Número de edición 7724
Espectáculos

Segunda parte de la entrevista a Marcelo Leites

Segunda parte de la entrevista a Marcelo Leites

En esta entrega, el escritor revelará algunos secretos más sobre su hacer literario y otros detalles más.

Por Rolando Revagliatti

“…lo que buscamos desesperadamente es la belleza, sea lo que fuere la belleza…”, afirmás concluyendo tu análisis de “El arte de mal-decir” de Liliana Díaz Mindurry. Extrememos: ¿qué será la belleza?

ML — Bueno, en principio, opino que se trata de una pregunta retórica. Como preguntar “¿qué será la poesía?” o “¿qué será la felicidad?”. Porque es más bien una sensación física, ¿verdad?; difícil de traducir a un lenguaje racional. Pero no imposible, claro.

Un gran narrador y poeta, Juan José Saer, en su ensayo “El río sin orillas” —así denominado por el Río de la Plata—, afirma (cito de memoria) que cuando miramos un determinado paisaje y nos deslumbramos por su belleza, nos quedamos sin palabras, salvo por los adjetivos (que son lo más pobre que tiene una lengua, ¿no?); sin embargo, —dice— hay una serie de elementos que están dentro de nuestra percepción —cómo reverbera la luz sobre el agua, las sombras, la intensidad del viento, el movimiento ondulante del río, las formas del follaje, las especies de árboles y el tono del verde de sus hojas, etc.—, que hacen que impacten exactamente de esa manera en nuestros sentidos.

Eliot habla del correlato objetivo en un sentido análogo, pero aplicado a la escritura. En fin, creo que no importa demasiado cuál es el significado de la belleza; porque sentimos la belleza o no la sentimos; y, si no la sentimos, el mundo se vuelve infinitamente más pobre. Como dice el maestro norteamericano: “Es difícil obtener noticias de los poemas / aun cuando los hombres mueren miserablemente todos los días / por carecer / de lo que se encuentra allí.”

Desarrollaste en Facebook desde 2009 —tengo entendido, nunca estuve en Redes— una labor bastante impresionante (¿hasta hace poco?).

ML — Sí, Rolando, gracias. Me fui del face hace no mucho. Fueron varios años de aportes ininterrumpidos; la idea era utilizar el muro del face como plataforma literaria; y así lo hice. Al principio posteando sólo poemas, a la manera de la biblio; pero a diferencia de ésta, sólo uno o dos poemas de cada autor, y cortos, o no muy largos.

Después los acompañé con imágenes ilustrativas, cuando lo consideraba oportuno; más adelante, agregué pensamientos, refranes, cuentos cortos, fragmentos de novelas, de ensayos, de filosofía, de psicología, de ciencia. Cada día publicaba unas seis entradas promedio. Después se me ocurrió despedirme de mis lectores (pocos, pero calificados lectores, la mayoría poetas, claro), todas las noches, con música.

Entonces efectuaba una selección generosa de cada músico o compositor. La idea era sintetizar las diferentes etapas de un artista en algunas obras o canciones (de seis a veinte, pongamos) y con estilos tan diversos como corresponde al eclecticismo propio de mis gustos. Después se me ocurrió hacer lo mismo con los artistas visuales; así fue como desfilaron plásticos, escultores, fotógrafos, cineastas.

Un artista por día, de cada disciplina. También armé otra sección que se llamó “Un poema y una crítica”; y otra que se llamó “Adagios”, que consistía en conformar una antología de frases, dichos, apotegmas, refranes, reflexiones de distintos artistas, humoristas o pensadores. También generé debates que obtuvieron cierta repercusión porque participaban muchos poetas en la devolución de un cuestionario que establecí en base a distintos temas relacionados a la creación poética.

Todo eso fue en los primeros años; después los visitantes de mi muro fueron mermando, hasta quedar unos pocos fieles, que eran seguidores, también, de la Biblio; y, en consecuencia, fui mermando las publicaciones y desanimándome cada vez más. Pero, en fin, fue un lapso muy intenso, de búsquedas y lecturas de todo tipo, de las cuales el principal beneficiado fui yo y unos pocos lectores.

