N° de Edición 6870
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Audiencia 29: organización y consecuencias del genocidio en el Juicio Brigada de San Justo

Audiencia 29: organización y consecuencias del genocidio en el Juicio Brigada de San Justo.

Con dos testimonios de concepto, continuó el juicio por uno de los CCD más grandes que estableció en la zona oeste del conurbano la Policía bonaerense en dictadura.

En esta primera entrega, se recrean los dichos del psicoanalista y psiquiatra Vicente Galli quien se refirió a los efectos psicosociales del Terrorismo de Estado. Parte I

Vicente Galli es médico psicoanalista y psiquiatra, miembro de la Sociedad Argentina de Psicoanálisis; director nacional de Salud Mental (’84-’89), profesor Titular del Departamento de Salud Mental de la Facultad de Medicina de la UBA (’87-’04), que ha investigado y publicado largamente sobre clínica psicoanalítica, identidad e identificaciones, psicoterapia psicoanalítica y los efectos psicosociales del Terrorismo de Estado.

La represión y la salud mental

En ese sentido, dos de sus textos son esenciales para conocer su trabajo, siendo los mismos: “Terror, silencio y enajenación”, en “Efectos de la Represión, la dimensión de lo psíquico” (1984) y “Trabajo del clínico, Terrorismo de Estado y futuro de los psicoanalistas”, en “Violencia de Estado y Psicoanálisis” (1988).

Propuesto por la querella del Comité para la Defensa de la Salud, la Ética y los Derechos Humanos (CODESEDH), Galli comenzó su exposición aclarando que habla “desde el campo de la Salud Mental, que es un ámbito de conocimientos, experiencias, conceptualizaciones y formas de abordaje de las problemáticas de la vida mental y de sus sufrimientos; que se fue desplegando desde mitad del siglo pasado, dando apertura a un gran abanico de prácticas que demuestran reiteradamente su validez y eficacia”.

Para encuadrar su intervención, Vicente Galli planteó que su mirada se basa en atender a la complejidad de lo humano, que hace que tanto la cualidad de lo mental en general como sus zonas de padecimientos y sufrimientos, no puedan quedar abarcados por denominaciones simples y clasificatorias, breves y burocratizadas, de las llamadas enfermedades mentales o trastornos mentales.

“Ejemplo de esto sería referirse a las víctimas del terrorismo de estado como ‘enfermos’ que padecen de Estrés Post traumático, y sintetizar 4 ó 5 síntomas de malestares que se consideren más o menos típicos en las problemáticas postraumáticas de cualquier origen. Con eso no digo nada” ironizó el médico.

Luego agregó que prefiere ampliar la mirada de la salud mental como un proceso determinado por componentes históricos, socio-económicos, culturales, biológicos y psicológicos, cuya preservación y mejoramiento implica una dinámica de construcción social vinculada a la concreción de los derechos humanos y sociales de toda persona”, tal como lo estipula la Ley Nacional de Salud Mental Nº 26657 sancionada en el 2010 y reglamentada en el 2013.

El ataque a los DDHH

Galli afirmó también que para encarar este tipo de problemáticas hay que ubicar la mirada “sobre la misma cruel problemática de las civilizaciones en el desarrollo de sus historias evolutivas”, y analizando desde una perspectiva jurídica sintetizó que el concepto de “crímenes de lesa humanidad”, como ataque grave a los derechos humanos que son un agravio no solo a las victimas concretas sino a la Humanidad en su conjunto.

Así el concepto de “Genocidio” acota con mayor precisión a las puesta en práctica de acciones coordinadas que tienden a la destrucción, total o parcial, de un grupo nacional, étnico, racial o religioso como tal, y que tiene como objetivo el aniquilamiento de colectivos humanos como un modo especifico de destrucción y reorganización de relaciones sociales.

“El genocidio es una tecnología de poder peculiar, una práctica social, con causas, efectos y consecuencias específicas” explicó Galli y agregó que lo que busca es “anular emergentes de los conflictos de poder económico-político de la época y del lugar, para cambiar un recorrido posible de las realidades históricas, mediante la estigmatización y la aniquilación de aquellos a los que se les adjudica ser la fuente de todos los males”.

