zona de Mataderos, hasta Crovara y General Paz:

“ (…) Hecha la diligencia en el quilombo, Salí y caminando me fui hasta un boliche que quedaba pasando la casilla policial, que estaba justo en el límite entre la provincia y capital. El chelibo quedaba en una lomita, volviendo a la zurda, y para llegar a él, había que subir unos escalones de tierra, había palenque, mire de que tiempo les hablo…”

Allí no solo paraban los arrieros y trabajadores de las fábricas vecinas, sino también se fueron haciendo famosos gran número de guapos y malevos. Estos conformaban un circuito con códigos propios, que muchas veces resolvía sus cuestiones por medio de la violencia, dejando algún que otro muerto. Estos, eran depositados generalmente (por cuestiones prácticas, de higiene, y para eludir a la ley) en un pasadizo que quedaba “a mano” y se ubicaba en lo que hoy es la calle Bolivia entre Crovara y Charlone, en Villa Insuperable. Este pasaje, que estaba conformado solamente por una arboleda a ambos lados del camino de tierra, era lugar propicio para deshacerse de estos cuerpos, lo que logro que, con el tiempo, se conociera al lugar como “El callejón de la muerte”.

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