Considero que la devolución que tuve fue incomparablemente menor al tiempo, la dedicación y el esfuerzo que me demandaba mantener el muro con la calidad y la cantidad de publicaciones que pretendía; eso, más la censura, que sufrí en seis oportunidades; y, sobre todo, el tiempo que le restaba a mi propia escritura y a mis otras actividades, fueron los principales motivos para desactivar mi cuenta y borrarme del face.

Por otra parte, lo que ocurre adentro del face no difiere demasiado de lo que ocurre afuera: en el “ambiente” literario. Cada día que pasa me convenzo más de que sólo dos cosas resultan gratificantes, vitales e imprescindibles: el proceso y la escritura del poema ANTES de que sea leído; y la lectura generosa, desinteresada e infinita de poemas no escritos por uno, que quizá siga siendo uno de los pocos motivos válidos para dejar de escribir o para no escribir demasiado y, mucho menos, publicar demasiado.

TODO lo demás: la editorial, la publicación del libro, la presentación, los recitales, los festivales de poesía, las revistas de poesía, los blogs y páginas virtuales, las críticas, los elogios, la inclusión o exclusión de algún grupito, la difusión, e incluso todas las redes sociales, son aleatorios y muchas veces dependen de relaciones espurias, de vínculos oscuros, de intercambios miserables, del posicionamiento que tenga el poeta en el ambiente y de los que buscan desesperadamente figurar en el podio o bronce, y hasta son capaces de vender su alma al diablo con tal de lograrlo. No es precisamente por buena fortuna que en nuestro país haya poetas sobredimensionados y otros, olvidados o no reconocidos.

Es desalentador advertir a los mediocres que odian o envidian a los que se ganaron el lugar que ocupan merecidamente; lugar que ellos jamás podrían ocupar porque no les da el cuero; ver a los que se destacan tratando con cierto desprecio o indiferencia a los que recién empiezan a escribir; notar que a veces se aplaude más el circo, el autobombo, el sentimentalismo y la ignorancia que la calidad de un poema; para no mencionar “la moral del codazo” de la que hablaba Juan L. Ortiz, y que sigue tan vigente como entonces: las trenzas, la devolución de favores, las arbitrariedades, la corrupción de algunos de los Festivales de poesía más importantes de la Argentina.

Aclaro, nobleza obliga, que no pretendo con esto bajar línea o establecer un juicio moral; cada uno sabe lo que hace. Tampoco yo soy totalmente del color del trigo; pero lo que sí estoy poniendo en tela de juicio son los sistemas de legitimización que posee la literatura en nuestro medio, donde últimamente pareciera que la estética o la calidad de una obra fueran elementos insignificantes y anacrónicos. Todas esas cosas que suceden hacen que uno se repliegue, no sólo del face, sino también, del mundo, en general.

Julio Anselmo (Diario “El Litoral” de Santa Fe, 12.9.2009) destaca de “Resonancia de las cosas” dos versos: “secreta complejidad / de lo simple”. ¿En qué narradores hallás que se cumple esa secreta complejidad?

ML — Bueno, en principio no pensaba en narradores, sino en poetas. Y la encuentro en varios que admiro: Fabio Morábito, José Watanabe, Oscar Hahn, César Fernández Moreno, Nicanor Parra…

Pero ahora que vos lo planteás, Rolando, es un estilo que se puede detectar también en narradores, justamente, los que más se acercan a la poesía: Marcel Proust, Franz Kafka, J. D. Salinger, Paul Auster, Haruki Murakami, Alessandro Baricco, Juan José Saer y Marcelo Cohen, entre otros. Considero que los principales recursos para llegar a ese “estado de total simplicidad / que cuesta simplemente todo” (según Eliot), dentro de la escritura, son: la visualización, la precisión, la transparencia, el relieve y la concentración.

Cuando Santiago Espel presentó públicamente en octubre de 2009 el poemario del que me surgió la pregunta anterior, adujo que ese libro fue a él con “la resonancia de ese sonido que viene de muy lejos en forma casi imperceptible y desaparece de la misma manera.” ¿Sonrisa del gato de Cheshire, sapito sobre el agua o chapoteo de castor en el barro?…

ML — Interesantes esas imágenes vertidas por Espel en su presentación de “Tanque australiano”, están muy bien, estoy de acuerdo. También se puede comparar con el famoso haiku de Basho, ¿no?: “Un viejo estanque; / al zambullirse una rana / ruido de agua”. El concepto de “resonancia” es bastante polisémico. En primera instancia, pensé en la manera en que las cosas “resuenan” en la memoria y qué recorte hace la consciencia, al transformarlas en escritura. Se trata, también, de lo que en teatro se denomina “memoria emotiva”. El poema busca captar un instante tan fugaz como la felicidad, pero que permanece en la memoria, como un ostinato en la música.