En línea con lo expresado durante la exposición, el facultativo añadió que “a ellos hay que estigmatizar, convertirlos en deshechos, hacerlos desaparecer, buscando la tachadura de sus existencias y de las memorias que se pueda mantener de sus vidas y de los valores que representen o simbolicen”.

Tras media hora de un verbo pausado y muy bien documentado, pero por momentos lejano al interés del juicio, la testimonial se reencausó preguntándole específicamente sobre los efectos que el Terrorismo de estado han dejado en las víctimas sobrevivientes, sus familiares y la sociedad toda, que lo ha vivido los años de la dictadura como una experiencia traumática.

El médico contestó que “hoy pensamos como consenso que existe un núcleo duro de los derechos humanos: la vida; la integridad física y mental, la libertad personal, la igualdad y la dignidad. Así, todos los factores que atenten en formas organizadas ilegalmente contra ellos, con conocimiento y búsqueda de esos objetivos por los responsables pueden considerarse como diversas formas de torturas”.

“Lo que no le quita especificidad a las torturas ejercidas directamente sobre los cuerpos de las víctimas, pero si amplía su rango alcanzando a una cantidad de factores que dañan integralidades, libertades y dignidades físico-mentales. En ese ejercicio de la tortura “el repertorio es muy vasto y actual en nuestro mundo globalizado y mediático”, dijo Galli

Y fundamentó sus dichos sosteniendo que “donde los sistemas de producción y de mercado, preocupados ante todo por la rentabilidad financiera, desconocen y niegan el costo humano que ellos les trae a muchísimos congéneres, a quienes cada vez menos parecería que les cabe el reconocimiento como semejantes, y pasan a ser excluidos”.

La tortura como práctica

Específicamente sobre las torturas con fines políticos, como medio de martirio para suprimir o doblegar al adversario utilizada en el Terrorismo de Estado para sostener y consolidar su hegemonía, Galli aportó que “cuando las vivencias y marcas del horror que van más allá de lo posible son producto de políticas de exterminio y silenciamiento de masas de población con las que ya no tienen éxito los métodos habituales de control de acciones y pensamientos”.

“Esas políticas buscan como solución final la desaparición hasta de las huellas de la existencia de lo que se consideran vidas y/o ideas inadmisibles para el poder”. El médico señaló de manera contundente que “los efectos se esparcen por las víctimas directas y por todo el tejido social” y que “los objetivos silenciadores y enajenantes en todos los integrantes del tejido social se producen en las épocas activas del sistema de exterminio y ocultamiento”.

Para concluir el concepto, agregó que “en un presente continuo en las épocas en las que ya no es ejercido manifiestamente, manteniéndose en las dicotomías entre los polos del recordar, hablar, pensar y reconstruir, por un lado; y, por otro, en seguir dando por no existente lo acaecido, olvidarlo, banalizarlo u oponerse a considerar que quedan efectos manteniendo negaciones y renegaciones”.

Luego describió consecuencias específicas según las figuras sociales derivadas de las caracterizaciones de los delitos de Lesa humanidad. La de desaparecido, donde las políticas de exterminio “aparecen como solución final que busca hacer desaparecer hasta las huellas de la existencia de lo que son considerados ideas, prácticas o vidas inadmisibles para el poder”.

Persecución familiar

Para ello dijo que lo hacían “obligando a los familiares y amigos a incertidumbres agónicas, búsquedas desesperadas, a la tortura de quedar sin posibilidad de reiterar el duelo originario que permite hacer nacer desde sus contradicciones afectivas esenciales la actividad metafórica y poética del pensamiento y las capacidades de simbolización, que en el tejido social “significan incertidumbres persecutorias y agujeros simbólicos”.

