N° de Edición 7126
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Moral para canallas y bufones

Moral para canallas y bufones.

A través de la historia moderna nuestra sociedad ha vivenciado las consecuencias de la disolución de las instituciones y tradiciones culturales que en el pasado definían y daban sentido a la existencia del ser humano.

Según el sociólogo Zigmunt Bauman la identidad actual de los individuos ha dejado de tener la consistencia y la rigidez que la perpetuaba en el tiempo, y en su lugar se ha vuelto flexible, libre de fluir entre los otros, pero susceptible a la incertidumbre y carente de profundidad afectiva. Los vínculos que se construyen de esta forma son endebles, y devienen en una sucesión de nuevos comienzos vacíos e indoloros.

Con la disolución de las tradiciones no solo ha caído la identidad del individuo, sino la noción de verdad, como aquella que se representaba a sí misma, que no permitía posibilidades de interpelación por parte de la sociedad (un ejemplo claro es la verdad estipulada por la religión católica). En el pasado eran las instituciones las encargadas de transmitir la verdad, esta función hoy está, por lo menos, debilitada. ¿Cuáles son las consecuencias de este lugar vacío que ha dejado la verdad moderna?

Cualquiera pensaría que frente a una época de verdad líquida las tensiones morales se relajarían, pero no fue así. Todo lo contrario. Hoy nuestra sociedad está más inmiscuida que nunca en una cobardía moral casi deprimente, una cobardía frente a la verdad. Se me podría objetar que la verdad no existe, que está perdida; yo replicaría que, aun con la batalla pérdida, vale la pena recorrer el camino.

Con la caída de la verdad como lugar de referencia de los individuos y la sociedad, se ha despertado una lucha entre una multiplicidad de saberes. Partidos políticos, movimientos activistas y religiones, con sus discursos e interpretaciones de la realidad,  se disputan este lugar vacante que ha dejado la verdad. Que no es otro más que un lugar de poder.

El problema de la verdad

Una verdad que se represente a sí misma es imposible, inevitablemente cae en degradaciones.  Por eso los sujetos que intentan imponer sus saberes como si fueran verdades agregan un plus a sus interpretaciones, requieren de un rival discursivo para compensar en el campo imaginario algo de lo que se carece a nivel simbólico. Entonces todos sus discursos  toman un cariz moral y religioso. Peligroso. En cuanto necesita de otro a quien repudiar para sostenerse. Hay miles de ejemplos actuales: macristas-peronistas; capitalistas- comunistas; abolicionistas- conservadores, etc, etc…

Esta clase de forma de moral es una mezcla desafortunada entre la ética y la ideología, en el sentido más político-partidista de los términos. Es decir, la moral discursiva, la vara con la que se mide el accionar de los individuos, es una máquina que produce juicios apresurados, sentencias eternas y castigos profundos.

La moral actual es sostenida e incentivada por unos sujetos que el psicoanalista Jacques Lacan denominaba canallas y bufones. Los bufones son aquellos que, pretendiendo ser progresistas, arrojan verdades que no solo son toleradas, sino que funcionan al sistema con el que pretenden luchar. Mientras que los canallas son los que no temen en aceptar serlo cuando la situación lo amerita.

Esta clase de sujetos proliferan en los medios de comunicación, lanzando de su boca toda clase de enunciados moralistas-partidistas para la diversión del público. Y es que, quizás, lo más peligroso sea eso. Que nos cause tanta diversión la estafa moral.

El problema de este tipo de moral, artificio creado como ortopedia de las flaquezas de cada discurso, de cada opinión, de cada interpretación de la realidad, es que funciona como un gran velo de las verdades profundas, que requieren salirse de los binarismos para ser comprendidas. Es decir, para interrogar a la verdad necesitamos perder el juicio.

Hay que decirlo… un ideal es todo lo contrario a la verdad. Nietzsche ya lo había susurrado a los oídos del hombre moderno hace casi dos siglos. Sin embargo, el hombre sigue persiguiendo ideales.

¿Por qué la lucha es tan encarnizada?

¿Por qué la lucha moral por la verdad es tan cruenta? ¿Por qué la sociedad actual se empeña en arrojar juicios donde sea?  Porque el ganador, aquel discurso que logre hacerse del lugar vacante que ha dejado la verdad, tendrá el bastón de todos los valores morales, y ese bastón significa “poder”. Un poder de gobernar sobre toda la sociedad sin discusión alguna.

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