N° de Edición 6789
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Cómo fue padecer los denigrantes métodos en la Brigada de San Justo

Cómo fue padecer los denigrantes métodos en la Brigada de San Justo.

Con los relatos de 4 testigos por diversos hechos ocurridos entre 1975 y 1978, continuó el debate por ese CCD. Una ex detenida en 1975; la esposa de un desaparecido que pasó por el lugar en 1976; una vecina de dos secuestrados en 1977 y un sobreviviente que pasó 2 meses en el sitio en 1978, dieron su testimonio.

En esta primera entrega, brindamos detalles de las dos primeras exposiciones. Primera parte.

En la audiencia N°22 llevada a cabo en el Tribunales Federales ubicados en la intersección de las calles 80 y 50 N°1, La Plata, los testigos brindaron un completo panorama de lo que fue la actuación del Terrorismo de Estado antes y durante la última dictadura cívico militar.

Relato por videoconferencia

La primer testigo fue Ema Delia Lucero, sobreviviente de la Brigada de San Justo tras estar allí recluida antes del golpe de Estado del ’76. Su testimonio completó el relato ya realizado en el debate por Elba Balestri, referido a los operativos realizados en Morón en abril de 1975.

En esa circunstancia, fueron detenidos más de 26 militantes de distintas organizaciones de la llamada Junta Coordinadora Revolucionaria, y donde actuaron agentes de la Brigada de San Justo en coordinación con militares uruguayos en lo que hoy conocemos como “Plan Cóndor”.

Lucero declaró por videoconferencia desde Rosario y contó que era militante del Partido Revolucionario de los Trabajadores (PRT). Fue secuestrada el 3 de abril del ’75 en su casa de Morón, en calle Balcarce 2647. Dijo que la sacaron de allí con los ojos vendados y su bebé Flavio de 11 meses en brazos. La llevaron una cuadra caminando hasta que la subieron a un auto. Sus otras hijas de 5 y 7 años quedaron en la calle desamparadas.

Así la trasladaron en auto con su bebé hasta un lugar que recién una semana después pudo saber que se trataba dela Brigada de San Justo porque se lo comentó otra detenida, Estela Gariboto, que vivía en la zona. En la Brigada fue puesta en una sala con su bebé, pero al poco tiempo se lo quitaron.

“O hablás o te arrojamos al vacío…”

Luego la llevaron arrastrando hasta otra sala en un piso superior, la arrojaron en un camastro de metal y la torturaron con picana eléctrica mientras la sometían a interrogatorios. Al otro día sufrió cinco sesiones de torturas con la modalidad de submarino y submarino seco. Tras ello, y mientras pedía permanentemente por su bebé, fue sacada de la Brigada en auto, llevada a un predio donde la subieron a un helicóptero y la amenazaron con arrojarla al vacío si no hablaba.

Luego la regresaron a la Brigada y la dejaron en un patio aislada. Finalmente la ubicaron con otros secuestrados a los que fue conociendo y supo que había algunos argentinos y un grupo grande de mujeres uruguayas. Así estuvo 15 días con esos detenidos, mientras seguían las sesiones de torturas y amenazas de muerte.

Tras esto fue trasladada a la Brigada de Investigaciones de San Martín, donde juntaron a todas las madres secuestradas en aquellos operativos de abril que tuvieran hijos, y donde pudo reencontrarse con su pequeño Flavio. En ese lugar una de las celadoras le dijo que los represores ya habían organizado repartirse a los bebés que estaban allí si las madres no aparecían, y que ella se había quedado con su hijo Flavio.

Largo e insoportable itinerario

Tras una semana en San Martín un grupo de mujeres secuestradas fueron llevadas sin sus hijos de San Martín nuevamente a San Justo y luego en un ómnibus a la cárcel de Olmos. En ese grupo, además de Lucero estaban Estela Favier de Carpanessi, Clarive Ducassou de Leguizamo, Ana María Bereau, Emilia Maria Carlevaro de Rocco, Marta Irene Cardoso de Rodríguez, Carmen Carballo de González y Sonia Magdalena Gonet de Quiroga.

A las que hay que agregarles Iris Noemí Quiroga Ale de Giménez, María Cristina Olivera Colzani, Maria Emilia Parola Langhain, Marina Rosa Lombardi de Ruckz, Graciela Tadey Henestroza, Marta Edith Lockhar Santillan, Nidia Malvina Calegari de Cacciavillani y Elba Elida Balestri.

