Número de edición 7680
Espectáculos

Segunda parte de la nota recordando a Marta Cwielong

Segunda parte de la nota recordando a Marta Cwielong

En la continuidad del repaso de su vida y obra, se destacan otras declaraciones y material de su autoría.

Por ROLANDO REVAGLIATTI

Una década después, otra incursión: esta vez dictando un taller para músicos: Rock y Poesía.

MC — Mis hijos varones son músicos. Uno de ellos se quejaba de que los que concurrían a su sala de ensayo escribían tan feas letras para él, que un día los amenazó: “Los enviaré con mi madre”. Los letristas aceptaron, y así comenzó ese extraño y bello periplo…: que leyeran, leyeran y leyeran. Claro está, he cosechado dedicatorias, temas, recitales. Algunos continúan como músicos; otros claudicaron, pero siguen siendo lectores.

No sólo participaste en festivales nacionales.

MC — He estado en Colombia en dos oportunidades: para el Festival PoeMaRio de Barranquilla (que dirigen Tallulah Flores Prieto y Miguel Iriarte), y de paso por Medellín, estando en casa de mis amigos poetas Tallulah y Gabriel Jaime Franco, en el Festival de Medellín. Colombia es un país donde respiré lo real maravilloso por la calle, en un saludo, una conversación. Regreso en este mes a Barranquilla y en noviembre estaré en el Encuentro Internacional de Mujeres de Cereté, invitada por Irina Henríquez Vergara.

En Uruguay fui parte de la Bienal de Poesía de San José, experiencia única de todo un pueblo volcado a las actividades de la Feria del Libro, y con el poeta Rafael Courtoisie como anfitrión.

En Cuba estuve en 1996, en el primer Festival Internacional de Poesía de la Habana, y volví en mayo a festejar los veinte años de dicho Festival. Allí me esperaban mis amigos Pierre Bernet Ferrand y Alex Pausidex.

¿Cuál fue tu aporte en el volumen “Venecia negra” de Javier Cófreces y Alberto Muñoz?

MC — “Venecia negra” consta de 14 capítulos, uno de los cuales es una antología de autores que hayan escrito sobre Venecia. Sucedió que cenando en un restaurante de la avenida Corrientes, en una mesa con más de treinta poetas (no recuerdo porqué motivo o qué festejábamos, pero era una época donde perdíamos el tiempo de esa manera), me senté justo enfrente de Javier, y la conversación giraba sobre ese futuro libro y estaban recopilando textos.

Yo, recién llegada de Venecia le cuento mis impresiones y Cófreces me invita a sumarme. Todavía estaba impresionada por la calle dellaPietà, donde había un edificio (supongo que iglesia o convento), y allí una canastita donde dejaban a los recién nacidos, tocaban la campana para avisar y se iban. Pues mi poema habla de aquello.

Libros de Alejandría fue un sello que te tuvo también como responsable.

MC — Lo fundó Enrique Puccia, lo continuó María Cristina Santiago. Editamos 23 títulos entre los años 1996 y 2003. Publicaron allí, entre otros, Cristina Domenech, Ana Guillot, Alejandro Pidello, Ana Sebastián, Hebe Solves, Zulma Liliana Sosa, Máximo Simpson, Malena Cirasa, Inés Malinow, Sergio Leonardo, Silvia Tocco, Paulina Vinderman. Fui socia de Puccia en cuanto emprendimiento me propuso; hacíamos buena dupla y nos unía el amor por la poesía, la amistad, la lealtad y la vida. Fue mi gran compañero.

La editorial propendía a la excelencia poética, tapas de pintores, un mismo formato. Luego vino la muerte temprana de Enrique. Con María Cristina Santiago intentamos seguir, pero no pudimos. Era un compromiso moral que teníamos con él, pero la realidad siempre pega, y nos hace repensar qué podemos y qué no, hacer.

Un apunte sobre tu antología personal.

