Número de edición 7823
Espectáculos

César Bisso, segunda parte de la entrevista

César Bisso, segunda parte de la entrevista
César Bisso, segunda parte de la entrevista

En esta entrega el escritor desarrolló más cuestiones relacionadas a la literatura y otros temas.

Por Rolando Revagliatti

Década la del ‘90 en la que coordinabas, organizabas, viajabas…
CB —
Coordiné las actividades literarias de la Segunda Bienal de Arte Joven de Buenos Aires, un festival de cultura organizado por la Federación Universitaria de Buenos Aires y dedicado a los estudiantes universitarios del país. Era el año 1996.

Impulsamos mesas de lectura, conferencias y tres premios literarios (poesía, cuento y ensayo).
Al año siguiente me animé a organizar en el Centro Cultural General San Martín las “Jornadas de Poetas Santafesinos”, donde llegué a nuclear en tres noches diferentes a Hugo Padeletti, Amelia Biagioni, Rubén Vela, Diana Bellessi, Jorge
Isaías, Sara Zapata Valeije, Concepción Bertone, Daniel García Helder, Patricia Severín y varios poetas más. Me gustaría repetir esa experiencia, porque fue un verdadero muestrario de la obra de poetas que se identificaban por una única referencia: ser santafesinos. Y si bien ya había participado por primera vez en 1996 en el Festival de Poesía de Rosario, donde el público rosarino acompañó cada noche con mucho fervor, sobre todo cuando Juan Gelman cerró el festival, fui nuevamente invitado en 1998 como ganador del Premio “José Pedroni”.

Fue uno de los festivales más convocantes, con la presencia del peruano Antonio Cisneros, el colombiano Juan Manuel Roca, la uruguaya Circe Maia y el chileno Gonzalo Rojas. Fue muy conmovedor, porque más allá de la poesía, hubo interrelación entre los participantes. Noches de anécdotas increíbles y mucho alcohol, hasta después del alba.

Y la presencia afectiva de jóvenes poetas: Lisandro González, Cintia Samperi, Sergio Gioacchini, Pablo Ascierto, Fabricio Simeoni, Andrea Ocampo, Sebastián Riestra, entre otros. Y, además, reencontrarme con la poeta corondina y amiga de
la vida: María Paula Alzugaray. También surgieron nuevos compañeros de otras generaciones literarias, como Ana María Russo, Reynaldo Sietecase, Roberto Retamoso, Jorgelina Paladini, Enrique Diego Gallego, Héctor Berenguer, etc.

En fin, “Isla adentro” fue el caballo de batalla de esos años. Significó una bisagra en mi obra poética, no por el premio, sino porque abarcaba una temática que reforzaba un estilo y, a la vez, me situaba con una miraba abierta a la naturaleza,
donde el pasado se vuelve devenir y lo inmutable se vuelve travesía. “Recrear la naturaleza, comprenderla, dotarla de un sentido. El mundo está allí y no necesita de nosotros. Somos nosotros quienes, para perdurar, debemos resignificarlo.

Exiliado en la naturaleza, el hombre tiene el lenguaje; éste parece ajeno al cielo, al agua, a la tierra. Y, sin embargo, sólo el hombre es capaz de nombrarlos, de recuperarlos para sí, recuperándose: ahí está su salvación” … Estas palabras
pertenecen a Delia Pasini, quien presentó el libro junto a Marcelo di Marco en el Centro Cultural Ricardo Rojas, en la primavera de 1999.

Pero ese año no sólo presenté un libro de poemas: me había embarcado junto a Susana Villalba y Fabián San Miguel a organizar el Primer Festival Internacional de Poesía de Buenos Aires, auspiciado y respaldado económicamente por el Gobierno de la Ciudad.

