Número de edición 7643
Espectáculos

Segunda parte de la entrevista en profundidad a Guillermo E. Pilía

Segunda parte de la entrevista en profundidad a Guillermo E. Pilía

Continuamos adentrándonos en la vida y obra de este escritor y docente argentino.

Por Rolando Revagliatti

Nos quedan tus libros y el ejercicio de la docencia.

GEP — Además de poesía he escrito cuentos, dos libros de mitos y leyendas adaptados para chicos, ya que gran parte de mi vida estuvo dedicada a la formación, a la docencia, y un libro de cuentos taurinos que tuve la fortuna de presentar en Madrid, durante la Feria de San Isidro de 2012. Después tengo cuentos, sobre todo históricos, publicados aquí y allá. He escrito también alguna novela corta y nunca intenté siquiera hacerlo con el teatro, pese a que es un género que me encanta. Escribí por encargo la parte dedicada a la poesía de la “Historia de la literatura de La Plata”, libro que no acrecentó la amistad que ya tenía con algunos escritores y que en cambio me ganó unas cuantas inquinas.

Pasé como profesor por el Seminario Mayor, la Universidad de La Plata y por la Católica, y ahora doy clases de Latín y de Teoría Literaria en el Instituto Terrero. El latín me ayuda a que no se me descarrilen los pensamientos y la Teoría Literaria es el contrapeso de mi libertad creadora. Me rodean muchos compañeros y pocos amigos. Como profesor tengo fama de bonachón, porque mi modelo es Antonio Machado. Me queda poco tiempo para poder jubilarme y después pienso dedicarme a viajar, leer y escribir, es decir, lo mismo que hago ahora pero libre de obligaciones.

Tal vez resulte extraño que en esta especie de autobiografía haya hecho poca o ninguna mención a mis libros, a mis premios, a algunas celebridades a las que tuve el privilegio de conocer. En las “Memorias de Adriano”, el protagonista confiesa, en la visión retrospectiva de su vida, que quizá no resulte relevante el que haya sido emperador. Tal vez tampoco sea relevante que yo haya sido escritor.

Por alguna razón incomprensible, el recuerdo de mis días de niño asmático se sobrepone al de los libros que publiqué, el de los olores de mi año de soldado a los premios que recibí, las minucias de un viaje a la imagen de escritores y artistas famosos de los que podría hablar. Los momentos más trascendentes de mi vida, la primera vez que me uní a una mujer, el nacimiento de mi hijo, el día en que cumplí mis cincuenta años, la muerte de mi esposa, por citar algunos casos, difícilmente podrán transformarse en literatura. Prefiero cerrar estas primeras páginas con una especie de autorretrato de sabor cervantino:

Este que ves aquí, de rostro sonriente, de cabello entrecano, frente un poco marcada por los años y las muchas lecturas, de melancólicos ojos, de nariz griega, más grande que pequeña, las barbas de plata, que ha veinte años fueron oscuras, la boca sensual, los dientes desparejos, mal acondicionados y peor puestos; el cuerpo entre dos extremos: crecido de carnes y pequeño de talla; la color viva, antes blanca que morena; algo cargado de espaldas y no muy ligero de pies; éste digo que es el rostro del autor de “Arsénico”, “Huesos de la memoria”, “Opera flamenca”, y del que hizo el “Viaje al país de las Hespérides”, y de otras obras que andan por ahí descarriadas y quizás sin el nombre de su dueño, el rostro del que se llama comúnmente Guillermo Eduardo Pilía.

Su vida y su obra, superficialmente sencillas, están llenas “de hiatos y de puntos en suspenso”. Desde los 20 años se dedicó a escribir y publicar poesía, pero también fue valorada su labor narrativa, sin que él se preocupara mucho en darle su lugar. Además de la literatura, le interesa la historia, los vinos, el fútbol, Andalucía, el flamenco, los toros (“Y antes que un tal poeta, mi deseo primero / hubiera sido ser un buen banderillero”, podría haber escrito con Manuel Machado). Cuando en su adolescencia anunció que se dedicaría a las letras, le vaticinaron que moriría de hambre, oráculo que no se cumplió.