MC — “Morada” pertenece a la colección de plaquettes “La Diligencia”, de la Biblioteca “Associació Cultural Bertolt Brecht” de Mislata, Valencia, España, editada de forma artesanal, en castellano, en la celebración del 21 de Marzo, Día Mundial de la Poesía, proclamada por la Unesco en 1999. Los curadores fueron Pere Bessó y Salvador García. Ellos me pidieron que eligiera poemas y sobre esa base efectuaron su selección.

Estás abocada, junto a la poeta Marlene Zertuche, de México, a una investigación.

MC — De poetas latinoamericanas nacidas entre 1920 y 1950. Ya hemos publicado una plaquette. El título donde las reunimos es “Las vírgenes terrestres”, tomado de Enriqueta Ochoa. Es el pensamiento de dos poetas de diferentes generaciones, diferentes países, con la misma problemática. Somos mujeres de tiempo completo que tenemos familia y responsabilidades, así como la pasión por la poesía y por saber de dónde venimos, quiénes lucharon antes, quiénes abrieron el camino.

Porqué hablamos de lo que hablamos al escribir, cómo tenemos similares dolores, alegrías, amores, traiciones, guerras, desapariciones, decepciones, proyectos, vida, futuro. Aspiramos a editar tres plaquettes por año. Decidimos con qué exponentes de qué países comenzar a socializar la investigación, analizando lo que une a las autoras. Debemos resolver de qué modo, por dónde, obtendremos los fondos para solventar la iniciativa.

¿Poemarios inéditos?

MC — “Memorias del hambre”, donde procuro eludir la brevedad, emerger del silencio, y que el trazo cuente un poco más que la pincelada inicial.“Racontos”, con varios años asentándose, es de una época en que viajaba mucho. Comencé a escribirlo en los aeropuertos: la serie se inició a partir de observar a una familia menonita completa en medio de un sinfín de ejecutivos esperando un vuelo demorado, y ellos, con sus ropas tradicionales abrieron sus bolsas, extrajeron su comida y sin mirar a nadie almorzaron, cuando los demás estábamos fastidiados o rabiosos.

“No esperes que me anuncie”, concebido en conjunto con el español Pere Bessó, y que se editará bilingüe, castellano y catalán. Ya está pronto a editarse: poemas de Bessó y míos casi como en respuesta uno de otro, con la lejanía y el océano de por medio. Son años de conversaciones, traducciones y pensamientos de ambos conformando una isla en el mundo.

Te doy a conocer como adelanto un tramo del prólogo del escritor uruguayo Rafael Courtoisie: “…surge como una construcción de intimidad poética dialógica, como un poemario a cuatro manos cuya musicalidad y giros originales, extraña y bellamente concatenados, van envolviendo al lector, van seduciendo al lector, lo conducen a una dimensión que no es la del clásico y decimonónico ‘epistolario’ sino la de una poesía de dos, colectiva y a su vez única, actual pero que trasciende la cibernética, creada en la distancia y en la anulación de la distancia, creada desde la maravilla de comunicación de los medios pero dejando de lado la novelería superficial de la híperconexión vaciada de sentido”.

Vayamos a “La orilla” y a esos poetas que a ella te acompañan con sus epígrafes: Enrique Molina, Miguel Ángel Morelli, Idea Vilariño, Gabriel Jaime Franco Uribe, Guillermo Ibáñez, Ana Ajmátova y hasta Alberto Caeiro.

MC — “La orilla” forma parte de ese borde que transito; fueron seis años de escritura y corrección. De 186 poemas, quedaron 82: me demandó más de un año poder darles lugar en cada página. Y a los poetas que me acompañaron los necesité, los uní.

Y en “pleno de ánimas”, además de los poetas argentinos Olga Orozco, Jorge Boccanera, Graciela Zanini y Hugo Mujica, te acompaña la poeta polaca Anna Swir (o Swirszczynska (1909-1984).