Luego en la cárcel de Olmos encontró a Circe Bernardette Artigas. También recordó que en Olmos sus compañeras de cautiverio comentaron que en el mismo grupo hubo en San Justo otra mujer detenida de apellido Artigas, cuyo esposo tenía el apellido Moyano. Se trata sin dudas de María Asunción Artigas de Moyano.

Para finalizar la testigo rememoró que estuvo recluida en esa cárcel  desde fines de abril del ’75 hasta septiembre del ’76, cuando fue llevada a la cárcel de Devoto. En Olmos intervino un juez federal de apellido Luque, ante quien declaró las torturas que sufrió, pero nunca se investigaron esos hechos. Sobre su hijo afirmó que tras haberlo visto en la Brigada de San Martín, luego se lo llevaron a Olmos, y finalmente a través de la intervención de un juzgado de menores logró que lo llevaran con su hermana en Rosario.

La testigo culminó su declaración diciendo: “Me solidarizo con todos los torturados en la Brigada de San Justo y de todo el país. Por los asesinados y los 30 mil desaparecidos digo presente! Ahora y siempre”.

El testimonio de la esposa de un desaparecido

A continuación se escuchó el testimonio de Cristina del Río, esposa del militante desaparecido Ricardo “Kalin” Chidichimo y testigo presencial de su secuestro en noviembre de 1976. Del Río relató que “Kalin” comenzó a interesarse por los temas sociales a partir de su participación en una iglesia de la línea del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo, tarea en la que se conocieron con Cristina.

Luego él siguió estudiando en la Facultad de Exactas y militando en la JUP. Cristina se puso a trabajar en la Municipalidad de La Matanza e integraba la JTP zonal. En noviembre de 1976 ya estaban casados, Ricardo trabajaba en el Servicio Meteorológico Nacional, vivían en Ramos Mejía y tenían una niña de 8 meses llamada Florencia.

El 20 de noviembre de 1976 el matrimonio había dejado a la niña en casa de la madre de Cristina porque iban a ir a un casamiento. Volvieron tarde a la casa de Ramos Mejía. Ricardo había bebido un poco y se acostaron. A las 4 de la mañana cayó una patota de entre 8 y 10 represores que rodearon la casa. Unos rompieron la puerta del frente con una barreta y otros se metieron al terreno por los techos.

Ricardo y Cristina fueron reducidos, tabicados y separados en distintas habitaciones. Él estaba con un interrogador en el living y ella en una pieza con otro. A Cristina la tiraron en la cama, le pusieron una frazada encima y le dijeron “no te destapes, no mires”. Mientras daban vuelta la casa y preguntaban por armas que no había, los represores encontraron algunos documentos: “¡estos son legales, tienen libreta de casamiento y recibo de sueldo!” dijeron los genocidas.

Intimidación y malos tratos

A continuación les pidieron papeles de la casa y del auto. A Cristina le mostraron una foto de su hermano, militar activo en el Regimiento 7 de La Plata, y le preguntaron si se juntaba con él. También le mostraron material político de Montoneros y como Cristina los desconoció se violentaron al decir “Traé la máquina que le damos acá nomás”.

Como conocía los modos del ámbito castrense, Cristina cree que los represores que actuaron en el operativo eran militares. Tras una hora y media de calvario, los represores se retiraron llevándose a Ricardo. A Cristina el interrogador le mostró la cara, le dio una arenga diciendo que lo que hacían era por la patria y que iban a volver a buscarla.

Al quedar sola Cristina salió corriendo de la casa y tomó un colectivo a la casa de su hermana, distante a 20 cuadras. La testigo dijo que buscó ayuda para moverse inmediatamente: a través de su suegro, ex oficial de aeronáutica hicieron investigaciones, habló con su cuñado y juntos fueron a ver a su hermano militar, pero les dijo que no podía hacer nada porque él también había sido investigado.

Luego recurrió a su otro hermano, y como la familia pensaba que a Ricardo podían haberlo llevado a Ciudadela o Campo de Mayo consiguió una gestión ante el general Jorge Olivera Róvere, segundo comandante del Primer Cuerpo de Ejército, a cargo de la subzona de Capital Federal. Al día siguiente del secuestro de Ricardo se presentó en la casa de Ramos Mejía un enviado de Olivera Róvere, un tal teniente Grau, que interrogó a Cristina y le dijo que Ricardo estaba vivo.

