Número de edición 7717
Espectáculos

Pequeño dossier a propósito del libro ‘Historietas del amor’ de Rolando Revagliatti

Pequeño dossier a propósito del libro ‘Historietas del amor’ de Rolando Revagliatti

Prólogo de Hugo Enrique Boulocq para el volumen “Historietas del amor” (RundiNuskín Editor, Colección: La Hoguera, Buenos Aires, la Argentina, noviembre de 1991) e incorporado, con apenas algún cambio, a las ediciones electrónicas de 2011.

Rolando Revagliatti

Prólogo

En estos cuentos es posible que el lector se encuentre, casi frontalmente, ante un juego de imágenes cuyo tono sensual sobresale y se anima de un modo particular lo narrado. Como si se tratara de una proyección cinematográfica, la ficción estalla sin demasiados preámbulos; después de algunos trazos breves, eficaces, la trama se enciende y llega al erotismo, a la ironía, a la sátira, es el sueño descarnado, la ilusión oscura, la fantasía en paso de comedia.

Detrás, entre los pliegues lingüísticos del decorado, el intelecto de Revagliatti, observador de esa realidad donde comienza el terreno común de la semántica, sustantiva, verbaliza, ajusta las palabras como si fuesen resortes de los sentidos. Y el festín principia. La sensación de espacio, de ambiente, es tan rápida que anula la distancia con el texto; descripciones apretadas, concisas, síntesis intachables, muy a propósito para un ritmo narrativo ceñido al galope de las frases, definen la brevedad del tiempo en el que todo ocurre como si nada pasara –aunque pase y pueda mirarse, tocarse, oírse, sentirse, pensarse.

Más allá, franqueándonos la entrada a la representación verosímil de la realidad –que no es el mero detallismo superficial de lo real-, el arsenal discursivo del autor se convierte notoriamente, como recurso técnico y posibilidad significativa, en una indagación aguda acerca de lo previsible y precario de la existencia.

Pero Rolando es un escritor concreto, y como tal sabe y demuestra que esa indagación bien puede ser un reflejo. Por eso sus textos exhiben el pulido suficiente para que el lector se mire y se reconozca, se ausculte mientras pasea por el sexo y la bohemia, las calles conocidas y las caras apuradas, los bares, los arquetipos, el teatro independiente, sin falsos pudores, sin fruslerías ni banalidades, llamando a las cosas con el nombre que aquí y ahora tienen, en el idioma que poseemos como un código de arraigo, desgracia, goce y permanencia, en la lengua que por sí sola nos funde a la experiencia colectiva del fracaso y del éxito. Quizás porque el coloquialismo utilizado como un estilete sea lo que mejor pone a prueba, denuesta o ridiculiza los valores gestuales, las virtudes estériles y las normas huecas de la hipocresía.

Aventuro, por todo ello, que la coincidencia tonal, temática y estructural de estos cuentos no es, no puede ser casual. Porque la soltura del lenguaje importa desde ya un desprejuicio al ser acompañado por una búsqueda de sentido en la transgresión –y el autor esgrime, por ejemplo, la ironía como tal; porque la recurrencia hedónica en el hilo argumental, aunque a veces sea sólo andarivel del psicologismo que también demuestra conocer al dedillo, logra por sí misma interesar a los sentidos en experiencias concretas que actúan como paradojas de nuestros temores, pasividades y sueños reprimidos; porque la bien compuesta economía de cada relato obtiene, en fin, que la coherencia apuntada se transforme en un único y sugestivo encuentro con la literatura que practica.

Y concluyo con un breve párrafo de Pavese, quien nos dice a propósito del escritor, a nosotros lectores y a los críticos, sobre la necesidad de “convencerse de que, si un escritor elige ciertas palabras, ciertos tonos y giros insólitos, tiene por lo menos el derecho de no ser condenado de inmediato, en nombre de una precedente lectura donde los giros y las palabras eran más ordenadas, más fáciles o solamente diferentes. Esta tarea del lenguaje es la más vistosa, pero no la más ardiente. Por cierto, que todo es lenguaje en un escritor que sea tal, pero basta justamente con haberlo comprendido para encontrarse con un mundo de los más vivos y complejos, donde la cuestión de una palabra, de una inflexión, de una cadencia, se vuelve enseguida un problema de costumbre, de moralidad. O, sin más, de política”.
Le queda al lector, ahora, comprobarlo por sí mismo.


Hugo Enrique Boulocq
1991 / 2011

“Fugaz, aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de ‘Historietas del amor’”, por Santiago Castellano.