Presentamos aquella idea a los funcionarios de Cultura y al poco tiempo se transformó en un gran proyecto: desde el exterior trajimos poetas de reconocimiento internacional, como José Emilio Pacheco, de México, la portuguesa Ana Luisa Amaral, el español Juan Carlos Suñén, el francés Dominique Sampiero, el brasileño Ferreira Gullar, el peruano Arturo Corcuera, el ecuatoriano José Adoum y el paraguayo Elvio Romero, entre tantos.

Incluso enviamos invitación oficial a los premios nobeles Dereck Walcott (Islas Vírgenes) y Seamus Heaney (Irlanda), quienes se excusaron por haber asumido compromisos previos en su agenda, al igual que Edoardo Sanguinetti (Italia), Ives Bonnefoy (Francia) y José Hierro (España).

¿Se imaginan la magnitud que hubiese adquirido aquel festival con todos ellos presentes, más los argentinos que fueron convocados, más todos los que hicimos fuerza desde afuera como público? Porque nuestra premisa fue invitar a
reconocidos poetas foráneos, así como a argentinos residentes en nuestras provincias: Néstor Groppa, Juan Carlos Moisés, Miguel de la Cruz…

Sólo nos permitimos una mesa de los notables, integrada por Leónidas Lamborghini, Madariaga, Giannuzzi, Rodolfo Alonso y Antonio Requeni. Queríamos que los poetas porteños y los residentes escucharan a aquellos visitantes lejanos, o los nuestros, los más silenciosos, que rara vez acudían a Buenos Aires.

Lamentablemente no se pudo organizar otro festival con un fuerte apoyo oficial. Un festival que me dejó una amistosa relación con José Emilio Pacheco. En esos días me transformé en su lazarillo. Lo recuerdo el último día de su estadía
llegando a mi casa, con un gran muñeco para mi pequeña hija Guillermina. Y después, sentado a la mesa del comedor, saboreando un bife de chorizo a la parrilla, algo que para él era el manjar más exquisito. Creo que todos los días pidió
en el hotel el mismo plato, acompañado de un buen vino tinto. Al final de esa tarde lo acompañé hasta el aeropuerto de Ezeiza. Fue la última vez que lo vi. Conservo su cordialidad, su grandeza de poeta y los bellos libros que me obsequió. Y mi hija guarda aún aquel “bananas en pijamas” que le trajo de regalo.

Me causó mucha pena su absurda muerte.
El nuevo siglo nació con un acontecimiento inesperado. Resulta que en el año 2000 fui invitado a un festival de poesía en la ciudad de Santa Rosa, La Pampa.
Acudimos poetas de distintos rincones del país (vos, Rolando, y yo, regresamos a Buenos Aires en el mismo avión), y allí surgió el grupo Bar a Bar, como consecuencia de transitar de un bar a otro cada noche pampeana en que duró el
festival.
Sólo eran dos lugares, pero para no aburrirnos, estábamos un rato en cada uno. Lo integramos cuatro poetas: Eduardo D’Anna, de Rosario; Rogelio Ramos Signes, de Tucumán (aunque de origen sanjuanino); Rodolfo Álvarez, de Junín,
provincia de Buenos Aires; y yo. Aquella aventura nocturna se transformó luego en un entrecruzamiento de risueños dislates que empezamos a escribir en la revista “Maldoror”, que Álvarez dirigía.
Durante más de dos años intercambiamos en sus páginas poemas y cartas, para luego plasmar la amistad en lecturas del grupo que realizamos en Rosario y Buenos Aires.

Pero hasta allí llegamos, disfrutando de una experiencia
encantadora. A mitad de ese año viajé a París por razones profesionales. Fue un viaje que incluyó las ciudades belgas de Brujas y Bruselas. En esta última ciudad me pude involucrar en un festival de jazz y poesía, donde descubrí muy buenos artistas de la talla de Pierre Viana, Pierre Van Dormael, Jean Louis Rasinfosse y Fabien Degryse. Todo aquello que proviene de lo imprevisto adquiere una rara sensación de identidad y pertenencia.

