N° de Edición 6936
La Matanza

Adicciones: familias que sufren

Adicciones: familias que sufren.

En el año 2017, entrevisté a una madre que sufría porque tres de sus hijos se hallaban en situación de consumo problemático de sustancias.

Indagando un poco más sobre su historia, descubrí que había intentado, durante años, atacar este problema, y que en su familia parecía ser parte de un linaje que abarcaba varias generaciones atrás.

En el año 2019, dos años después, tuve la oportunidad de entrevistar a uno de los hijos de esta mujer; él se encontraba desolado porque su madre había decidido vender sustancias a sus amigos y vecinos del barrio.

Francamente, el sufrimiento del muchacho me conmovió. Su desconcierto frente a la postura que había tomado su madre después de tantos años de lucha contra la situación de consumo fue devastador para él. Sin embargo, comprendí que su decisión fue parte de un proceso psicosocial que culminó en la transformación de la identidad de la familia como tal. En una asimilación del problema.

Este caso no es un hecho aislado en las zonas más anegadas de La Matanza. He tomado nota de una considerable cantidad de familias que parecen transformar su organización frente a un contexto adverso, donde la lucha contra el consumo de sustancias de sus hijos y la pobreza parece volverse una batalla perdida. Son familias que han dado un paso más allá en esta situación, porque han enfrentado este conflicto durante varias generaciones.

Generaciones y generaciones de dolor

Una dificultad se vuelve problema cuando, después de varios intentos de solución, no se encuentra salida alguna. El problema del consumo en las familias es básicamente la reproducción constante de lo mismo; décadas tras décadas, generación tras generación, el mismo problema (a veces, matizado) del alcoholismo y el consumo, solo culmina en callejones sin salida. Frente a esta imposibilidad, frente a la impotencia y a un sufrimiento inagotable, algunas familias simplemente se identifican con el problema.

Imaginen esto: abuelos, padres, tíos, cuñados, hijos y nietos de una misma familia, padecen el mismo sufrimiento. Mientras que los otros familiares, intentan inagotablemente encontrar alguna respuesta durante décadas. Hasta que el problema simplemente hace eclosión y transforma a la familia entera.

En un país que fue asediado por la pobreza y el consumo de sustancias cada vez más nocivas, algunas familias simplemente asimilan el consumo yla venta como parte de lo cotidiano, como un componente más del contexto social en el que se mueven. Lo aceptan, lo comprenden así, y se vuelven parte del circuito con el que lucharon tantos años.

Pensar lo diferente

Este tipo de familias entran en tensión con el modelo de familias monoparentales o sin hijos, que cuentan con otras características: su historia, linaje y contexto social son diferentes.

Las familias que se identifican al consumo y al narcotráfico, no entran en el juego minimalista y reduccionista de familias con pocos integrantes; tampoco se caracterizan por una estructura piramidal donde el padre es el líder económico e instrumental.

Más bien, son familias que abren sus redes parentales de manera extensa, diluyendo los márgenes de lo íntimo y lo exterior. Generalmente se abren a recibir y aceptar a otros individuos que no son parientes directos, muchas veces son solidarias y participan de actividades comunitarias.

Sin embargo, si bien comparten espacios, su comunicación afectiva es limitada. Cada pariente resuelve sus problemas de manera bastante aislada y el calor afectivo no es la moneda corriente.

No podría afirmar si son familias funcionales o disfuncionales, ni en un nivel clínico, ni en un nivel estrictamente sociológico; no sería justo ponerme en un lugar crítico o moralista al respecto.

Sí, es cierto que la concepción tradicional de la familia implica una funcionalidad según el contexto social en el que se halla inmersa; siendo este el caso, este modelo de familia semiabierto y en red, que permanece indiferente al problema del consumo en su contexto barrial y comunitario, tiene una funcionalidad conveniente para ciertos sectores.

El compromiso básico de algunas de las familias que se adhieren al consumo es mantener a sus niños alimentados. Pareciera que, en este punto, el integrante privilegiado de la familia no es el padre (de hecho, la mayoría de las veces está ausente), sino los niños. Los adultos, por otra parte, son variables fácilmente cambiables y prescindibles.

Por lo demás, solo podemos decir que el número de familias que culminan en una identificación con la problemática de consumo es indeterminado, pero seguramente creciente.

Esto interpela a los actores sociales involucrados en el tema a tomar cartas en el asunto. Debido a que la carencia de recursos y una falta de respuesta eficaz por parte de las instituciones son factores fundamentales para este tipo de fenómenos.

En gran parte de nuestra sociedad reina más la necesidad que el deseo. En muchas de nuestras familias no se toman decisiones porque se desea algún tipo de éxito, sino por necesidad.

La transformación frente a lo adverso no solo es necesaria, sino obligatoria; porque el tiempo no perdona la quietud de lo idéntico. Y en la cultura, como en la naturaleza misma, lo que no se mueve, corre el riesgo de morir.

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