Como dijo un colega suyo, “de joven escribía para viajar y de grande viaja para escribir”. Pese a haber realizado obra objetivamente valiosa y de personalísimo acento, ha sido más valorado en el exterior que en su propio país. “De él también podría decirse, como se dijo de otro escritor de su ciudad, que es una mezcla de Hemingway por fuera y Juan Ramón Jiménez por dentro”, escribió Guadalupe García Romero. Y alguien podría aplicarle, asimismo, con ciertas reservas, las palabras de Valle-Inclán sobre el marqués de Bradomín: “Era feo, católico y sentimental”.

Celebridades, dijiste, que has conocido.

GEP — Desde muy joven anduve merodeando los ámbitos públicos, sin ningún afán de esnobismo, como el personaje de Proust o el mismo Proust. Conocí a algunas personas importantes en la historia política y cultural, pero a veces a destiempo. Por ejemplo, tuve oportunidad de estar varias veces con Cipriano Reyes, el fundador del Partido Laborista, pero sin tomar dimensión de la figura épica que era.

Me traté con gran parte de los escritores de la generación del 40, como Tomás Diego Bernard, José María Castiñeira de Dios, Horacio Ponce de León, Gustavo García Saraví, Norberto Silvetti Paz. Tengo recuerdos de Oscar Hermes Villordo, de Raúl Gustavo Aguirre, de Juan José Hernández, de Gonzalo Rojas, de Nicanor Parra, de Marco Denevi, de David Viñas, de Antonio Cisneros, de Fermín Chávez, de Antonio DalMasetto, de Jorge Ariel Madrazo, de Joaquín Giannuzzi…

Nombro sólo a algunos de los que ya no están. Creo que todos tenemos necesidad de maestros. Pero llega algún día en que el maestro deja de ser tan grande e infalible, como antes lo pensábamos: le encontramos olores, ajaduras, resquicios, y en sus fisuras vemos que tan sólo era tierra iluminada, que apenas si la luz lo tocó cuando nosotros aún íbamos a tientas.

Nos damos cuenta tarde, quizás cuando a nosotros empiezan a llamarnos “maestro”, cuando descubrimos —en los ojos vidriosos de un discípulo por amor o por celos lastimado— cuánto pesaron algunos maestros realmente en nuestra vida. Y olvidamos entonces sus miserias, sus pequeños egoísmos, sus miopías, porque los maestros son también padres severos y amorosos y generalmente no se dan cuenta de que sus discípulos ya estaban crecidos.

“Los toros en la historia, las letras y el Arte”, “Las corridas de toros en la provincia de Buenos Aires”: tales los títulos de dos de las numerosas conferencias que has dictado.

GEP — Para un aficionado español o mexicano, la literatura taurina, lo mismo que la música, la plástica o el cine relacionados al mundo de los toros, puede no ser más que un complemento de la fiesta, una de las tantas ramificaciones de determinada forma de expresión estética en otra, eso que en teoría del arte llamamos intertextualidad y transposición. Pero para el aficionado de un país en el que ya no se celebran estos espectáculos, todo ese mundo colateral a la fiesta puede convertirse en el centro de una extraña y perpetua afición.

De más está decir que estoy hablando de mí mismo y de lo que veo, brumosamente, como el germen de mi pasión por los toros: el “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”, leído a una edad incomprensible en una bochornosa siesta de un verano platense, Tyrone Power (su doble) toreando por navarras en la versión de 1941 de “Sangre y arena”, mi abuela tarareando “El niño de las monjas” o “El relicario”.