En la legendaria Plaza Mayor la emoción me atravesó el alma y no importaba conocer el idioma o la historia, sólo alcanzaba con estar, compartir, ser uno más en esa maravillosa tribu de artistas paganos. Aquellas dos tardes/noches en Bruselas fueron increíblemente bellas, imposible de olvidar.

Concluyendo estamos un milenio en tu rememoración y comenzando el actual.
CB — A fines del 2000 perdí a una amiga: Amelia Biagioni. Una hermosa mujer y extraordinaria poeta, oriunda de Gálvez, provincia de Santa Fe. Me llamaba por teléfono y el saludo comenzaba con un “hola, negro chupa naranja”. Así le saben decir los galvenses a los corondinos, en una batalla dialéctica entre “gringos” y “negros”. Siendo pueblos vecinos, ellos se identifican con la tierra arada en una región de inmensos sembradíos y cuantiosos ganados. Nosotros con el río y la pesca, en una vasta región arenosa donde abundan las frutillas y las naranjas.

En 2002 concurrí con Rubén Vela, Liliana Heer y Willy Bouillón a la Feria del Libro Santa Fe para dar una charla sobre “la escritura del exilio”, por la razón de que éramos cuatro escritores que habíamos abandonado la provincia, aunque no por razones políticas.

Para los organizadores el concepto se relacionaba más con el hecho de conocer la vida de aquellos escritores que fueron a buscar otros horizontes y testimoniar si la distancia va enfriando a través del tiempo la relación con el lugar de origen. No era mi caso en especial, porque siempre estuve ligado de alguna manera al quehacer literario santafesino, pero mis acompañantes habían perdido la brújula. Para ellos fue un “dejavu” aquella experiencia.

Quizás por esa razón participé en el 2004 en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, representando a mi provincia. Antes había sido convocado varias veces por la Fundación El Libro, pero como un poeta más asignado a mesas de lecturas o presentación de libros. Pero esa vez el gobierno provincial se acordó que había escritores santafesinos residentes en otras partes del país y les dio la oportunidad de agregarse a la delegación.

A partir de allí mantuve una relación más estrecha con mis pagos. Sobre todo, cuando al año siguiente la Universidad Nacional del Litoral publica una antología con poemas reunidos de todos mis libros. “Las trazas del agua” llegó a las librerías de las ciudades principales gracias al empuje de la editorial universitaria. Para un poeta era algo insólito.

Además, conté con el respaldo institucional, porque en cada presentación estuvo presente el Rector junto a sus colaboradores, ya sea en Santa Fe, como en Coronda, Rosario y Buenos Aires. Aquí nos animamos a presentar el libro en la sala mayor de la Biblioteca Nacional, junto a su director, Horacio González, y Rubén Vela. Los amigos acompañaron a pleno. Además, el poeta Hugo Diz me invitó en esos días a presentar la antología dentro de las actividades del Festival de Poesía de Rosario.

Antes, en el 2004 también participé en el “Mayo de las Letras”, que organiza la Provincia de Tucumán, con la presencia de poetas nacionales y extranjeros. Primero leímos en San Miguel de Tucumán, la capital, luego nos dividimos en duetos por distintas ciudades del interior. Junto al poeta español Pedro Enríquez viajé a Monteros.

No parecíamos poetas, porque nos nombraron oficialmente visitantes ilustres. Para nosotros era una situación inusual (en mi caso, sólo había sucedido en 1998 en Rosario, cuando la Intendencia me concedió el mismo halago), que recibimos con sumo placer y agradecimos con una fervorosa lectura de poemas. Al día siguiente terminamos, y los poetas nos volvimos a reunir en Aguilares, para el cierre de aquellas jornadas. Allí descubrí al poeta platense Gustavo Caso Rosendi, una grata revelación literaria.

