Número de edición 7716
Espectáculos

Segunda parte de la entrevista a Silvia Mazar

Segunda parte de la entrevista a Silvia Mazar

En esta entrega se seguirá recorriendo la vida y obra de esta escritora y sus gustos narrativos.

Por ROLANDO REVAGLIATTI

¿Cómo encarás la corrección de textos?

SM — En narrativa procuro que el texto tenga fluidez, que vaya deslizándose junto a lo que cuenta con suavidad y con firmeza; privilegio el “cómo” se dice por sobre el “qué” se dice. En poesía es diferente porque el poema surge de un lugar del cuerpo que desconocemos, entonces lo dejo que viva por sí mismo; allí la corrección es meramente estética, que no sobre ni falte nada y que la disposición de los versos también hable.

Cuando corrijo a mis alumnos es complicado, pues hay que llevarlos de la mano por un camino que sólo ellos conocen, hacerles ver con objetividad lo que es perfectible, pero sin alterar la propia voz.

¿Qué es lo que más apreciás en un narrador y qué en un poeta?

SM — En un narrador, el buen momento que me hace pasar por medio de una trama inquietante o de un humor sutil. En un poeta, en cambio, la emoción, la sinceridad, el despojamiento y el que no trate de seducirme con malas artes.

¿Has escrito poemas o cuentos inspirados en anécdotas que otros te contaran?

SM — No, nunca, con mi imaginación y todo lo visto y vivido me alcanza. Considero que los relatos no surgen de una anécdota, sino de la piel estremecida en un momento que, en mi caso, es mucho más rico imaginarla.

Cito a Arnaldo Calveyra: “Cosas que me pasaron durante la infancia me están sucediendo recién ahora.” ¿Dirías que te han pasado durante la infancia cosas que te estén sucediendo recién ahora?…

SM — Lo que yo diría sin dudarlo es que me suceden ahora las cosas que hubiera querido que me sucedieran en la infancia, como ser: jugar con otros, tener amigos afines, compartir momentos de risa, de canto, de no temer, de gozar con frescura de ciertas instancias.

Animales legendarios: ¿centauro, minotauro, unicornio, ave Fénix o esfinge?

SM — El ave Fénix, siempre; incluso es el mote que me han puesto varias personas que conocen mi vida. Me niego al golpe bajo, pero sé de qué estoy hablando: por eso el ave que, calcinada, vuelve a renacer con un plumaje nuevo.

El escritor argentino Héctor Germán Oesterheld, a sus microficciones las denominaba simplemente “supercortos”. A las tuyas, Silvia, ¿cómo las denominás? ¿Qué microficcionista está en lo más alto de tu podio?

SM — Se las llama microficciones, mini relatos, no sé, para mí es el formato casi ideal y lo practico desde mucho antes de que se pusiera “de moda”, por intuición o porque soy de aliento corto. Shakespeare dice: “La brevedad es el alma del ingenio”. Bueno, vuelvo, yo los llamo textos breves, porque no siempre relatan algo y también pueden ficcionar una realidad. El texto breve tiene el encanto de la pincelada.

Hace varios años se me ocurrió reunir una serie de textos brevísimos bajo el título de “Escritos para ojo izquierdo”; se la mostré a Perednik y le gustó mucho, incluso me instó a que la publicara. Ahí está, en una de las decenas de carpetas que guardo. Comparto con vos y los lectores el más breve de todos, con hechura de diálogo teatral:

Niño: ― ¿A qué jugamos?

Niña: ― A nada,

Niño: ― Entonces preparo todo.

Son tantos los autores que, en algún momento, han incursionado en el género. Mi podio estaría encabezado por el guatemalteco Augusto Monterroso.

¿Has fantaseado alguna vez con la organización de un café literario? ¿Qué aspectos mejorarías?

SM — No, no me interesó nunca. Incluso en dos oportunidades me ofrecieron coordinar en conjunto. A los cafés literarios que he asistido y a los que sigo asistiendo, muy pocos hoy, les mejoraría el tema del micrófono abierto; hay poco rigor en la extensión de lo que se lee y eso los torna aburridos. Los encuentros con sólo escritores invitados son más llevaderos, cuidando el nivel de los convocados. Agregar música siempre es atractivo y matiza.

¿Temas musicales maravillosos y temas musicales que detestás? ¿Libros que valorás, pero que no te hayan entusiasmado?

SM — La música es para mí insoslayable. El Concierto n° 1 para piano y orquesta de Tchaikovski lo escucho con la misma emoción desde los seis años. Luego, mis preferencias van por Joan Manuel Serrat, el gran Astor Piazzola, Chico Buarque, Ney Matogrosso, las sonatas de Beethoven, más de un bolero, Frank Sinatra, la Sinfonía inconclusa de Franz Schubert, el Chango Spasiuk, Charles Aznavour, los Beatles…

No llego a detestar ninguna música; lo que no me gusta es el rock pesado —creo que se llama heavy metal—, esa música no.Lo de los libros es difícil, porque cuando alguno no me atrapa lo dejo y no me da tiempo a efectuar una valoración; casi siempre se trata de una novela. Lo que sí admito es que Jorge Luis Borges (quién se atrevería a discutirlo) en varios de sus cuentos no logra engancharme.