Después vendrían las primeras corridas televisadas, “vía satélite”, que se transmitieron en la Argentina con “El Cordobés”, Palomo Linares, Paco Camino: todo mucho antes de que pudiera ver en cuerpo y alma una corrida de toros. Quizás en España o en México o en Ecuador se ignora lo difícil que es ver nacer y después sostener una afición en un país donde no hay toros, y cuesta entender el consuelo que a veces encontramos los aficionados en ese mundo circundante a la tauromaquia.

Sería exagerado decir que mi vocación por la literatura es también una consecuencia de mi atracción por los toros, pero sí puedo afirmar que aquellos escritores que tocaron el tema taurino estuvieron desde siempre en mi biblioteca: Federico García Lorca, Rafael Alberti, Miguel Hernández, y también de algún argentino como Enrique Larreta, cuyo hispanismo a ultranza resultaba tan chocante a gran parte de nuestra intelectualidad. Creo que la primera antología de la poesía taurina que entró en mi casa fue la de José María de Cossío: “Los toros en la poesía castellana. Estudio y antología”.

Al primer narrador taurino al que leí apasionadamente, cuando tenía doce o trece años, y a cuya memoria dediqué mi cuento “Quite a la sombra”, que integra “Tren de la mañana a Talavera”, fue Fernando Quiñones. Este escritor andaluz tenía con la Argentina un vínculo muy fuerte. En 1960, el diario “La Nación” convocó a un concurso de cuentos, dotado con un interesante premio en efectivo.

El jurado estaba integrado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Carmen Gándara, Eduardo Mallea y Leónidas de Vedia y resultó ganador un desconocido escritor de treinta años, nacido en Chiclana de la Frontera. La obra se llamaba “Siete historias de hombres y de toros”. El libro de Fernando Quiñones se terminó llamando “La gran temporada”, y tengo en mi biblioteca taurina un par de ejemplares de la primera edición.

Muchos años después escribí los cuentos de “Tren de la mañana a Talavera”. ¿Cómo me lancé a escribirlos? Quizás por algo que relata Ernest Hemingway en “París era una fiesta”. Creo que mi viejo y querido Hemingway cuenta que tenía que escribir una historia para enviar a una revista y estaba en una de esas etapas de sequía intelectual. Entonces se preguntó qué era lo que realmente conocía bien, pues sobre eso tenía que escribir.

Y fue así como surgió “El río de los dos corazones”, que habla de dos cosas que Hemingway conocía bien: por fuera, el mundo de la pesca, y veladamente, el de la guerra. Yo también me hice en algún momento esa pregunta, quizás ligeramente modificada: ¿cómo todavía no he escrito nada significativo sobre un tema que me ha apasionado como pocos, al que le dediqué años de lectura y de estudio, un tema que me ha llevado a viajar por los países taurinos, y que hasta me ha ganado muchas enemistades en mi propia tierra? Así fue como surgió “Quite a la sombra” y luego los demás cuentos del libro.

Todos ellos son en el fondo existencialistas, y tratan el tema de la relación de la vida y el arte. En el cuento “Una buena vara”, como todos los demás existencialistas, veladamente me he retratado. Yo soy un poco ese picador que ha llegado a los cincuenta años y ya sabe que se retirará como subalterno, pero que aún tiene deseos de que lo recuerden por un buen puyazo. Cuando yo tenía veinte años, pensaba que a los cincuenta me darían el Premio Nobel. A los treinta ya me conformaba con el Cervantes. Actualmente, sin Nobel y sin Cervantes, con más hechuras de picador que de figura del toreo, me conformo con ejecutar bien una suerte.

¿Qué dijeron los poetas sobre Diego Velázquez (1599-1660)?

GEP — Aludís al título de otra de mis conferencias… Sobre esto, un par de cosas. Primero, que como he dicho, tengo una forma de sentir muy andaluza. Para evitar cualquier tipo de suspicacia, quiero declarar que me siento profundamente argentino, y que doy gracias a Dios por haber nacido en esta tierra, aunque a veces, muchas veces, me duela la Argentina, tanto como a Unamuno le dolía España.