Poemas tuyos fueron incluidos en muestras antológicas de revistas.

ML — Sí; en algunas pocas. Destaco especialmente “El Poeta y su Trabajo” (Nº 29, de 2008), cuyo director era el poeta argentino Hugo Gola, quien residió muchos años en México, el que con anterioridad dirigió otra, que se llamaba “Poesía y Poética”; ambas cuentan entre las mejores del género en Latinoamérica.

El Consejo Editorial estaba integrado por los poetas mexicanos Juan Alcántara, José Luis Bobadilla, Iván García López, y la querida Tania Favela Bustillo. Recuerdo la calidez del maestro Gola cuando me hablaba por teléfono desde México (habremos hablado una decena de veces, en el transcurso de los años) y cómo había asimilado el legado de Juan L. Ortiz; cada vez que nos comunicábamos alguna lección me dejaba, ya sea en el modo de “pararme” en la literatura, como en cuestiones de estética; pero también de ética, una palabrita que parece no existir dentro de las nuevas generaciones de poetas (y, a decir verdad, en muchas de las viejas, tampoco).

Además, estoy en “El Augur Mediterráneo” Nº 8-9 (1993), que dirigía Jorge Montesino en Paraguay. Los consultores eran: Montserrat Álvarez, Hernán Jaeggi y Mara VacchettaBogino. Nucleaba básicamente a poetas del Paraguay, Brasil, Uruguay y Argentina.

En el número referido, también había poemas de Miguel Ángel Fernández y Ramón Corvalán (Paraguay) y Manuel Bandeira (Brasil); en “Borrón y Cuenta Nueva. Revista de Cultura Entrerriana”, Nº 4 (1998), cuya sección literaria estaba a cargo de Luis Alberto Salvarezza, en Concepción del Uruguay; allí en compañía de Héctor Izaguirre (crítico de la vieja guardia muy reconocido en mi provincia), Graciela Paoli, Rubén Darío Roude y Laura Erpen; con mi poema inédito “Otoño”, en la revista mexicana “Blanco Móvil”, cuyo Nº 124, de 2013, estuvo dedicado a “Poetas y narradores del Interior de Argentina” e incluye textos de treinta poetas (Leonardo Martínez, Elena Anníbali, Santiago Sylvester, Juan Carlos Moisés, Alejandro Schmidt, Jorge Spíndola, Eliana Drajer, Hernán Jaeggi, Ricardo Costa, Mariana Vacs…) y doce narradores (Angélica Gorodischer, Patricia Severín, Susana Romano Sued, José Gabriel Ceballos, Lilia Lardone, Selva Almada, Gloria Lenardón…) originarios de las provincias de Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Mendoza, Buenos Aires y de la Patagonia.

Uno de los personajes de la novela “El mundo deslumbrante” de Siri Hustvedt, afirma: “Todos somos culpables de mantener los estereotipos.” ¿Con qué asociarías a partir de esta frase?

ML — No conocía la frase de Siri, tampoco la novela donde está incluida; pero entiendo que quiere decir que en el habla cotidiana la sociedad se maneja con frases o lugares comunes, sin cuestionarlos; lo que no acuerdo con ella, es que, por eso, la gente deba sentirse culpable.

La culpa es una idea cristiana que rechazo enérgicamente. Uno comete errores, pero no es culpable (salvo cuando se trata de un delito penal). En todo caso, son estereotipos que impiden que la gente se comunique desde otro lugar; por ejemplo, ese lugar que buscan los poetas, para evitarlos, justamente.

¿Le damos todo su lugar a la Biblio?

ML — Aquí no puedo dejar de mencionar a otro de mis benefactores, una mujer en este caso: la entrañable poeta Selva Dipasquale. En 2007 compartimos un proyecto que consistía en una encuesta para determinar estadísticamente si la gente leía poesía en nuestro país; cualquiera que no fuera poeta podía contestar; la cuestión es que el blog de Selva (que después eliminó) se llamaba “¿Ud. lee poesía?”.

