N° de Edición 6942
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El pueblo de Epecuén aun respira

 

 

 

 

 

 

Después de 34 años, los habitantes de Villa Epecuén recuerdan cuando vivieron en un paraíso terrenal y el modo en que este les fue arrebatado un triste noviembre de 1985. Sin embargo, aun perdiéndolo todo, la esperanza parece mantener viva la leyenda de una tierra mágica y su pueblo.

Villa Epecuén era un pueblo de Buenos Aires que contaba con un gran atractivo turístico. Las aguas de su lago eran portadoras de beneficios curativos comprobados, que atraían a miles de personas durante las épocas estivales. La mayor parte de sus residentes vivían de este afluente económico. Sus vidas giraban alrededor del lago. Pero el 10 de noviembre de 1985, una inundación, que se pudo haber evitado, destruyó su pueblo, arrebatándoles todo. En la actualidad, sus habitantes rememoran esos tiempos con añoranza y viven esperando el renacimiento de su tierra.

Uno de los habitantes más jóvenes de Epecuén, que en la actualidad vive en  Carhué, recuerda haber experimentado la inundación de su pueblo como una especie de aventura; él era un muchacho y sus proyectos no se acabarían fácilmente. Pero los residentes más grandes sintieron que la inundación les había extirpado sus vidas, como Marta Bonjour, que en aquel entonces tenía casi cincuenta años.

Muchos de sus habitantes se refieren a la inundación de Epecuén como un crimen, un acto intencional que pudo ser evitado. Cualificarlo de ese modo nos permite pensar en las consecuencias nefastas de aquel drama. Porque los efectos concretos de la pérdida de sus viviendas solo fueron el principio de una historia desoladora.

¿Qué hay después del fin de todo?

Un desastre como el de Epecuén derrumba por completo a una persona. Destituye su capacidad de tramitación simbólica de los hechos, generando un trauma, un acontecimiento desencadenado que irrumpe constantemente, desbordando los afectos y generando mucho dolor; pero no solo por el objeto perdido, como un hogar o un negocio, sino porque la imagen propia del sujeto se ve reducida, debilitando su capacidad de enfrentar la adversidad. Entonces, el sujeto es puesto en el lugar de objeto de deshecho, incapaz de enfrentar su futuro, quedando perplejo, volviéndose una ruina más de su pueblo. En consecuencia, el pasado se vuelve voraz; el futuro, una entidad persecutoria y el presente, un dolor constante. Estas mismas experiencias se pueden ver con facilidad en la gente que padece las inundaciones del Río Matanza todos los años.

Las secuelas se pueden ver en los cuerpos. Muchos de los habitantes de Epecuén fallecieron o enfermaron unos pocos años después de la inundación, víctimas de patologías cardiovasculares, diabetes, y problemas gastrointestinales. Es probable que los efectos emocionales de haber perdido todo arrasen con el aparato psíquico, encontrando en el organismo la única vía de escape. Cuesta creer que en ningún momento se les haya brindado asistencia psicológica, “ni cura para rezar teníamos”, mencionó una residente.  Una ausencia total de los representantes del estado.

“¿Por qué nos fuimos?” desde el desastre hasta el sueño.

Los residentes de Epecuén hoy narran sus vivencias con sus rostros acongojados, con piel de gallina y con lágrimas hartas de caer sin respuesta alguna (otros signos de cuerpos afectados por el desastre). Hablar con cada uno de ellos es hablar con todos. De algún modo, sin comunicarse, logran pensar igual, usar las mismas palabras; en definitiva, siguen compartiendo un código único e íntimo, como si fueran una gran familia. El desastre, al parecer no acabó con todo, los afectos, los vínculos y el amor parecen persistir, a punto tal que, uno podría pensar que el pueblo de Epecuén sigue vivo, sin tierra alguna, sin lagos curativos, sin castillos lujosos o grandes fiestas turísticas; pero con la misma magia de siempre. Restará dar suelo y sustento a un pueblo que, lejos de morir, aun respira en silencio.

 

 

 

 

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