Pero también siento que he tenido el privilegio de contar con una segunda patria, una patria espiritual a la que estoy unido desde mi niñez, y esa patria tiene un nombre tan luminoso como el de nuestra tierra natal, y esa patria se llama Andalucía. Decían sabiamente los latinos: “Ubi bene es, ibi patria est”, donde estés bien, allí estará tu patria. Y yo siempre me he sentido bien en todos aquellos rincones donde se respira lo andaluz.

Por razones misteriosas, por alguna suerte de predestinación, he amado siempre la tierra de Andalucía, su gente y su cultura. Me gusta el cante de Camarón de la Isla, la tauromaquia de Curro Romero, las Inmaculadas de Bartolomé Esteban Murillo, la poesía de Rafael Alberti; amo la religiosidad del pueblo andaluz, su alegría, su exaltación de la libertad, su mestizaje de razas, credos y culturas. Siento que Andalucía, como dice el himno que compuso Blas Infante, ha contribuido a que los hombres, la humanidad toda, sea más humana.

Alguien dijo que los andaluces somos tan caprichosos, que nacemos en cualquier parte del mundo. También en este apartado sur, donde muchos nos reconocemos como hijos espirituales de Andalucía. Es por ello que entre los momentos más gloriosos de mi vida estarán siempre las mañanas que pasé en el Barrio de Santa Cruz, mi peregrinación a Moguer, el instante en que vi por primera vez el Guadalquivir o el ruedo de la Maestranza.

Hecha esta profesión de fe andaluza, no puedo pasar por alto la figura de Velázquez y la importancia que ha tenido la pintura en mi vida. ¿Quién fue más andaluz? ¿Murillo o Velázquez? Algunos dirán que Murillo, pero la primera pintura de Velázquez es profundamente sevillana. “Lo que los poetas dijeron sobre Velázquez” no es, como alguno podría suponer, una serie de opiniones, de críticas sobre las obras del pintor sevillano producidas por algunos escritores del siglo XX.

Se trata, fundamentalmente, de uno de los mecanismos básicos de la creación artística e intelectual al que los estudiosos han llamado intertextualidad o transtextualidad. Ver cómo un determinado texto (en este caso, una tela de Velázquez) da origen a otro texto (un poema de Manuel Machado, de Rafael Alberti, de Blas de Otero). Algo de esto hice yo mismo en uno de mis poemas de “Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama”, que se titula “Las lanzas”.

En las VII Jornadas de Poetología (2014) te referiste a “El eros flamenco en la poesía del tango”.

GEP — Sobre los orígenes del tango como género musical y como danza se ha escrito mucho y no sin generar polémicas. Casi siempre se habla, sea para sostener o rebatir la tesis, sobre su ascendencia en parte andaluza. Pero poco o nada se ha escrito sobre la poesía del tango en relación a las coplas flamencas. Recién en los últimos años Miguel Poveda se ha arriesgado a afirmar que “el tango y el flamenco, si bien son distintos musicalmente, tienen una raíz y una poesía popular de una profundidad muy parecida” y que siempre existió una vinculación de “los cantaores con el tango porque sus coplas tienen una relación íntima con el desgarro que existe en el cante”.

Por otra parte, Diego El Cigala confesó su pasión por el tango debido a “sus letras de tragedia, nostalgia, desamor, desazón, infidelidad. Yo amo lo oscuro, el desasosiego, el clima de muerte que tiene el tango…”. Y también que “el tango es como el flamenco. Es lo que más me gusta, que, sin tener que ver directamente un género con el otro, el tango y el flamenco sí tienen mucho que ver con el corazón. Por eso me siento tan a gusto cada vez que canto tangos”.

No obstante, las letras de los tangos más antiguos poco tienen del desgarro y de las cosas del corazón del cante andaluz. José Gobelo afirma que “las primeras letras para tango son, en nuestra opinión, españolas en su forma y lupanarias en su fondo” y que “los compadritos de Villoldo tienen el desparpajo y la fachenda de los chulos expresados en las letras de los cuplés”.