En 2005, la editorial Prometeo publicó un volumen de ensayos sociológicos donde me hizo partícipe, sobre la problemática del mundo actual y bajo el título de “Discutir el presente, imaginar el futuro”. Fue mi primera incursión en una edición no poética, ya que desde mi profesión de sociólogo sólo había publicado notas de opinión en diversos diarios y revistas.

En 2006 aparecieron dos nuevos poemarios: “De lluvias y regresos”, un texto que “intenso y bello como todo lo genuino, por doloroso que fuere, hace un espacio a la esperanza; este sentimiento que, nacido del deseo y la obstinación, responde a lo más intrépido y amoroso de la condición humana y respira y se expande cada vez con más decisión”, consideró Graciela Zanini.

Y desde Bogotá, Colombia, me informaban desde la Editorial Arquitrave acerca de la publicación de “Coronda”, una especie de antología que reunía poemas ya editados e inéditos. Aquel bello producto sólo se distribuyó en las universidades colombianas, según el estilo de Harold Alvarado Tenorio, a quien agradeceré por siempre su buen gesto y su generosidad como editor. Por suerte recibí una decena de ejemplares para conservar como testimonio.

En 2007 concurrí al Festival Internacional de Granada, Nicaragua. Una ciudad de ensueño, con poetas de todo el mundo y con el acompañamiento de la música folclórica nacional (por ejemplo, la del célebre Carlos Mejía Godoy entonando su “Nicaragua, Nicaragüita”) y de una comunidad afectuosa. Fue una semana plena de emociones, de sensaciones irrepetibles.

Más allá de las lecturas y reuniones en distintas sedes y en todos los horarios (mañana, tarde y noche), en el último día se celebra el entierro simbólico de algún mal o de algo que afecte a la humanidad. Esa vez, estoy casi seguro, le tocó a la intolerancia. Entonces concurren delegaciones de todo el país, con sus reinas y comparsas, formándose un gran desfile carnavalesco que recorre las calles de Granada hasta el borde del lago de Nicaragua.

Al principio del desfile va una carroza donde en cada esquina se sube un poeta y lee su poema por los altoparlantes para todo el público que acompaña desde las veredas. Al final del desfile viene la carroza fúnebre con su respectivo ataúd y la intolerancia dentro. Cuando se llega a orillas del lago, comienza la ceremonia de despedida, arrojando el féretro a las aguas junto a una lluvia de flores.

La idea del festival, año tras año, es despojar del mundo terrenal todos los males que nos afectan. Y la poesía es la mejor herramienta para expulsarlos. Una hermosa idea que todos los poetas presentes compartimos: Ernesto Cardenal, Thiago de Mello, Carlos Germán Belli, Ida Vitale, Waldo Leyva, Norberto Salinas, Paolo Ruffilli, Luis Antonio de Villena, Gioconda Belli, Omar Lara, Amir Or, Marco Antonio Campos…

Pero lo más bello lo experimenté en la pequeña localidad de Masaya, donde se gestó la revolución sandinista. Allí fuimos con el peruano Renato Sandoval y otros poetas a leer frente a más de quinientos alumnos primarios y secundarios de las escuelas de la zona. Ellos nos recibieron con sus bailes típicos y canciones al compás de la marimba, el instrumento de percusión más tradicional de la música nicaragüense.

En 2008 cambié mi lugar de trabajo, dejando atrás tres años como coordinador de prensa del Ministerio de Cultura del Gobierno de la Ciudad, donde se llevó a cabo una ardua gestión de mucho esfuerzo, sudor y lágrimas: desde la restauración del Teatro Colón y el Centro Cultural General San Martín hasta aquel encuentro entre dos ciudades, Praga y Buenos Aires, a través de dos grandes escritores: Kafka y Borges.

Vinieron escritores checos a dar conferencias sobre Franz Kafka y desde aquí invitamos a reconocidos escritores y periodistas locales a participar de animadas charlas sobre el gran escritor argentino y sus innumerables anécdotas. Pero mi nuevo trabajo me alejó de una vida cultural activa, porque me involucré con mi profesión de sociólogo y comencé a viajar por todo el país participando de operativos relacionados con la seguridad social.