Revelando posteriormente: “Es imprescindible la reparación social como complemento imprescindible al trabajo individual”. La de torturado-sobreviviente, que retornó de los campos de concentración con las marcas de las avalanchas de espanto, horror, sideración de pensamientos y demolición del cuerpo, que hace muy difícil el relato a un tercero o aún a sí mismos, que es “la concreción de lo siniestro”

Luego amplió aseverando que “donde al estar quebrada la identificación originaria con lo humano -que es constitutiva de todas nuestras comprensiones sobre el origen del sujeto psíquico- el sujeto queda fragilizado o fisurado”, y donde “no solo sufren las víctimas sino toda la sociedad”. La de niño/a apropiado/a, donde la verdadera secuencia es secuestro, desaparición y apropiación”

“En la aplicación de la misma se busca “la extinción definitiva de la herencia biológica, psicológica e ideológica de las víctimas”, donde se manipula el sentimiento de amor a la niñez y a la descendencia con el argumento del supuesto bienestar de los niños, para inducir a la confusión o al silenciamiento de la acción inhumana” del Terror de Estado.

“El ‘genocidio reorganizador argentino’ es una de las experiencias más sintéticas y logradas como modo de destrucción y refundación de relaciones sociales”, sentenció Galli, y enumeró algunos de los valores esenciales dañados: la identificación del otro como un par, la indignación ante las injusticias, la primacía de la solidaridad y del compromiso activo, la esperanza y las prácticas de las construcciones colectivas”.

“Todo ello -continuó- es para conseguir las paralizaciones por la generación de confusiones, escepticismos y fragmentaciones, las desconfianzas generalizadas, los temores a la delación, la atomización de la sociedad en infinidad de reclamos individuales, con rupturas de las relaciones de reciprocidad, la generación de caracterizaciones imposibles de dialogar entre sí, con multiplicidad de identidades (nacionales, étnicas, sexuales, políticas) encerradas en sí mismas”

Y que son “incapaces de darse por enteradas de las necesidades del otro, el terror o escepticismo ante la posibilidad crítica o contestataria, de lo que se derivan dificultades para organizarse y para construir proyectos, que para Galli constituyen “consecuencias todas de los objetivos estratégicos de la prácticas del genocidio reorganizador en la sociedad y la permanencia de sus efectos en el tejido social”.

La rehabilitación

El psicoanalista remató su relato reflexionando sobre los efectos rehabilitadores que tienen estos juicios por delitos y crímenes de Lesa Humanidad en la calidad de vida mental de las personas, los grupos y del tejido social en general. Dijo que el efecto de rescate e historización que contienen los juicios “implica estar reconstruyendo sucesos acaecidos en el pasado para probar que tuvieron existencia, con lo cual se los actualiza, se los hace presentes no solo nombrándolos a distancia sino reviviéndolos con registros sensoriales intensos. Se los sustancializa como hechos y se lo vivencia como reales”.

Además, como corolario destacó el rol de los testigos en estos debates ya que, en su concepción, “al mismo tiempo que representan tanto a los que no sobrevivieron y a los que aunque volvieron de la experiencia concentracionaria, lo hicieron sin poder hablar ni conectarse socialmente. Todos ellos, los sobrevivientes, los familiares y otros ciudadanos, afectados por los acontecimientos, actúan representando y simbolizando a todo el tejido social atacado”.

Para culminar Galli realizó un elogio conceptual de los juicios por crímenes de lesa humanidad y sentenció que entrañan una elaboración colectiva, que es jurídica y política: “La condición de víctima se caracteriza por la soledad … si la Justicia salda la deuda asumida por los que prometen un Estado de Derecho, es decir un mundo justo, la memoria pueda recuperar libertad, sale de paralizaciones, fragmentaciones y desconfianzas, generando un espacio confiable, validado, compartible, hacia una memoria apaciguada y socialmente fértil”.

Resulta esperanzador recrearse en estos conceptos en una sociedad atacada permanentemente por la violencia planificada de los de arriba, la segregación, la deshumanización y la creación sistemática de una marginalidad que luego sirve de excusa para desplegar el aparato represivo estatal.

Pero en la persistencia siniestra de esa dinámica del terror sistemático de la fuerza estatal, que produce confinados muertos, fusilados y desaparecidos tanto en dictadura como en democracia, se hace difícil sostener la esperanza sin dejarse llevar a una manía fantaseosa, una ficción. O como lo planteó el filósofo rumano Emil Ciorán: “contra la obsesión de la muerte, los subterfugios de la esperanza se revelan tan ineficaces como los argumentos de la razón”.

Fuente y fotos: HIJOS La Plata

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