MC — ¡Sí!, tuve un pequeño libro de ella en mis manos en Rosario; era una traducción de Mirta Rosenberg y Daniel Samoilovich, pero desde el inglés, o sea… polaco/inglés/castellano… y fue mágica la lectura.

IGUAL POR DENTRO

Mientras iba a tu casa para un banquete de amor

vi en una esquina

a una vieja mendiga.

Tomé su mano,

besé su mejilla delicada,

hablamos, ella era

por dentro igual a mí,

de la misma especie,

lo sentí instantáneamente,

como un perro reconoce por el olor

a otro perro.

Le di dinero,

no podía separarme de ella.

Después de todo, una necesita

la proximidad de alguien semejante.

Y entonces ya no supe

por qué estaba yendo a tu casa.

Nunca olvidé ese poema de Anna Swir: mientras recorría algunos pueblos polacos, se me aparecían sus poemas convertidos en imágenes, como una película en blanco y negro y en cámara lenta.

En tu próxima vida, Marta: ¿Un piso alto en un barrio caro de una gran capital, una casa sencilla y confortable en los alrededores de una pequeña ciudad o una cabaña en el monte impenetrable?…

 MC — Una casa sencilla y confortable en los alrededores de una pequeña ciudad, y si tuviera un río/arroyo o curso de agua cerca, se acercaría a la perfección.

¿A qué narradores continuás volviendo, a qué ensayistas y poetas?

MC — Cesare Pavese, Javier Adúriz, María Zambrano, Alberto Girri, Sylvia Plath, Felisberto Hernández, Jacobo Fijman. A Pavese por esos relatos suyos que como, por ejemplo, ahora me sucede con Giorgio Bassani y su “La novela de Ferrara”, de un modo inefable me instalan en aquella Italia: el cuadro pueblerino del bar, las voces por lo bajo, la otra parte de la guerra. La sencillez me clarifica. ¿Girri?: me insta a corregir, a plantearme qué sirve de lo escrito. Con el uruguayo Felisberto Hernández accedí al aprendizaje de otro idioma, loco y sutil. Con Zambrano nunca terminaré de aprender. Plath, Fijman, ocupan lugares límites de la orilla, me dejan suspendida. Hannah Arendt también: es como una obligación volver a leer “La banalización del mal”. Adúriz: el verso libre y el futuro.

¿Preferís los animales a la gente? ¿Tuviste amigos decepcionantes?

MC — Sigo prefiriendo a la gente. No, cada uno de mis amigos ha sido o es significativo. No puedo hablar de decepciones ya que soy una solitaria con muchos amigos. ¿Cómo se entiende? Hace algunos años comencé el camino de la conciliación, dejé de hablar para escuchar. La decepción proviene de aquello que depositamos en el otro sin mirar que estábamos esperando algo en el lugar equivocado. No se debe pedir donde no pueden dar.

¿Cómo te parece que fue evolucionando tu práctica de la poesía a lo largo del tiempo y tu manera de vivir junto con eso?

MC — Mi manera de sobrevivir fue gracias a la poesía, a mis lecturas, a las horas dedicadas a la corrección. La evolución es lo aprendido e internalizado procurando denotarlo en los nuevos poemas, la crítica de los colegas, su trasmisión, y esa manera de traducir que es traicionar al mismo tiempo. Entre la idea y lo que escribimos de la idea está la traducción: por ende, la traición instantánea. Traduttore / traditore.