No obstante, ello, me hice un tiempo para seleccionar —junto a la escritora Graciela Zanini— a nueve poetas jóvenes argentinos de diferentes regiones geográficas y registros poéticos (Andrés Cursaro, Claudia Masin, Silvio Mattoni, Paula Jiménez, Javier Foguet, Alicia Salinas, Rodrigo Galarza, María Julia Magistratti y Adrián Campillay) para una edición de Arquitrave en Bogotá, Colombia.

Aunque, esporádicamente, continuaba regresando al ruedo: en 2009 participé en la Alianza Francesa de la presentación de una antología de ocho poetas argentinos pertenecientes a la provincia de Santa Fe, que publicó la editorial Abra Pampa en París.

Y ese mismo año apareció un nuevo poemario, “Permanencia”, editado por el sello Juglaría, de la ciudad de Rosario, o, mejor dicho, por mi entrañable amigo Reynaldo Uribe [1951-2014], a quien extraño mucho. “Este libro encarna el azaroso decurso y hallazgo de lo maravilloso como culminación de la travesía”, expresó el poeta catamarqueño Leonardo Martínez [1937-2016], otro ser querido que la muerte se llevó.

Al año siguiente participé del Simposio Internacional de Literatura que organizó en Buenos Aires el Instituto Literario y Cultural Hispánico, con sede en California, Estados Unidos. Y en 2011 comenzaron las “travesías poéticas virtuales” entre Paris y Buenos Aires, con poetas franceses que leían nuestros poemas y poetas locales que hacían lo mismo con los vates galos.

Aquel año culminó con la edición bilingüe de un libro, con poemas de todos los participantes, también realizado en París. Y en 2012 viajé a Perú, para participar del Primer Festival Internacional de Poesía de Lima, organizado por Renato Sandoval y con más de medio centenar de poetas convocados: el inolvidable Lêdo Ivo, Carlos Germán Belli, Ana Guillot, Arturo Corcuera, Carlo Bordin, Jacobo Lausín, Graciela Zanini, Antonio Cisneros, Omar Lara, Leonardo Martínez, Julio Salgado, Manead Cobo, Marco Antonio Campos, Verónica Sonde, Juan Carlos Mestre, Homero Carvalho, José Ángel Leyva, Ramón Cote, Francis Catalana, Susana Swir y Edwin Madrid, entre los que ahora recuerdo.

Nos acercamos a tu libro de ensayo y a tu último poemario.

CB — En el año 2014 la Editorial Ciudad Gótica, de Rosario, publica mi primer libro de ensayo —o un intento de llegar a ese género literario—, “Cabeza de Medusa”, el que trata sobre la creación poética y el entorno social del creador. El profesor Roberto Retamoso se refiere al mismo indicando que “desde la mirada de Bisso, va de suyo que el poeta crea a partir de un entorno social.

Pero ese vínculo que funciona como un a priori o supuesto en toda su enunciación, nunca se concibe de manera determinista y causal, al modo de las antiguas historias y sociologías de la literatura. Por el contrario, para Bisso hay siempre un hiato, una hendidura, que separa taxativamente el espacio de la poesía del espacio social en general”.

En fin, estimo, humildemente, que es un volumen para debatir entre colegas y docentes. Por tal motivo Sergio Gioacchini, el editor, se inclinó por acercarlo a las librerías que funcionan dentro de las facultades de Letras.