¿Cuáles son tus géneros y autores favoritos?

SM — Mis géneros favoritos siempre han sido el cuento y la poesía. Aunque con lo que voy a decir pareciera contradecirme: leí los siete tomos de “En busca del tiempo perdido” y desde hace ocho años integro un grupo de lectura —reuniéndonos una vez por mes— de Marcel Proust. Pero Proust no es clasificable: es el ser humano, es la vida, es todo. Uno puede releerlo y siempre le estará diciendo algo nuevo; me produce una sensación que va más allá de la literatura. Proust para mí es como entrar en una habitación, cerrar la puerta y quedar a solas con él.

Siguiendo con los autores, yo soy muy de releer, me enamoro de ellos y los sigo a través de los años. Mis preferidos son el uruguayo Felisberto Hernández, Julio Cortázar, Clarice Lispector, el gran John Cheever, al que vuelvo y vuelvo, lo mismo que a “Dublineses” de James Joyce.

Con los poetas me pasa lo mismo: Federico García Lorca es el más grande; Raúl González Tuñón, Juan Gelman, Olga Orozco, e. e. cummings, Marosa di Giorgio, sólo por citar los más entrañables.

¿Qué es lo que principalmente te escandaliza? ¿Sobre cuál “personaje inolvidable” escribirías?

SM — Me escandaliza el mal gusto. La falta de discreción. El creerse superior. El no respetar las propias limitaciones. Esto me hace sonrojar verdaderamente.Nunca se me hubiera ocurrido escribir sobre un personaje que admire. Para eso se necesita una capacidad que yo no tengo.

Mi personaje “inolvidable” es Sor Juana Inés de la Cruz. Sé de ella, por ejemplo, a través de la película “Yo, la peor de todas”, dirigida por Maria Luisa Bemberg, basada en el ensayo “Sor Juana o las trampas de la fe”, de Octavio Paz; me conmueve, sobre todo, por su libertad, conseguida aun a costa de su paradojal pérdida, y por cómo defendió su amor por la belleza del saber. Si se me ocurriera escribir sobre ella, cosa más que dudosa, elegiría narrar un día entero de su vida desde los ojos de ¿quizá? la persona que limpia su habitación.

Silvia Mazar selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

Los ojos (glaucos diría mi madre)

serán heredados de abuelos y los pasaremos

como bolitas a otros hijos de hijos que

encontrarán este poema en este cuaderno

un día

Estaremos ahí, en cajones de cómodas, en

cajones de cedro bajo la tierra húmeda

Habremos dejado un dibujo junto al anotador

del teléfono que nos diera alguna noticia

habrá rombos cruzados con trapecios (porque

nos gustaba la geometría, pero sólo en estos casos)

Nuestro aire suspirado será el aire de los otros

el quejido suave del suspiro

nos lo habremos llevado

 

(de “Otras son de arena”)

Hay algo dentro mío sin terminar

que levanta unas lágrimas marrones

cuando la risa

me deja descalza frente a la ventana

Hay unos apuntes sin ordenar que

bajan los aleros de aquella casa

hasta el patio dormido en uvas

en canciones desarmadas

que muestran sus dientes blancos

de tal dulzura

que da miedo

por aquellos con quienes volamos distintos cielos

y no recordamos

a pesar de sus alas

(de “Otras son de arena”)

Jaula oscura de palabras

pieza de un ajedrez jugado con el diablo

sentada de este lado de la mesa

pienso

cómo mover la reina, el peón, el caballo

para no perder una vez más la partida

Quisiera irme más lejos de lo lejos

quizá eso sea morirse

no hay lejos intermedio

la vida atenaza con sus horas

sin rampa de emergencia

Bob Dylan me susurró al oído

no te afanes

hasta los pájaros están encadenados al cielo

(Inédito)

El cielo es de cerezas

en el aire se tiñeron todas

de su jugo de vida

cayeron del árbol hasta nosotros

y es de cerezas

el cuerpo tibio de la melancolía

Juntadas en las manos

como un cuenco

rojas de labios

atardecer derramado en los sentidos

Ramas cuajadas y las risas abajo

caían, se pisaban, se perdían

Hoy vuelven a mí

y casi nada importa

sólo es un cielo todo lo vivido

un cielo de cerezas

en medio de la vida

(Inédito)

Olas verdes como una leche ingenua

colmando la memoria

que se fija en los muslos salpicados

y se entretiene en el irse y volver

por los arpegios de todo lo perdido

Olas tiernas de caracoles

infladas en su fuerza descarnada

se arrojan y nos llevan

para después abandonarnos

La orilla ha quedado sin tiempo

el sol acompaña la música celeste

Somos un niño en presencia de la furia

(Inédito)

Animales de bostezo oscuro

pastan con su rebaño a orillas del deseo

su miel antigua me roza

desde la punta del puro pie hasta la nuca

No he presentido

he visto instantes transparentes

he bebido

ese vino que me dio algunas verdades

y me apoltrono en medio de esta noche incandescente

con su risa tronando en al azogue

No hay dos días iguales en mis días

animales oscuros

a orillas del deseo

(Inédito)

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