En la historia de la poesía del tango, Gobelo remarca la importancia de Pascual Contursi, ya que “fue él quien expresó al nuevo porteño, que no era ya el compadrito con aire de chulo, sino el hijo de inmigrantes, con tristezas de gringo desarraigado”. Y agrega: “se debe a Pascual Contursi el gran tema del tango, que es el amor perdido, tema en torno del cual gira lo mejor de la lírica universal”.

Además, con Pascual Contursi “la prostituta (o la mantenida) se presenta con rasgos humanizados e introduce en el incipiente tango-canción un clima de melancolía moral que pervive hasta hoy y que es uno de los rasgos más acendrados del sentimiento porteño”. Si bien la poesía del tango no tiene limitaciones temáticas, es la cuerda erótica la que suena con mayor frecuencia, dividida en un gran número de motivos, y es la que acerca nuestra expresión artística a la poesía popular andaluza.

El estudio temático de la poesía flamenca evidencia también su riqueza semántica. La poesía popular gitano-andaluza es temáticamente limitada, pero variada en los motivos que matizan los principales temas. Gran parte de la inspiración de sus poetas radica en los asuntos líricos dominados por cierto patetismo. Los rincones profundos del yo poético se manifiestan en un conjunto diversificado de estados de alma, entre ellos, como también sucede con el tango, los derivados de las múltiples manifestaciones del amor, quizás el más patente y frecuente en la poesía para el cante.

Tanto el tango como el flamenco son manifestaciones artísticas de extracción popular que trascendieron su acotada geografía de origen —el Río de la Plata, Andalucía— para convertirse en patrimonio de la humanidad. Tango y flamenco tienen una triple expresión: la música, la danza y el canto, pero ningún estudio ha podido demostrar con certeza la influencia de este sobre el nacimiento de aquel. No obstante, la fusión entre el tango y el flamenco que se viene dando desde hace unos años hace pensar en que tienen más de un punto en común.

Si como piensa Fernando Sánchez Zinny y otros autores, la poesía del tango surgió como una extensión de la emotividad gaucha —cantar opinando, nostalgia de los años que han pasado, actitud de consejo, desarraigo familiar, pobreza y, para el tema de nuestro interés, misoginia y amor desproporcionado a la madre “que pudo haber llegado con la herencia hispano-musulmana y haberse reforzado después con el aporte de las cerradas costumbres italianas”—, no resulta descabellada la ligazón con el eros flamenco, ya que la poesía gauchesca, como lo señaló Miguel de Unamuno, es también en su esencia primordialmente española.

Consta en tu presentación formal, curricular: sos el autor del “Diccionario de escritores de la provincia de Buenos Aires. Coloniales y siglo XIX”.

GEP — Siempre me apasionó la historia, especialmente la historia argentina, que es mucho más rica que cualquier literatura. Considero que la historia sustituyó, en gran parte, la pobreza de novelas de nuestro siglo XIX. “Facundo” y las demás biografías de Domingo F. Sarmiento son verdaderas novelas, incluida su autobiografía. Por eso mis intereses intelectuales se vuelcan en parte hacia la historia, sobre todo hacia la historia cultural. Ya hace casi veinticinco años que trabajo en el Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, un lugar privilegiado que me ha permitido desarrollar éste y otros trabajos, como la edición facsimilar de “El Triunfo Argentino” de Vicente López y Planes y varios más sobre toponimia.

Resulta que a mis setenta y un años me regalaron el volumen “Cuentos secretos” de Aurora Venturini (1922-2015), como vos, platense, y con más de treinta obras publicadas. Primer acercamiento mío, ambivalente, a su escritura: me sorprendió de forma grata aquí o allá y también algunos pasajes me produjeron reticencia, fastidio. La has destacado. Contanos de ella.