Abre la puerta: Habitación a oscuras. Entra (entro) con decisión, pero no sin cautela, tantea, lo tantean, se deja tantear: Tanta manito para qué. Es hurgado. Oh. Es desvestido. Oh. Es desnudado. Oh. Tanta manito para qué: Ahora ya lo dejan (in)tranquilo, a solas. Encerrado (dentro de sí) en la penumbra comienza a ver. Mira (miro), no sin asombro ve: ¿Ojos de gato? ¿Luciérnagas? ¿Cerraduras?

Se acerca, se agacha, se acurruca y ve: Monumental, la contoneante figura avanza, hasta mostrarle el mapa, en detalle, de una anhelante pollera a cuadros. Escucha voces, además. “Sé que, para vos, yo, de alguna manera y a contramano, existía, aunque no correspondiese a tu tipología favorita.” Gatea (gateo) hacia un costado: Otra cerradura. Espía, fisgonea, observa, y la fruición lo comienza a desbordar.

“Creadas las condiciones de río revuelto, pescar, arrebatar los numerosos peces, los peces atávicos de tu soterrada lujuria.” Se deja llevar. Los cuerpos del otro lado se abrazan, se enloquecen, se sobrepasan. Un temblor lo (me) atraviesa. ¿Fiebre? ¿Éxtasis? Se siente demasiado solo (se siente sentirse solo, más profundo en el hueso aún). Decide probar con otra puerta, roza el picaporte e intenta abrir. No puede. Aguza la pupila y se enfrenta con un par de ojos, ávidos, saltones, neblinosos, que le devuelven la mirada.

Se ve mirar en el agua de esos (propios) otros ojos y, horrorizado, súbitamente, se aleja latiendo a más no poder. Decide (decido) seguir el juego hasta el final (¿juega? ¿es un juguete? ¿se deja jugar?), camina, tropieza, se agacha; las escenas, escenarios, giran dentro de sí. “Boca arriba, me anegó un estado de hondo misticismo. La tristeza era una sustancia densa y liviana.” La última cerradura es una tiniebla que lo envuelve en su abrazo cegador, felpa de la noche despidiéndose. Los susurros se acercan, lo toquetean, lo recorren, lo visten, lo empujan hacia afuera, hacia la luz.Cierro la puerta, levanto los ojos, dejo de leer.

Santiago Castellano
Verano del ‘91

  • “Fugaz, aunque aleccionadora experiencia bajo los influjos de ‘Historietas del Amor’”, a modo de epílogo fue incluido en el volumen “Historietas del Amor” de Rolando Revagliatti (RundiNuskín Editor, Buenos Aires, 1991), y en 2011 en las ediciones electrónicas. El texto de Santiago Castellano fue concebido a partir de las primeras versiones de las prosas “Vergüenzas que afrontar”, “¡A escena, actores!”, “La llama de la patria”, “Debut inocuo”, “La mujer que me llevó a la cama”, “Espectador”, “Her-manos”, “Roger Vadim” y “Llegaron los reyes”.

Impresiones”, por Hugo Alberto Patuto

Hay en estos cuentos una galería de nombres de mujeres (Fortuna, Teresa, Olga, Mariela, Cuqui, Helia, Gloria) diseminados en párrafos que se estructuran combinando sabiamente el deseo de poseer con el aire victorioso que su consumación entraña. Hay referencias a la música, como una forma de quebrar el espacio del contacto carnal para convertirlo en algo sugestivo y envolvente. Hay citas extraídas de libros de Henry Miller o Tennessee Williams para prolongar el mensaje literario en el clima del encuentro total.

Un héroe furtivo recorre cada texto. Alguien que asume el llamado del goce dispuesto a entregarse hasta lindar con el delirio. Lo importante estriba, pues, en el vigor con que Revagliatti anima a ese fauno acechante; generalmente, la energía parte de la experiencia artística, o laboral. En “La llama de la patria” surge de un planteo existencial. Mientras comienza a desarrollarse el argumento, uno toma conciencia de cierta revelación –“ars amandi”- que progresivamente despliega su labor para culminar en abierta transferencia. El autor nos hace partícipes del sentido del sexo como instauración de identidad en el marco de lo real, un sello poderoso y definitivo.

Los cuentos traen a la memoria el culto a Dionisos y lo que inspira como adentramiento en la condición humana. Señalo, asimismo, que el carácter festivo se mezcla aquí con la nostalgia. Pasiones violentamente desatadas, voluptuosidad que reina por encima de gestos y palabras son elementos equilibrados con ingenio, cediendo terreno ante el rechazo, la resignación o, simplemente, un cambio de ruta.

La mujer vacila entre la seriedad y el desenfreno, si bien es cierto que ambos extremos sintetizan, según el efecto que persigue Revagliatti, el aporte a la conjugación que vislumbra el intercambio erótico.

