N° de Edición 6688
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La hija de Jorge Luis Congett declaró en el juicio Brigada de San Justo

La hija de Jorge Luis Congett declaró en el juicio Brigada de San Justo.

En la undécima audiencia del juicio oral por los crímenes de lesa humanidad cometidos en la Brigada de Investigaciones de San Justo, declaró Patricia Congett, hija de Jorge Luis Congett, quien fuera concejal y personal de la Municipalidad de La Matanza. El juicio contra los genocidas se realiza desde el 13 de agosto en los Tribunales de La Plata.

Patricia es hija de Jorge Luis Congett, un trabajador que formaba parte de Montoneros y del Partido Auténtico. Lo secuestraron de su casa en Villa Luzuriaga en la madrugada del 20 de noviembre de 1976, el mismo día del secuestro de Ricardo Chidichimo, con quien era compañero de militancia. Patricia cumplía 18 años al día siguiente. Escucharon las frenadas de los autos y un grupo de 12 personas de civil entraron a la casa, los separaron y los interrogaron.

El día del secuestro

En la audiencia, la declarante contó que algunos de los intrusos eran muy violentos y soeces, y otros trataban de calmarlas. Su hermanita menor les preguntaba por qué hacían eso y uno de los secuestradores la agarró en brazos y le preguntó si quería irse con él. Luego se llevaron a su padre en el baúl de una coupé Chevy negra. Afuera había más vehículos. Nunca más lo volvieron a ver.

Al cumplirse un año del golpe de Estado, el 24 de marzo de 1977 una patota de 10 personas volvió a su casa de madrugada, tiraron abajo la puerta y apuntándolos con armas, le preguntaron a su madre, Ester Muiños de Congett, por su marido. “Se lo llevaron en noviembre”, contestó la mujer, atónita ya que hacía meses que su marido estaba desaparecido.

Patricia cursaba el quinto año del secundario en la Escuela Normal de San Justo, que estaba en cercanías de la Brigada. En el colegio venían notando mucho más control, incluso con un infiltrado, que luego supieron que era de la policía, trabajando de preceptor. De hecho, hay 7 estudiantes desaparecidos de esa institución educativa. Por esto es que Patricia conocía algunos rostros de quienes integraron la patota que fue dos veces a su casa.

A los pocos días, a través del cuñado de una compañera del colegio, Miguel Ángel Cristóbal, que era policía, tuvieron la información que su padre estuvo detenido en la Brigada de San Justo. Años más tarde, lo pudieron confirmar por declaraciones de sobrevivientes, entre ellos, Nilda Eloy y Horacio Matoso, que compartieron cautiverio en “El Infierno”.

Entre los que integraban el grupo de tareas que irrumpió en su casa, había un hombre rubio, de pelo largo, de menos de 30 años, justamente quien esa noche agarró a su pequeña hermana en brazos. Además, otras caras le resultaron familiares de haberlas visto en la zona del colegio y la Brigada. Revisaron todo y como en otros operativos, robaron todo lo que encontraron. Al retirarse, les advirtieron que estaban siendo vigiladas.

En otro tramo de la declaración le mostraron el álbum fotográfico para ver si reconocía a alguno de los que fueron a su casa, tanto en noviembre del 1976 como en marzo de 1977, y la testigo reconoció a dos de los imputados en este juicio. Señalo la foto de Héctor Horacio Carrera, como uno de los que las amenazaban durante el secuestro de su padre. También identificó a Ricardo Juan García, como la persona rubia que participó del secuestro y tuvo a su hermana en brazos y que también participó en el segundo allanamiento. Su identificación fue tan clara y contundente, que lo reconoció en dos fotos, como la misma persona aunque con diferencia de edad.

Al final de su declaración, Patricia lanzó un mensaje para los imputados, a sabiendas que no la estaban escuchando. No obstante, expresó: “Esta gente que participó por lo menos podrían manifestar al final de su vida qué hicieron con los cuerpos de los que no están, para poder llevarle una flor a mi padre y cerrar un ciclo. Qué bueno sería que alguno se levante algún día y diga dónde están los cuerpos y le mejore la vida a mucha gente”.

El testimonio de la hija de Chidichimo

Florencia Chidichimo esperó 42 años para dar testimonio por la desaparición de su padre. La noche anterior se quedó sin voz, una disfonía que hizo que el comienzo de su relato fuera trabajoso. “Después lo voy a ver en terapia, espero que me puedan escuchar”, reflexionó ante la audiencia. Sin embargo, en el transcurso de su declaración la voz lentamente se aclaró y durante más de una hora contó el secuestro, la búsqueda de padre y su vida conviviendo con la desaparición.

Ricardo Chidichimo tenía 27 años y era meteorólogo. La noche del 20 de noviembre del 1976 junto a su esposa Cristina del Río, dejaron a Florencia, de 8 meses, en la casa de la abuela para ir a una fiesta de casamiento. Recién habían regresado a su hogar en Ramos Mejía a eso de las 4 de la madrugada, cuando una patota irrumpió rompiendo la puerta.

Separaron a la pareja en habitaciones distintas, aunque los golpearon igualmente. Se llevaron a Ricardo. A Cristina deciden dejarla. “Mirame, porque soy el que te salvé”, le dijo uno de los secuestradores antes de irse. Cristina esperó un rato antes de salir a la calle, descalza, a pedir ayuda. Se habían robado varias cosas de la casa a la que dejaron destruida. Pero le dejaron dinero para que se tome un colectivo en el que fue a lo de su hermana. Nunca más volvió a ver a su esposo. Nunca más volvieron a vivir en esa casa.