GEP — Ella me descubrió a los veinte años y me alentó en mi vocación literaria. Siempre tuvo conmigo una relación llena de afecto y de respeto, pese a que yo tenía también muy buenas relaciones con la poeta Ana Emilia Lahitte. En La Plata ha quedado como parte de nuestro anecdotario la rivalidad de ambas, aunque habían estudiado juntas y habían pertenecido a la misma generación. Creo que hacia el final de sus vidas llegaron a reconciliarse.

Visité muchas veces el departamento de Aurora, sobre todo en la época en que estuvo casada con Fermín Chávez, con quien también tuve una excelente relación. Opino que Aurora va a quedar en la historia por su obra narrativa, quizás tardíamente valorada, más que por su obra poética. En una ocasión me organizó un homenaje en su casa.

Fue cuando me expulsaron de la Sociedad de Escritores de la Provincia, entidad que ella misma había fundado y que, en manos de gente oscura, había decidido eliminar de sus padrones a escritores que pudieran resultarles competitivos. Aurora tomó mi expulsión como un reconocimiento y me organizó un homenaje en su casa, en el que Fermín Chávez compuso algunos versos gauchescos en mi honor.

Concurrieron los escritores más importantes de La Plata, pero el departamento de Aurora era muy pequeño, de manera que una vez que nos sentamos ya no pudimos movernos más. Lo curioso fue que Ana Emilia Lahitte, quien lógicamente no fue invitada, también me organizó un homenaje en su casa por el mismo motivo. Tanto Aurora como Ana eran mujeres de una enorme personalidad, muy generosas con los jóvenes, y como suele ocurrir con muchos escritores, llenas de costumbres, ritualismos y atavismos que ya estarían fuera de la materia de este reportaje.

Guillermo E. Pilía selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

Pan de la memoria

He dejado a mis padres

en esa casa que fue alguna vez

del tamaño del mundo. —Hay allí,

bajo esos zócalos, en cada grieta

de sus lajas, un tiempo en su sepulcro;

allí una hierba fina va creciendo

como la cabellera de los muertos—.

Estos pocos recuerdos son mis únicas

certezas por ahora. —Y la infancia

—como una espina de naranjo verde—

es una extensa mañana de lluvia;

es un agua metálica y humilde

que hervía en grandes ollas

y el perfume del apio y del arroz,

del perejil y la albahaca. Más tarde

yo iría a revolver en los roperos

sin saber que otras vidas más profundas

perduraban detrás de las maderas.

Acaso no existía diferencia

entre el sueño y la vigilia, entre un lado

y el otro del espejo, del armario

—aquel en que un abuelo silencioso,

embutido entre los sacos decrépitos,

sonriente descansaba—. No sabía

entonces lo que vive o sobrevive

debajo de las lajas y los zócalos,

ni el destino del pelo y de las uñas;

hoy hablo —claro está— de aquellos años

en los que nunca sentía el temor

de vivir con las sombras, tan distantes

de otros que llegarían a traer

gota a gota la piedad y la pena.

¿Por qué será que ahora

casi nunca se despierta feliz

quien soñó con sus muertos?

Sólo tras muchos viajes por mi sangre

volvería a esos cuartos para hurgar

entre los sueños y entre los roperos,

igual que cuando era aquella casa

del tamaño del mundo. —Hoy comprendo

que todo ese mosaico de vivencias

tuvo encaje y sentido en aquel tiempo:

las perchas, las cigarras, las sombrillas,

las cuentas de un collar, las flores rojas

que veía al despertar de la siesta.

Y el olor de la harina humedecida

con que se amasa el pan de la memoria.

(“Ópera flamenca”, 2003)

Las lanzas

Una palabra, un destello de acero, ambos fugaces…

Fue el día en que entregaron la humeante ciudad de Breda:

un ignoto soldado llamado Ramón Valdés

—agazapado en las filas españolas—

lanzó su espada al aire y hacia la plaza una injuria.

Algún otro el insulto festejó; y el incidente

se comentó por dos días como anécdota,

antes de regresar a la nada y al olvido.