Otra testigo que conoció al “Ángel Rubio”

Luego la familia consiguió una información de que Ricardo ya estaba muerto, pero perdieron la pista. Más tarde visitaron al capellán militar Emilio Graselli, que confeccionaba fichas de desaparecidos y sus familiares para aportar a la inteligencia represiva. Graselli les mostró una lista de personas en las que estaban discriminados los muertos, desaparecidos o detenidos. También enviaron cartas al ministro del Interior, Albano Harguindeguy, pero no obtuvieron respuesta.

Un tiempo después Cristina recibió la visita de una persona en casa de su madre que dijo ser y señaló que él era militante del PC, había estado 15 días secuestrado con Ricardo, que estaba bien, que podían pasarlo al PEN y que se sigan moviendo en la búsqueda por la Iglesia. Cristina primero creyó la versión, pero luego sospechó que esa persona era un represor que estaba controlando a la familia.

Más tarde otra persona llegó hasta la tía de Ricardo en Lanús, le informó que su hijo había estado detenido con Chidichimo y que se movieran rápido porque lo iban a matar. Luego la familia se vinculó a los organismos de Derechos Humanos, y la madre de Ricardo, Nélida Fiordeliza de Chidíchimo, se integró a Madres de Plaza de Mayo.

Participaban de las reuniones de los organismos en la Liga Argentina por los Derechos del Hombre y estuvieron presentes en varias de las misas que se realizaban para pedir por sus familiares. Y en ese contexto fue que vivieron la operación de infiltración que realizó en 1977 el genocida Alfredo Astiz en Madres, bajo la identidad falsa de Gustavo Niño.

Cristina desconfió siempre de esa persona que decía tener un hermano desaparecido en Mar Del Plata. Sobre todo porque una vez Astiz en persona le había preguntado si Ricardo “anda en la joda”, que los desaparecidos “deberán estar todos muertos” y que “algo hacía si está desaparecido”. Otra vez apareció con una secuestrada a la que presentó como su hermana, alzó a Florencia en sus brazos y ofreció a Cristina llevarla a su casa después de la reunión.

Ella lo rechazó. La operación terminó con el secuestro de las Madres Azucena Villaflor, Esther Ballestrino y María Ponce Bianco, además de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, ocurridos entre el 8 y 10 de diciembre de 1977, a la salida de la misa de la Iglesia de Santa Cruz en Capital Federal.

La testigo también relató lo que fue su vida y la de su hija posterioridad al secuestro de su marido. Dijo que en su trabajo en la Municipalidad de La Matanza le dijeron que renuncie o que le escrachaban la libreta cívica como subversiva. “Me quedé sin trabajo, sin marido y sin nada. Estaba sola y de la mano de mi hija”.

Discriminación al por mayor

También contó que sufrieron el rechazo de vecinos y amigos por tener un familiar desaparecido, y que un tiempo después de los hechos consiguió trabajo en un jardín y guardería, donde cruzó a uno de los represores que actuaron en el operativo en su casa vestido de uniforme y realizando un control en la calle. Dijo que a su hija comenzó a contarle lo sucedido con su padre desde los 4 años y que siempre le inculcó la búsqueda de justicia y no de venganza.

Además la testigo relató que la familia terminó de confirmar el paso de Ricardo por los CCD Brigada de San Justo entre su secuestro y fines de noviembre del ’76 y luego por la Brigada de Lanús en Avellaneda o “El Infierno”, gracias al aporte de la ex detenida Nilda Eloy, que había compartido cautiverio con él en el segundo sitio.

Agregó que hoy también saben de otros compañeros de militancia de zona oeste que están desaparecidos y pasaron por San Justo como Jorge Congett, Mario Sidotti, Gustavo Lafleur, Héctor Galeano y José Rizzo, cuyos restos fueron identificados por el EAFF en 2009.

Con esos militantes Ricardo estaba armando el Partido Auténtico. Fueron secuestrados, pasaron por la Brigada de San Justo y su caso forma parte de la acusación de este debate.

Al finalizar su testimonio Del Río pidió la continuidad de los juicios a los genocidas para que haya un aprendizaje de lo que sucedió en el país en los años del Terrorismo de Estado.

Continuará mañana…

Fuente y fotos: La Izquierda Diario.

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