Mi último poemario data del 2016 y lleva el nombre de “Un niño en la orilla”. Es un homenaje a Coronda, a mi infancia, a los amigos, emociones y vivencias de entonces. Pero también dedicado a las dolorosas ausencias y los grandes amores. Transcribo las palabras del joven poeta corondino León Komoroski, en el prólogo del libro: “Me permito llamar a César Bisso el poeta de la memoria, porque no encarcela a la infancia con viejos almanaques, sino que la echa a volar para que siga viva. Estos poemas son aquellas bandadas de pájaros que cruzaban el cielo rumbo a las islas. Imágenes y paisajes, que son también nuestros, y en ellos se vivencia fecundo, constante, el río. Y ese niño que aún permanece en la orilla” …

Y recientemente, en enero, participé del XVII Encuentro Nacional de Poetas con la Gente, que se realiza en la provincia de Córdoba, dentro del Festival Nacional de Folklore de Cosquín. Los organizadores reunieron a poetas y cantautores de diferentes provincias, para que el público que convoca el festival pueda acceder a otras voces, más allá de los grupos y cantantes conocidos. Durante nueve lunas —como ellos dicen— suben al escenario (ubicado a dos cuadras de la Plaza Próspero Molina y del escenario llamado “Atahualpa Yupanqui”) tres poetas y tres cantautores por noche, para ser escuchados por quienes no ingresan al festival y se quedan deambulando por las cercanías. Y como es libre y gratuito, el público nos acompañaba hasta después de la medianoche, cuando la otra fiesta comienza a tomar color. Una interesante propuesta y una buena oportunidad para reencontrarme con más compañeros de ruta, como Fernando López, Claudio Suárez, Hugo Rivella, Gerardo Burton, César Vargas, Leandro Calle, Carlos Aprea, Patricio Torne, Bruno Di Benedetto y Jorge Felippa.

¿Por qué la poesía…?

CB — La poesía siempre ha sido para mí una vocación de fe y fidelidad. La fe consiste en dejarme arrastrar por la pasión. La fidelidad radica en no pensar para quien escribo. La poesía sólo acontece inesperadamente, por eso brinda emociones increíbles, difíciles de explicar. Suelo encontrarme con ella inmerso en el don misterioso de aquellas palabras que sugieren más de lo que dicen. Desde ese lugar intento la búsqueda de lo inasible, de la verdad que se encuentra alojada en la profundidad del lenguaje. No me interesa la verdad que proviene de lo absoluto, de lo instituido, del poder de los mesías; sólo adhiero al espacio más puro y profundo que ofrece el universo de las palabras, de los sentimientos, de las imágenes y de las emociones. Al poema hay que hallarlo sobre un papel en blanco —advierte Maurice Blanchot— si lo que uno busca es la armonía del lenguaje y sus diferentes acepciones, la posibilidad de viajar por todos los sentidos y temas, abarcando de diferentes maneras la idea de crear algo nuevo. Esa es la misión del poeta, su mayor compromiso como creador. Porque desde la palabra puede transformar el mundo, como pregonaba Gabriel Celaya; puede hacer llover, como deseaba Paul Valéry; hacer florecer la rosa, como soñaba Vicente Huidobro. Quiero decir que de la misma manera que una mariposa puede ocasionar un terremoto, una sombrilla puede sostener al planeta Tierra. No importa si es cierto. En la escritura poética no habita la certeza, sino la permanente sensación de duda, de incertidumbre. Y desde allí trato de comprender el sentido estético y ético de la poesía. En mi libro “Permanencia” figura un poema titulado “La faena” y representa, para mí, el derrotero de un poeta en el momento de la creación, donde todo se transforma en una gran tormenta y frente a ella aparecen todas las angustias, todos los temores, hasta que algo o nada se nos revela. Siempre estoy tratando de encontrar desde la escritura nuevas sendas. No quiero recurrir al oficio de escribir, acostumbrarme a una manera cómoda de expresar las cosas. Prefiero mirar al mundo desde el borde del poema mientras espero una epifanía.

“Misión del poeta”, nos decís.