Otra de las intenciones fue que las personas incorporen a otros poetas que no fueran Mario Benedetti o Pablo Neruda, dentro de sus lecturas; y ahí es donde surge “Ud. lee poesía2”, que después fue rebautizada y adquiriendo, progresivamente, la forma que ahora tiene. Me gratifica por el bagaje de lecturas que he adquirido desde su origen; porque la lectura en profundidad de los grandes poetas te ayuda a ubicar en una dimensión más justa tu escritura.

Fijate que yo no me he incluido como poeta. Deliberadamente, porque una de las razones de mi rechazo a los blogs que recién empezaban, eran los blogs de escritores que se auto promocionaban, se auto alababan todo el tiempo y contaban todo lo que habían hecho desde que se levantaban hasta que se acostaban; lo que pensaban, lo que miraban, las minas que se habían garchado y publicaban lo que habían escrito, cada dos minutos, aunque fuera una porquería, etc.

Y yo quería hacer algo completamente diferente. No hablar de mí ni de mis poemas; por eso tampoco tengo un blog personal. Mi objetivo era difundir la obra de los otros, en un arco que fuera lo más amplio posible; algo así como una pequeña biblioteca de Alejandría de la poesía. Y creo que tan mal no me ha ido. Se trata de un blog que ha sido reconocido por distintos medios —nacionales e internacionales— como insoslayable en el habla hispana. Tiene un promedio de 120 visitas diarias, e incluye poesía de todo el mundo, también ensayos, algo de narrativa y música, con más de 4.000 entradas; sólo en el último mes fueron visitadas 20.000 páginas.

En la mayoría de los casos, la fuente de la Biblio. proviene de libros de mi biblioteca privada; pero en ocasiones, los poetas también me mandan sus obras, por correo postal o en Word, o de las dos formas. La Biblio. cuenta con colaboradores que han tenido la gentileza de traducir poesía en lengua inglesa, italiana, francesa, griega o rusa, especialmente para la biblioteca, y que publiqué en forma bilingüe; como hago cada vez que publico poemas en otra lengua, por razones obvias.

Además, hubo aportes de poetas que yo no conocía, de una determinada zona del país, como los cordobeses que me pasó María Teresa Andruetto o los de la provincia de La Pampa, que me pasó Sergio De Matteo; también los uruguayos que compiló Martín Palacio Gamboa, en su antología; y poetas mexicanos de los que supe a través de Iván García. Hay colaboradores que ya no están, otros que participan en forma esporádica, como Abril Chamorro, Sandra Gudiño, Catalina Boccardo y Marina Kohon; y otros, que lo hacen en forma permanente, como Valeria Cervero, cuya contribución consiste sobre todo en facilitarme libros de poetas argentinos editados recientemente; o Cecilia Figueredo, poeta que ha ilustrado el blog, con sus fotografías.

Por lo demás, trabajo absolutamente solo, con un criterio que estimo riguroso en cuanto a la selección del material que voy a publicar o que voy a dejar afuera. El criterio va de lo legible, a lo excelente; lo que considero que está cortado en versos y publicado como poemario, pero que contiene textos que no son poemas, no lo publico; tampoco publico poemas regulares o mediocres; por supuesto que esto depende de mis gustos personales; pero también de un background muy grande de lecturas que me permiten determinar con cierta objetividad, cuándo un poema es bueno y cuándo es malo; y los matices que hay en esa especie de “jerarquía”, para darle a cada uno el espacio que creo se merecen.

Otra cuestión que tengo en cuenta a la hora de elegir el material es respetar, en principio, todas las estéticas e incluir poetas muy diferentes entre sí, a veces con estilos confrontados, pero cuya calidad considero por igual, incluso cuando ninguna de ellas sea la estética a la que yo adscribo en mi escritura o en mis propias lecturas. Lo que te quiero decir es, lisa y llanamente, que a veces subo poemas que no están dentro de mis gustos personales. Creo que ese eclecticismo es imprescindible en el arte. O, al menos, lo es para mí. Porque amplifica la percepción y, en definitiva, nos enriquece como lectores.