Hugo Alberto Patuto
31 de enero de 1991

*“Impresiones”, a modo de epílogo fue incluido en el volumen “Historietas del amor” de Rolando Revagliatti (RundiNuskín Editor, Buenos Aires, 1991), y en las ediciones electrónicas de 2011. El texto de Hugo Alberto Patuto fue concebido a partir de las primeras versiones de “Musicales”, “Teresa o de nuestras vidas para siempre”, “Vergüenzas que afrontar”, “Cuatrocientas”, “La llama de la patria”, “¡A escena, actores!” y “Habla Gloria”.

Comentario bibliográfico de Viviana Estabio a partir del libro “Historietas del amor” de Rolando Revagliatti (RundiNuskín Editor, Buenos Aires, la Argentina, 1991), publicado en “Horizonte de Cultura” de la ciudad de Junín, provincia de Buenos Aires, probablemente en 1992.

Alejado de todo romanticismo, el autor presenta una serie de historietas, de pasiones ambientadas en este siglo: un debut sexual con una embarazada; los entretelones de los protagonistas de una obra teatral, sus vidas reales que se funden con la ficción; un perfecto retrato machista, donde el protagonista aborda a cuanta mujer se le acerca jactándose de su intensa actividad seductora; Remigia, una vida insignificante y con aspiraciones limitadas; la experiencia reflexiva acerca de una aventura erótica con una viejita; la soledad masturbada de un sujeto narciso; un conato genital (menstruación mediante); un plan de seducción lésbico; un desfile de escenas que nos llegan a través de “los ojos” del “Espectador”, que culminan con una eyaculación inesperada o ¿esperada?; abundantes orgasmos y acostumbradas infidelidades; la iniciación de un vínculo incestuoso entre hermanos; una relación con final feliz (fanfarroneando tristemente el varón); otro varón llega a su “Cuatrocientas” mujer con la que intimará; un amor desencontrado insertado en una historia familiar.

Historias acaso caricaturescas, o será que Revagliatti parte “del sentido del sexo como instauración de identidad en el marco de lo real”, según la apreciación de Hugo Alberto Patuto, epiloguista del volumen.

Con un estilo frontal y pretenciosamente sensual, alardeando de su vocabulario que gira en torno a la misma temática, sus apretadas narraciones trasmiten intrascendencia a cada una de las situaciones, sin embargo, se me ocurre que con la clara intención de que el lector a partir de su lectura indague, se busque, se reconozca.

Sí es verdad que en el transcurso de los textos ofrecidos se tiene la sensación de una proyección cinematográfica. Es notable en “Habla Gloria”: “…fundas cubiertas de discos por aquí y por allá y los auriculares sobre un bafle… Contra un sillón de cuero… reposa el retrato de Gloria adolescente…El teléfono sobre una mesita rodante…”, etc.

En fin, historietas que están un poco más acá del amor y un poco más allá de la vulgaridad.

Breves comentarios sobre ‘Historietas del amor’ de Rolando Revagliatti:

Juan Carlos Pellanda (Buenos Aires, 12.11.21): “Saliste de lo tradicional, de lo remanido. Y a mí no me importa si violaste el delgado límite de la pornografía. A veces, no podés con tu genio y salpimentás tus ensaladas con esos condimentos castizos de honda raíz castellana. Divierten, estimulan, como si fueran afrodisíacos en el relamerse de la lectura.”

Silvia Emilse Salomón (Rosario, Santa Fe): “Excelente en su género y estilo. Te confieso que no es muy común mi inclinación o elección o incursión por este tipo de literatura, así que más gusto tuve de leer tus cuentos y encontrarte en esas historias de siempre y de nunca, que jamás envejecen ni pasan de moda ni se echan a perder porque cada generación las reverdece y las recrea y les da su propio sentido.”

Santiago Espel (Vicente López, Buenos Aires, 1991): “…tu álbum de fotografías cotidianas, tus historias comunes y descomunales. La verdad es que me divertí enormemente con ellas. Muy sensuales. Muy de kermesse aristocrática (si esto es posible).”

Marco Denevi (Buenos Aires, 22.1.1992): “Le confieso que últimamente son pocos, muy pocos los libros de narrativa que no me aburren. ¡Tan cultos, tan enrevesados, tan empachados de teorías de Derrida o de Barthes, tan pretenciosos, tan ininteligibles! Sus ‘Historietas del amor’ convierten la lectura en un placer continuado. Uno paladea su prosa sin hartarse nunca. ¿Por qué? Porque ningún artificio se interpone entre los unos (los personajes) y los otros (los lectores). Todos van juntos a vivir las aventuras que usted narra. Esa ‘comunión’ (si me perdona la palabrota) es la mayor gloria de la literatura. Y el resto es puro macaneo. Le agradezco haberte devuelto la potentia coeundi para la lectura de obras de ficción. No me prive de conservarla.”