CB — El poeta debe estar atento a los aconteceres de la realidad social. Simplemente porque el poeta es un hombre cualquiera, como afirmaba Raúl González Tuñón, y no debe resignar su condición social, su dialéctica o sus ideales. Pero cualquier hombre no es un poeta, agregaba don Raúl, y allí es donde prima la voluntad de escribir acerca de lo que transcurre a nuestro alrededor, sin perder de objetivo el lugar de la poesía. Fuera de ella todo es posible. Y dentro de ella también. Pero son caminos diferentes. Eso nos enseña César Vallejo cada vez que lo leemos, más allá del extraordinario compromiso social y humano que prodigó a lo largo de su vida. Asimismo, el deseo de vivir poéticamente nos lleva a rozar siempre lo prohibido, ya sea desde lo instituido o desde lo que queremos hacer y no nos animamos. Vivimos en ese límite. Es un límite que queremos cruzar. Necesitamos encontrar la senda y, mientras estemos en ella, seguramente tendremos posibilidades de seguir adelante, de descubrir algo nuevo. Porque si nos quedamos en el límite, lo más probable es que el mundo se nos cierre en el primer intento.

El río. Frente al río. El poeta frente al río.

CB — Allí es donde puedo dialogar conmigo mismo. Es el lugar que tiene que ver con mi historia personal y con la naturaleza vista como un espejo. Siento el paisaje de mi pueblo como un lugar alejado del mundo, pero no desde el aspecto físico, sino desde lo más profundo de mis emociones. Estar frente al río de mi infancia es como vivir un autoexilio interior vinculado con la memoria, con las pérdidas, el devenir y el silencio. Pero al igual que sus aguas, todo fluye. Y la memoria es la herramienta necesaria para escribir mi presente y el río es la mejor metáfora para plasmar esa sensación, cuando todo se transforma en poesía. Porque desde una concepción netamente metafísica creo que la naturaleza cumple la función simbólica de ser el eje del mundo, el tránsito hacia todos los lugares posibles. Nada se puede hacer sin ella, tampoco sin el río. La relación río/naturaleza como producto de la mirada, no de la pertenencia.

Amigos, compañeros de ruta te han ido surgiendo y con nosotros compartiste sus nombres. Circunstanciales unos, entrañables otros y, hasta diría, algunos, imprescindibles.

CB — Los antiguos griegos llamaban pharus a los fanales que iluminaban la entrada a los puertos. Desde mi perspectiva literaria me gustó llamar faros a quienes supieron alumbrar el sinuoso camino de mi poesía. Sin lugar a dudas esa primera torre que iluminó al bajel de las ilusiones, como antes te contaba, fue Francisco Mian, un profesor de Literatura, en mi juventud santafesina. Luego siguieron otros, como Raúl Gustavo Aguirre y Rubén Vela, en el derrotero de mis primeros años por la gran urbe porteña. Y después vienen los que remaron (y aún reman) a la par en la vida, muchos de los cuales ya fui nombrando. Agrego los de algunos extranjeros con los que alterné en festivales, de entre los más cercanos al corazón: Zingonia Zingone (Italia), David Castillo (España), Ales Steger (Eslovenia), Gary Daher Canedo (Bolivia), Luis Bravo (Uruguay), Carlos Enrique Ruiz (Colombia), Gloria Gabuardi (Nicaragua), Lucy Chau (Panamá), Rogerio Mora (Cuba), Etnairis Rivera (Puerto Rico), Roberto Arismendi (México), Waldina Mejía (Honduras), Thomas Boberg (Dinamarca), Adnan Ozer (Turquía), Solange Rebuzzi (Brasil) y José Muchnik (argentino radicado en Francia).

*
César Bisso selecciona poemas de su autoría para acompañar esta entrevista:

No saber

El río persigue lo que no fue dado.
¿Bastarían credo, diálogo, letanía,
ascender al espacio de inmortal verdor?
De haber diluvio, sacramento, caos
en el cielo y en la tierra ¿tendría
la eternidad rumbo de aguas estancadas?