Nunca Velázquez conoció esa minucia:

abunda en toda guerra la humillación al vencido.

Como ese gesto sin futuro, también

un día se olvidarán Las lanzas, Las meninas,

El niño de Vallecas, la sonrisa melancólica

de Spínola; y esta mano que hoy escribe y mañana

será tierra; y el hombre que ahora inventa un personaje

llamado Ramón Valdés, que en la toma de Breda

hizo ese gesto bravucón y minúsculo,

inhallable en las crónicas como en la tela de El Prado:

un hecho de fantasía y una historia que existe

sólo en justificación de este poema.

(“Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama”, 2011)

Lo que a nadie le importa

Ahora que el tiempo va trayendo sosiego

y que hallo cada cosa en su lugar

—cada cuerpo geométrico en su sitio

como en un test de inteligencia—, ahora

que cada sentimiento ocupa su baldosa

y lo que de mí me avergüenza se equilibra

con lo que de mí me enorgullece,

ahora —precisamente— me acuerdo

—ya casi sin dolor— de las miserias

que ayer nomás pensaba que tal vez

no iban nunca a concederme reposo:

el color azul gris de mi uniforme

de soldado, el amigo o la mujer

que traicioné, el amigo o la mujer

que a mí me traicionaron, la sonrisa

que alguna vez le di —por miedo— a un asesino

y la imagen de mi abuela que comía en silencio

la manzana de sus cien años de pobreza.

Sólo lo que a nadie le importa sino a mí,

lo que no he vivido y lo que siempre he callado,

lo que nunca conoceré ni escribiré,

lo que conmigo se muere: sólo esto me acongoja.

(“Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama”, 2011)

Una duda teológica

Ya estás frente a tu Cristo, ante esa imagen

de madera pulida: él despojado

de ropa y tú cubierto de alamares.

Le pides protección, que si hay peligro

como un capote él extienda ese manto

que se sortearon al pie del patíbulo.

Le ruegas que te libre de un destino

que muchos desearían para ellos

y te evite el desdoro del fracaso.

Estás frente a la cruz como de niño

te enseñaron tus padres, pero dudas

si el Nazareno es tu Dios, si no está

tu señor en la sombra, encajonado,

bramante como un ídolo ancestral.

Con él tendrás que luchar cada tarde

y con pavor religioso matarlo.

Pues todo lo que muere en una plaza

reencarna y resucita, reaparece

para volver a luchar y a morir,

como tu Cristo en cada Eucaristía.

(“Tauromaquia lírica”, 2013, inédito)

*Abrid de par en par los calabozos

Otro invierno: recuerdo que éramos soldados

pero más bien nos parecíamos a obreros,

a pordioseros o a campesinos astrosos.

—Entre baldosa y baldosa del patio

crecía una vez más la yerbamala;

en los galpones repletos de grano

perseguíamos de nuevo a las ratas—.

Pero así como se ventilan los quirófanos,

del mismo modo un día nos mandaron

a abrir de par en par, hacia tu luz,

Dios ausente, las celdas de castigo.

¿Con qué voces nombrar los calabozos

que una tarde de sol nos ordenaron

ventilar como a cámaras mortuorias?

(“Ainadamar”, 2014, inédito)

No sé si es mi hijo o soy yo mismo

La calle en sombras que el joven camina

como quien sabe adónde se dirige,

incube acaso el amor o el deseo.

Lo miro: no sé si es mi hijo o soy yo mismo

que he regresado en los pliegues del tiempo,

o un ángel con la misión de enrostrarme

mi negada fugacidad. También, Señor,

yo fui este joven ignoto, fui como mi hijo,

caminando en lo oscuro con certezas

de mi propio destino y de sus hilos.

Y él como yo, seguramente, ayer jugaba

taciturno en el rincón de algún patio

que hoy ya no existe. Como yo tendrá mañana

—sin darse cuenta acaso—  más de medio siglo.

(“Ainadamar”, 2014, inédito)

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