Lidia Esther Lobaiza de Rivera (Coronda, Santa Fe, 1995): “Este libro me ha hecho encontrar los elementos fundamentales de la cuentística, como son la economía de palabras, el direccionismo sin falsos circunloquios, la ausencia de pinturas innecesarias, y los finales de innegable corte sorpresivo. Lo que más me ha impactado es el lenguaje literario que utilizás. Son de notable elaboración poética.

En ellos se evidencia un conocimiento tanto de la técnica como dominio del flujo narrativo. Es un manejo de un vocabulario de nivel excelente, culto, que da paso a la fina ironía, al sueño (o los sueños), las ilusiones acorraladas en el alma, a la sátira, la fantasía, el erotismo inocultable. Es un lenguaje de los sentidos, donde el accionar de los protagonistas nos demuestra la brevedad y futilidad del tiempo.

Me regocija la fina ironía con la que vos, narrador, en primera persona te introducís y hurgás en las profundidades de tu personaje, para llegar a la raíz misma, esa cuerda erótica vibrante, esa causa no tan escondida, sino agazapada, que provoca los hechos narrados, el ‘ocurrir’.

A partir de un pensamiento, de una idea, de un anhelo, de una situación de un personaje se manifiesta la historia, cargada, sensual; la técnica permite la sensación y el placer; el juego de encontrar la punta de la madeja enredada y rápidamente comprender giros, expresiones, elementos lingüísticos que nos permiten encontrar la punta y ordenar en la mente todo el material, con sus sensaciones, su atmósfera, su clima, las variaciones, dentro de esa geografía de la piel, y de la realidad física, sin falsos pudores, desnudando tabúes e hipocresías.”

Muestra narrativa de ‘Historietas del amor’:

La mujer que me llevó a la cama

La mujer que me llevó a la cama tenía treinta años. Me acorraló, me tomó por asalto. Con desparpajo, me hizo guiso. Desabotonó mi camisa fucsia de mangas cortas, boca a boca deslizó su chicle dietético, bajó el cierre de mi pantalón de pana y tanteó. Su olor, su inconmensurabilidad, me pudieron. Hasta entonces me habían bastado el ajedrez, mi empleo en la empresa de mis tíos, el físico-culturismo, la religión, Héctor, o Luis, tostarme. Me logró calentar lo justo, lo imprescindible. Y la monté…, mamá.

Turno

Fue al cabo de procurar sacarme el compromiso de adelante pronto cuando sólo logré un orgasmo chiquito, un orgasmo aprendiz, adusto y liviano. La decepción me inclina a dormitar. Y a soñar. Siento mucha necesidad de sentir que tengo. Llegará mi turno. No hay nada como disponer de todo un santo día no laborable para entregarse a los renovadamente castos, sempiternos y pasionales brazos de Morfeo.

Musicales

“Y después pareció como si ella asumiera el control de repente: con las paredes del coño se convirtió en un exprime limones por dentro, extrayendo y apretando a voluntad, casi como si le hubiese crecido una mano invisible.” ¿De quién sería inevitable que me acordara cuando leí esto? (Henry Miller, “Sexus”, Seis Barral, pág. 183): de Fortuna.

Más en su departamento de dos ambientes que en el mío de tres y a pocas cuadras de distancia el uno del otro, más sin planearlo que determinándolo por anticipado, más comenzando en desmayadas trasnoches que en horarios “convencionales”, extensas encamadas.Ambos, músicos: Fortuna, teclados; yo, cuerdas.

Me sorprendo ahora alucinando tu vibradora jugosa. Te invoco, incorregible Fortuna, al borde del suicidio o de la inercia, con tus mismos aires de siempre de princesa desasosegada.

Me casé con una cantante. No me quiere. Me hostiga, me acompleja. Iniciose en fase adúltera con un barítono, ornamentándome con tentaculitos, con cuernecillos de caracol. Hasta que otros conocí: de cabra de los Alpes, de búfalo, de jirafa, cuernos de gamo, de ciervo, de gamuza, de reno, protuberancias puntiagudas o imponentes de yack, de órix, de verraco del Pamir, de cabra del Tíbet, de toro de lidia, de rinoceronte: a cambio de sus trapisondas con exponentes líricos y pentagramáticos. Mientras, decido cómo concluir con mi esposa, próximo al límite de dificultad. Con la música a otra parte me iré, apenas logre seducir, desentrenado como estoy, a una bailarina.

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