N° de Edición 6960
La Matanza

Cultura popular: “Paris era una fiesta”

 Por Mauricio Benitez.
mauriciobenitez.jp@gmail.com

A principios de este año tuve la posibilidad de recorrer algunos países de Europa. En mi estadía en París, tuve el inmenso placer de conocer a Diana Marques. Recuerdo su ingreso a la cocina del hostel, donde me preparaba para cocinar unos fideos con tuco, mientras compartíamos entre amigos un vino tinto y algunas reflexiones sobre el Louvre. Tímida y solitaria, Diana se acercó a preguntarme que estaba cocinando, con una hamburguesa pre-cocida, típica comida rápida que se puede adquirir en los supermercados europeos. Indefectiblemente me sentí en la obligación de invitarla a cenar con nosotros. No podíamos dejar pasar la posibilidad de contar con su presencia en la mesa. Así fue que comenzamos a dialogar e intercambiar cultura.

Oriunda de Lisboa, Portugal, Diana recién comienza a caminar sus jóvenes 23 años. Estos últimos años vivió en Lyon, y actualmente está estudiando en París. Desde allí, ella nos acerca un una impecable descripción de sus días en la ciudad de los enamorados. La capital de Francia posee una magia indescriptible y de noche la ciudad toma un color que la transforma en inspiradora de amor y felicidad.

Vale la pena aclarar, que Diana habla portugués y francés a la perfección y posee un castellano bastante óptimo. Ella me pidió que corrija los errores que podía tener su nota, escrita en español, pero me pareció más viva su reproducción textual, tal como nació de ella, con algunos detalles que transmiten la mirada de una joven europea inmigrante en París. Solo me di el gusto de realizar algunas aclaraciones entre paréntesis de algunas palabras portuguesas.
Sé las ganas que Diana tiene de conocer Buenos Aires, y estoy seguro que pronto podremos recibirla por aquí.

Siempre tendremos París. Diana Marques.

Me duele la cabeza. Al mismo tiempo, hablo con un amigo de viajes, y me acuerdo de tantas cosas que no escribo en tiempo de todo el pensar. Pienso que quiero irme, hace demasiado tiempo que estoy aquí, que hablo francés y lo dejo integrar mis ideas. Quiero ir adonde hay calor y la gente sonríe o sino no sonríen porque les duele las costas de trabajar, pero al menos, no miran los otros con la arrogancia de la inteligencia.

No hay lugar perfecto, ni las palabras más bellas podrían crear ese lugar. El Aleph por supuesto que lo imagino; y me silencio porque ningún color se aproxima y suena como esa idea, más, sentimiento de plenitud en la idea de plenitud. Me duele saber que hay cosas perdidas y por lo que perdí se volvió piedra mi cara y mi cuerpo, que perdí y no quería perder, porque luché y no llegó. Que me contradigo y eso me da placer, que el cuerpo no funciona sin su otra forma de continuación. Me duelen tantas cosas y ninguna terminaré. No terminé mi otro amor, el más querido.

Me dibujo un horizonte cuando el metro de Paris serpentea de estación en estación, intento de recordarme los versos finales de Ode to immortality de Wordsworth, y de capturar el rostro de alguien: si lo veo mañana, pienso, sabré quien es porque hoy lo vi. La gente que mira el suelo en el metro, y que se pegan sin mirar detrás.

Bajo un mismo suelo y detrás de una mesa trabajo con un ordenador y justo a mi lado veo sumptuosa (grandiosa) la torre Eiffel, todos los días nos presentamos en el mismo lugar. Y el cielo va cambiando y me pregunto ¿Qué es Paris? ¿Qué es el Sena? ¿Qué es el francés? ¿Qué es la cultura, todos estos escritores que desarrollaran la lengua, la transformaran, añadirán ideas y conceptos los amontonaran y les llamaran filosofía, literatura, cultura, civilización? ¿Qué hacer de todo el desperdicio de buenas y sabias palabras cuando en la calle el primero que me habla es un señor que solo quiere comer?

Los turistas caminan y se parecen todos, todos. Paris tiene cara de vieja y solida, fiable. Se puede venir aquí para ser alguien. Se puede venir aquí para ser libre, para caminar cuando llueve y, todavía no entiendo como, el suelo reflete la luz de la lluvia de los coches, de las bicis de las lampadas. Y se camina sobre los reflejos de luz que se refractan de todos los lados, casi como cuando se ve el mundo detrás de ojos cubiertos de una ventana de lágrimas.

En Paris se habla francés. Se habla también wolof, peul, tamashek, portugués, italiano, español, chino, japonés, wesh, bambara, romani, ucraniano, polonés, también se habla solo y se habla loco.

Las noches de verano son como un sueño de juventud. No hay gloria mayor de belleza que la juventud. Y que bonita es Paris en los quais de la Seine con grupos de gente medio cubierta de la luz naranja de las lampadas y medio cubierta de alcohol, risa y vida. Nos regala momentos de encuentros fortuitos y rápidos en noches que parecen ricas como una estación entera. Se pasa de todo y se termina con el primer metro, a las 6 de la mañana, el culo en las escaleras y los restantes de una botella de vino malo.

Para mi y los que compartieron conmigo el primer año en Paris, en 2010, hay una frase total, que todo explica sin mucho descreer: We will always have Paris. (Siempre tendremos París)

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