Respecto a la selección antológica, si bien no hay nada mejor que leer el libro entero de un autor (lo cual hago antes de quedarme con los poemas que considero más logrados), hay en esta elección un recorte: recorte que juzgo necesario en esta época. Vivimos atiborrados de información, y la literatura no es la excepción. La semana pasada estuve “limpiando” una biblioteca digital que tenía grabada en un DVD: libros completos de narrativa, ensayos y filosofía. Eliminé por lo menos el cuarenta por ciento, no sólo porque algunos no me gustaban o me parecían malos, sino porque se trataba de materiales que no voy a leer nunca, ni siquiera por curiosidad. Porque, aunque uno quiera, no puede leer TODO lo que existe; para bien o para mal, estamos condenados a elegir; así que el recorte, la selección o la antología, la hacemos siempre, de una u otra manera.

Para terminar, sólo me resta felicitarte cálidamente, Rolando, por este trabajo minucioso y exhaustivo que te has tomado, para realizar esta entrevista, cosa nada frecuente con el desarrollo que vos le das, por lo menos acá, en la Argentina. Nunca me hicieron tantas preguntas sobre el oficio y nunca hablé tanto sobre mis actividades artísticas. Así que mi agradecimiento y pudor, por partida doble. Ojalá encuentre a sus lectores. A sus pacientes y nunca tan bien ponderados lectores.

Marcelo Leites selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

MUERTE DEL PINO

 

III

 

Todo nuestro trabajo

no es sino subir y bajar

peldaños

de una escalera

interminable

 

(de “El margen de la aldea”)

 

DESDE LA COSTA

V

A veces llegamos al río sin habernos movido

del lugar que ocupamos en nuestra mesa

y las costas, la arena que contiene el agua,

algún pez muerto y todo el paisaje

parecen estar dentro de uno.

Salir se vuelve entrar a lugares habitados

tantas veces por todos

que hay pocos lugares deshabitados.

Uno de ellos es el alma

donde casi no llegamos

y cuando lo hacemos

entramos en puntas de pie.

(de “El margen de la aldea”)

 

LA MÚSICA PERDIDA

 

I

Algo resuena en tu cabeza ahora, cuando ya la noche

ha dejado atrás las estrellas y los paraísos sombrillas

se cubren de una fina pátina blanca.

Algo resonaría sin duda, desde el fondo de un naufragio.

Viene en oleadas un fox-trot envolvente desde un salón

iluminado por arañas fantásticas

y se deslizan como seda los pies de los bailarines

en cerámicas con dibujos orientales.

No se trata del vuelo que engendra la danza

o el cuerpo a cuerpo de una pareja abrazada

que inventa otro idioma en voz baja.

Ni exactamente de la música ni del olor

de perfumes franceses sabiamente combinados con la alta

cocina que impregna el ambiente. Ni de suntuosidad

a la manera de una Serenata a la luz de la luna.

Más bien es la resonancia de todos esos elementos

que ahora se mezclan en tu cabeza.

El recuerdo de algo ocurrido en otro espacio

y en otro tiempo y la certeza

de que en realidad nunca estuviste ahí.

Mientras tanto, el fox-trot continúa

habría continuado dejando escuchar el glamour

de vasos de champagne entrechocándose

y un poco más apagados risas

y rumores de conversaciones intrascendentes.

Tampoco se trata de pertenecer

a una clase de gente que siempre te ha dejado afuera.

Se trataría de un lugar de la memoria

en el que alguna vez estuvieras, al sesgo, como los chicos

detrás de la puerta de un mundo que no los contiene

o como una vez escucharas el blues por la ventanita

del sótano de un pub donde un negro tocaba el saxo

Cerca de la medianoche y el sonido se llenó de un humo

que hubieras querido respirar.

Sí… entonces mirabas la escena, y la fiesta

comenzaba para vos cuando todos se habían ido.

Entonces ciertas mujeres se convertían en Afroditas

que te incitaban a una gesta alucinógena.

Pero nadie te invitó nunca a ninguna fiesta

aunque esa música todavía resuene

como la letanía de un canto gregoriano,

aunque el olor del coriandro y el sabor de las uvas

y una negra al son de La vie a rose

te digan que todavía estás ahí.