Afirma el estadounidense Stanley Kunitz (1905-2006) en su artículo “Arte y Orden”: “Una de las actitudes características del poeta moderno es la contemplación, no de su propio ombligo, sino de su mente en funciones. (…) Con los escritores jóvenes me convierto en una molestia al hablarles acerca del orden, por la buena razón de que el orden es susceptible de enseñarse; pero sé en mi interior que sólo los espíritus inquietos, entre ellos, los que reconocen el desorden fuera y dentro, tienen oportunidad de llegar a ser poetas, pues sólo ellos son capaces de producir una galería del lenguaje con las contradicciones de lo real. (…) Biblioteca y páramo, orden y desorden, razón y locura, técnica e imaginación: el poeta, para ser completo, debe polarizar las contradicciones.” ¿Qué agregarías o relativizarías o refutarías?…

Que somos exploradores de la intuición creadora, que nos es preciso un desorden soportable; y cito a Leopoldo María Panero:

Pasé una noche a ti pegado como a un árbol de vida

porque eras suave como el peligro,

como el peligro de vivir de nuevo.

Y cito a Jacobo Fijman:

Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.

¿A quién llamar?

¿A quién llamar desde el camino

tan alto y tan desierto?

Y cito a la italiana Alda Merini (1931-2009):

Violenta como una bandera,

un abismo de fuego,

y así me compongo

letra a letra a lo infinito

para que alguien me lea

pero que nadie aprenda nada

porque la vida es un sorbo, y sorbo

de vida las hojas blancas

desmesura del alma.

En esas contradicciones de orden y desorden no atino a relativizar lo dicho por el poeta Kunitz, pero sí añadiré que no podría ser maestra de jóvenes: el orden ayuda, pero el desorden nos lleva a ordenar las palabras para ejercerlas y no perdernos en el mundo.

Los poetas citados, en su desorden mental, crearon los más bellos poemas, pero en el bello y doloroso desorden se perdieron, nos enseñaron; como dice William Butler Yeats: “Hacemos poesía de nuestras disputas con nosotros mismos. Debemos contemplar para expresar, debemos tener el páramo para traducirlo”.

Marta Cwielong selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

te digo cuerpo

pero no quiero decirlo con la palabra

en este caso nombrar no dice nada

 

digo cuerpo con el borde de mi boca

al límite del labio

en la vorágine del remolino

 

como adolescente

recién iniciada

(de “La orilla”)

si canto no te beso

preferible besar

no encuentro el tono para el canto

(de “La orilla”)

cada noche cuando te desvestías

la sombra de tu cuerpo desnudo crecía sobre los muros”

Enrique Molina

la ausencia

el desnudo cuerpo mío contra la puerta

el recuerdo de mi cuerpo contra la puerta

puede entrar en el olvido?

hay labios

que se devoran

cuando se miran

hay labios que lloran

tiemblan

por otra boca

(de “La orilla”)

la nada

es un lugar cercano

al corazón

(de “La orilla”)

rada tilly

subo al mirador, a pesar del viento

me paro

ahí exactamente

que el océano me pueda

que arranque llanto

extiendo el ojo

saberse nada en la nada

darse vuelta  mirar

y ver lo mismo

halcones volando

ser la presa

que me tome en vuelo rasante

se eleve

y cuando la altura sea apropiada

me suelte

estrellarme así

(de “pleno de ánimas”)

Los perros son otros

pero aparecen / cada tanto,

fragmento de alguna historia.

Extraño, no creí pertenecer a alguna. Los días fueron

sucediendo/

como las nubes.

Todavía no entiendo qué hice con las horas.

¿Hasta cuándo hay inocencia?

 

No puedo recordar mi infancia.

¿Quién era mi padre?

borracho por las noches,

refugiado,

el nazi,

un polaco,

un

alemán

el que salvó a la niña del campo minado

quien amaba a mi madre

quien amaba a madre de mi hermana

quien castigaba a mi hermano

el ateo

el nazi

el que hace que no tenga memoria?

(de “pleno de ánimas”)

Entrevista realizada a través del correo electrónico: en las ciudades de Temperley y Buenos Aires, distantes entre sí unos 25 kilómetros, Marta Cwielong y Rolando Revagliatti, agosto 2016.

http://www.revagliatti.com/991021.html

http://www.revagliatti.com/991021_cwielong.html

http://www.revagliatti.com/040426.html

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