Ricardo y Cristina militaban en la Juventud Trabajadora Peronista de La Matanza y se integraron a Montoneros. Al quedar embarazada de Florencia, deciden que Cristina se dedique a la crianza de la niña y Ricardo continúe dentro de la organización. Ricardo fue parte de la creación del Partido Auténtico en La Matanza, la rama política de Montoneros, junto con Jorge Congett, José Reynaldo Rizzo, Héctor Galeano y Ricardo Lafleur, entre otros. También estaba Diego Guelar.

A partir de allí comenzaron la búsqueda. Cristina, de su esposo y Nélida Fiordeliza de Chidichimo de su hijo. Cristina se integró a la Liga por los Derechos del Hombre y “Quita”, como le decían sus amigos, se integró a Madres de Plaza de Mayo. Recorrieron regimientos, iglesias, hospitales y presentaron Habeas Corpus, todos con resultado negativo.

La presencia del infiltrado Astiz

Durante 1977 la Iglesia de la Santa Cruz que pertenecía a la Comunidad Pasionista, abrió las puertas de la congregación para recibir a las Madres de Plaza de Mayo y familiares de desaparecidos que allí se reunían. Ambas participaban de ese grupo que tuvo en su seno a un infiltrado de la dictadura: el mismísimo Alfredo Astiz, que haciéndose pasar por hermano de un desaparecido, se hacía llamar Gustavo Niño y obtenía información de las mujeres.

Florencia recordó, con escozor, que siendo una pequeña estuvo en brazos del genocida y que su madre comenzó a sospechar de él. Unos meses antes del secuestro de las madres a la salida de una misa en la que juntaban fondos para pagar una solicitada, Astiz le dijo: “¿Tu marido estaba en la joda, no?”. Esa fue la primera luz de alerta que se encendió para ella. Sus sospechas se confirmaron el 8 de diciembre de 1977 cuando fueron secuestradas las Madres Esther Ballestrino de Careaga y María Eugenia Ponce de Bianco, la monja francesa Alice Domon, y los militantes Ángela Auad, Gabriel Horane, Raquel Bulit y Patricia Oviedo.

“Quita” se salvó de milagro. Se había quedado hablando con el cura y vio cómo se los llevan subiéndolos a autos, y al retrasarse, sobrevivió. El plan se completó con el secuestro de Remo Berardo, el de José Luis Fondevilla junto a Horacio Elbert, el de sor Leonie Duquet en su capilla de Ramos Mejía y dos días después, el día en que finalmente se publicó la solicitada en el diario La Nación, el de Azucena Villaflor, líder natural de las Madres, a quien secuestraron en su barrio de Sarandí.

Durante años “Quita” recibió amenazas. En una oportunidad le pintaron en el frente de la casa con aerosol rojo “M.T.”, por Madre Terrorista; le llenaron el jardín con papeles y también en mayo de 1981 recibió amenazas telefónicas en las que le decían “Dejate de joder porque vas a terminar en el río”. A pesar de todo, “Quita” declaró varias veces, y en especial en el juicio por los crímenes cometidos en la ESMA. “Misión cumplida, me dijo mi abuela luego de declarar. Y a los seis meses se murió”, relató Florencia

“Es muy difícil buscar a alguien que está desaparecido. Buscábamos por todos lados en dónde se podía. Pero siempre buscamos justicia y no venganza”, dijo Florencia y contó que en esa búsqueda fue conociendo gente que le ayudó a reconstruir su historia. Entre ellas, la sobreviviente Nilda Eloy. Ella fue la última persona que vio a Ricardo con vida en cautiverio.

Cómo sobrevivir al dolor

En 2011 se encontró con Nilda en la Comisión Provincial por la Memoria, y le contó que compartió cautiverio en el CCD “El Infierno”, con Ricardo y otros 10 detenidos que venían trasladados desde la Brigada de Investigaciones de San Justo, entre ellos Congett, Galeano, Rizzo. También dio cuenta de ellos el sobreviviente Horacio Matoso.

Nilda le contó que a pesar de que las celdas eran pequeñas, oscuras y con una puerta de metal con una ranura, allí había una pequeñísima ventanita por la que apenas se podía ver el cielo. Ricardo les daba el parte meteorológico. “Él estaba afuera, su cabeza estaba afuera del calabozo y nos sacaba a todos del infierno por un rato”, rememoró Florencia sobre las palabras de Nilda.

Florencia, al igual que muchos de sobrevivientes y familiares que ya declararon, pidió a los jueces que la Brigada de San Justo pase a ser un lugar de la Memoria. “Nilda me dijo que ese lugar era de destino final. Fue la primera vez que sentí de cerca la muerte de mi papá. A nosotros la figura del desaparecido nos ha servido para motorizar la búsqueda y la lucha”.

“No es lo mismo buscar un muerto que un desaparecido, aunque supiéramos en lo más profundo de nosotros que era así. Es perverso porque quien dijo eso fue Videla. Es importante empezar a decir que fueron secuestrados, torturados y asesinados. Para los argentinos la connotación de los desaparecidos es otra cosa”, reflexionó la hija de Chidichimo. “Fue luchar con el fantasma del que no está en ningún lado”.

La declarante terminó su testimonio con una petición al Tribunal, en la misma línea que muchos de los sobrevivientes y familiares que ya declararon. “Estaría bueno que la Brigada de San Justo pase a ser un lugar de la Memoria. El lugar está rodeado de colegios, y si a mí se me olvidan cosas a 42 años y que soy la hija, es necesario que haya un espacio de reflexión sobre lo que pasó”.

 

 

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