(de «Ruido de fondo»)

TANQUE AUSTRALIANO

I

Y una noche de luna llena

pegamos la cara en el espejo

entramos descalzos a la noche

y sin saber qué esperar

bajamos al tanque australiano

bajamos despacio

deslizamos por las paredes de chapa

los cuerpos desnudos.

Los pies agitan el agua,

un estanque en medio del desierto.

No hay desacuerdos,

un entendimiento tácito entre nosotros.

Nos basta con estar dentro del tanque

y mirar las estrellas.

La conciencia se aquieta y respiramos

el mismo aire que respiran los caballos

en el campus militar de enfrente.

Disparos de rifles sacuden el letargo,

enfrente.

—Son sólo tiros al blanco.

—Pero suficientes como signo de época.

Y bajamos todavía más, casi tocamos el fondo

y contuvimos la respiración bajo el agua

y vimos algas y hojas sumergidas

y sedimentos y escuchamos

el sonido atemperado del mundo

y más y más navegamos en nuestro tanque

y giramos una vez y otra vez

por las paredes de chapa y en cada giro

algo nuevo veíamos

y un nuevo canto oíamos.

—Ése que está adentro del sauce

es Juanele.

—Y al costado está el filodendro que plantó

Veiravé.

—Y el que parece un árbol de letras, ¿quién es?

—Ah… Leónidas viajando aún en su capuchón.

—¿Ves también los sembrados y los pescadores

mirando más allá del espinel?

—Sí, pero lejanos, casi inalcanzables.

Y había también sirenas, las mismas sirenas

de Ulises cantaban un canto de opio

y desaparecieron cuando quisimos tocarlas.

Flotando en el agua del tanque

vimos la ciudad inclinada entre la villa

y las luces de neón y las pantallas ciegas.

Y vimos los ejércitos de hormigas

que durante años llevan sobre sus hombros

los ladrillos para construir su casa

antes que el veneno las liquide

antes que el país las expulse

definitivamente.

Sentados en el borde del tanque

nuestra mirada horadó los pastos,

los árboles y el río lejano.

Y nuestra mirada seguirá horadando

escrutando entre la niebla

las partículas de polvo en el aire

y el sol que anuncia el fin del día.

(de “Tanque australiano”)

*

ECO

Para Joaquín

Multiplicada rebota en el cemento.

Los aros no la contienen.

Pica, repica, pica pica repica.

El sonido de la pelota atraviesa

la cancha y se propaga

más allá del juego.

No estoy pendiente del todo

de los puntos ni del resultado.

Veo tus piernas llevando

ventaja en la carrera

hacia la meta esquiva:

La exacta combinación de velocidad

y detención, los cambios de ritmo,

los pases precisos.

Te veo defender el balón

con uñas y dientes,

encestar cada pelota

como si jugaras el último campeonato.

Puedo ver esos gestos

como la única manera

de pararte frente al mundo.

Y puedo verme con el mismo impulso

pero ya no sé dónde ni cuándo

perdí el último partido

ni cuándo ni dónde volví

a ponerme de pie

como ahora lo hacés vos

para recuperar el equilibrio.

Repica, repica pica pica.

(de la serie “Constelaciones” de “Resonancia de las cosas”)

SI…

Si supieras hasta dónde llega la mirada,

y cómo se unen las raíces en el jardín,

cuánto necesita la tierra de la lluvia.

Si supieras que el aire para respirar es uno solo

y una el agua pura necesaria para vivir,

si supieras que los árboles crecen aún bajo la sombra

y que cada flor tiene un aroma único

pero sin embargo son todas necesarias.

Si supieras que la vida no es un film en tecnicolor,

pero tampoco en blanco y negro

y a pesar de eso la sangre sigue corriendo

en una sola dirección;

si pudieras olvidar esa musiquita minimalista

que suena cada tanto en una radio lejana

y que tan poco tiene que ver con la música

que suena en nuestra cama de cedro.

Si pudieras separar la paja del trigo

y el árbol del bosque

y beber de la sola fuente de luz,

esa que sale de las manos juntas.

Si dejaras que los pájaros levanten vuelo

sabiendo que igual todos los días

vuelven a trinar bajo la ventana;

entonces, podrías darte cuenta

de que el único nombre

que pronuncio

es el tuyo.

(Inédito)

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