Brotan incontables ojos en medio de la isla.
Alrededores de espuma. La serpiente ignora
y desliza fuego de cometa terrenal. El destino
no acaba en su veneno ni en mi resistencia.
Miro el río. Estremece no saber lo que da.

(de “Isla adentro”)

*

Contra viento y marea

I

La palabra desgarra,
grita, alumbra.

II

Desesperar. Seguir siendo.
Quebrarme. Mirar más allá,
a pesar de mí.

Para que pese menos
el silencio.

III

Tiembla el poema
ante quien lo desea.

Espejo abolido
la impaciencia del fuego.
Marejada y hambre
donde crepita el cuerpo
de la palabra.

IV

Perdida al fondo de una página,
no advierte que los párpados
se vuelven muros.

Y el poeta resplandece en el infierno.

(de “Lluvias y regresos”)

*

Pescador del Carancho Triste

El pescador huele a silencio.
Al alba tiende las redes en el anchuroso cauce.
Mansamente rema hacia la otra orilla,
inclina el torso a un costado de la canoa
y recoge desde la hondura los frutos sagrados.
El filo del cuchillo apresura la muerte,
dedos carcomidos hurgan entre anzuelos.
Al mediodía, del aro de metal descuelga la carne
y una olla con grasa caliente la vuelve fritura.
La siesta traspasa la marisma y venera al sauce.
En el rancho el hombre friega la oscura corteza,
dispersa escamas por encima de su compañera.
Fornica como si alzara con regocijo un dorado.
Después regresa al oficio de tallar en el agua.

El pescador nada pide y poco tiene.
En la pobreza reside su donación a la vida.
Atizado por el vino, alardea con el nombre del paraje:
“aquí la gente come hasta las tripas de lo ganado”.

El carancho vigila, tristísimo, sobre la rama.

(de “Un niño en la orilla”)

*

Criaturas de la orilla

Quien se desliza por la orilla es el hombre, no el agua.
Ella está quieta, enlutada de invierno.
Abriga lívidas criaturas deseadas por el cazador.
El párpado no se cansa, intuye lo que vendrá.
Sombras montaraces ondulan el crepúsculo.
El disparo es silbo de viento perezoso.
Un ruido expira entre alas de siriríes que se alzan tras los juncos.

El paisaje transforma el gesto del hombre, no el canto enfurecido.
¿Adónde va la sangre, dónde cae el plumaje sin cuerpo?
El cazador alza la presa sobre el hombro y retorna a la guarida.
Los patos orbitan la orilla. La calma surca el barro.
Sólo el silencio espera la muerte futura.
El agua es la última fortaleza.

(de “Un niño en la orilla”)

*

El viaje

A Lédo Ivo

El duende se desliza por las escaleras del morro
bajo el sordo desamparo de la noche.
De pronto encuentra la estación de autobuses
y rodeado de murciélagos aguarda la hora
cuando la lluvia vomita sobre la tierra.
Antes, lo vieron vaciar bolsos malolientes
en busca de un poema extraviado, alguna vez,
entre la ropa pegajosa de los pobres.
Aquí no hay nada —le dicen— sólo dolor disperso
en alcantarillas. ¿Sólo dolor? pregunta, moroso de frío.
¿Y cómo regreso a casa? ¿Cuál es la boletería?
El autobús, a punto de partir al país más profundo,
demora la marcha hasta que leven sus pequeños pasos.
Llega a sentarse en la última fila, donde el mar
ya no escucha a las gaviotas
y la tierra se transforma en un cielo azul, inefable.

(“Inédito”)

*

Caballo de Vivoratá

Solo
en medio del pajonal
envuelto en bruma,
anclado como un álamo.

Solo
sin jinete en el lomo.
Ojos abiertos al horizonte,
centinelas de su propia sombra.

Solo
entre fango y vizcacheras,
hunde sus patas en el bañado
a la espera de una lluvia lerda.

Solo
en medio de la soledad
apaga el sol con un relincho.

Y hace desaparecer la tarde.

(Inédito)

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