Número de edición 7770
Espectáculos

Laura Forchetti: “Mi último libro está atravesado por la presencia de Guillermo Enrique Hudson”

Laura Forchetti

Laura Forchetti nació el 18 de septiembre de 1964 en la ciudad de Coronel Dorrego, provincia de Buenos Aires, República Argentina, donde todavía reside, alternando con largas temporadas en la ciudad de Monte Hermoso, en la misma provincia.

Por Rolando Revagliatti

 

Es Profesora Especializada en Educación Especial y Profesora Especializada en Estimulación Temprana, egresada en el Instituto Superior Nº 9 de la ciudad de La Plata. Participó en 2009 como invitada en el Festival Internacional de Poesía de Rosario. Ha sido incluida en las antologías “23 chichos bahienses” (2005) y “Poetas argentinas 1961-1980” (selección y prólogo de Andi Nachon, 2007).

Publicó los poemarios “Cerca de la acacia” (2007), “Un objeto pequeño” (en colaboración con la artista plástica Graciela San Román, 2010), “Cartas a la mosca” (2010), “Temprano en el aire” (2012), “Donde nace la noche” (VII Premio de Poesía Infantil Ciudad de Orihuela, Editorial Kalandraka, Pontevedra, España, 2015) y “Libro de horas” (Primer Premio en Poesía del Fondo Nacional de las Artes 2016, Editorial Bajo la Luna, Buenos Aires, 2017).

 Fue por teléfono que me explicaste lo concerniente a tu versión libre, lúdica e inédita a partir del poema de Pier Paolo Pasolini: “Who is Me?”, y entonces yo te invité a que incluyéramos ese texto de septiembre de 2011 al principio de nuestra conversación. ¿Quién sos vos, Laura?

 LF —Soy unaque nació en un pueblo de la llanura pampeana en 1964.

Tengo por consiguiente cuarenta y siete años llevados

(hace un rato me miraba al espejo

y veía las manchas lívidas alrededor de mis ojos);

mi padre murió en el 2000, mi madre está viva.

Ya no lloro cada vez que lo recuerdo,

pienso en sus manos femeninas

con olor a madera, naranjas.

Él había llegado de Italia en el ‘49.

Venía de un pueblo alargado como una serpiente

sobre los Apeninos centrales: Casalanguida;

pude ver, después, sus campanarios.

(Esta mañana me despertó el reloj de la torre de la iglesia

con su campana de las cinco y media

y pensé por primera vez en eso.)

En cuanto a la poesía, empecé a los nueve años:

pero no era precoz, sino quieta y tranquila.

Quería ser una poeta de nueve años,

como las poetas ahogadas en el mar.

Ahora, en este pueblo en silencio,

donde la lluvia muere lentamente

y la tierra demora sus dones,

en diciembre las segadoras deshuesan el cielo

—ya no alimentan gaviotas

ni nacen hierbas sin nombre,

amargas y llenas de lo que se llama vida—

en otoño las abejas arden los girasoles

por el aire interminable y ausente.

Ahora, en este pueblo, todavía escribo

cuadernos y libretas que se olvidan.

La cosa más importante de mi vida ha sido la escritura,

hecha posible por lo indispensable: mi madre, mi padre,

mi hermana, Alejandro, los hijos, la compañía,

tantas mujeres, gente acercando su alimento.

En el 2008, en este lugar donde mi país

es de tal manera él mismo que no queda

posibilidad para las metáforas de la nacionalidad,

lleno de agricultores y pequeños comerciantes,

gente educada y prejuiciosa, poca fantasía,

en este pueblo publiqué mi primer libro de poemas

con el título impreciso de “cerca de la acacia”

(hay un dibujo con flores en la tapa, la luz de una sombra),

el árbol de la seda que me recibió

en la casa donde vivo, atravesada por el día

que recorre una a una cada habitación

de este a oeste, hasta dejar la cruz del sur

colgada sobre las plantas perdidas del patio.

No escribí esos versos en dialecto como Pasolini,

pero puse dos o tres palabras en italiano,

el idioma que mi padre conservó en su lengua,

como una articulación demorada, para siempre.

El libro estaba dedicado a él, aunque no lo leyó.

Le hubiera dado inmenso placer,

éramos grandes amigos, sin saberlo ni admitirlo;

nuestra amistad también formaba parte del destino,

estaba más allá de nosotros.

Lo veo ahora que ocupo sus años

o cuando converso con la gente por la calle.

La vergüenza y el miedo eran hacia mi madre.

Aquel librito dedicado a mi padre hablaba de nosotras;

lo que había visto los días de la muerte, la tristeza

en el cansancio del cuerpo y el terror,

mientras llevaba mi segundo hijo y le hablaba

en un parque con escaleras y figuras clásicas;

la sopa de las tías como en la infancia

y el olor de la ciudad que no era nuestra.

Le dije: Leelo si querés, no llores; o si no, dejá,

no importa, no te enojes que puse todo ahí,

no sabía qué hacer con estas cosas.

Pero ella lo leyó y me llamó por teléfono

para decirme que estaba bien.

Dijo que los poemas eran los paisajes

en que vivimos, que podía detenerse ahí

para pensar, como a la puerta de una siesta

amarilla y pegajosa de polvo y moscas, flores

de paraíso que adormecen y consuelan.

Ahora son mis palabras, no las de ella, que recuerdan.

 

En el libro no hablaba de mis años fuera del pueblo

del que hui en el ‘88, ‘89 sin querer volver,

aunque sólo pude hacerme poeta aquí, en este sitio

en que los dramas son el alimento del viento,

corriente que pone un dedo sobre la boca y pide silencio.

Me dictaron algo donde estuve haciendo no sé qué cosas,

pero recién lo supe de regreso a la vereda

de los árboles aserrados en invierno, implorantes

como viejos que han abandonado a su locura.

Aquí supe que tenía que escribir y compré cuadernos

azules; hay ocho o nueve cuadernos azules guardados

en mi biblioteca, en ellos aprendí a escribir mis poemas.

Tenía treinta y seis años y empezaba de nuevo.

Todavía estoy en eso.

¿Tu primera lengua fue el italiano?

 LF —Sí, cuando tenía seis meses mi familia se trasladó a Italia y allí permanecimos por dos años. Mi padre era italiano, carpintero; mi madre, costurera, hija de español y tengo una hermana mayor, Perla, profesora de Literatura. En Italia, rodeada de tías y tíos, con la Nonna Domenica, aprendí a caminar, a hablar, a comer sola, a jugar con muñecas. De regreso en Argentina, en Coronel Dorrego, cursé el jardín de infantes y la escuela primaria. Hice la secundaria en el Colegio San José, con orientación docente y obtuve mi título de Maestra Normal Superior.

Residiste un tiempo en la ciudad de Bahía Blanca.

 LF — Entre 1989 y 1994. Allí conocí a quien es mi compañero desde hacemás de veinticinco años, Alejandro Lemus, y con quien tenemos dos hijos, Pablo y Vittorio. En Bahía concurrí a los talleres de Educación por el Arte en La Casa del Sol Albañil, que coordinaba Mirta Colángelo, mi gran maestra en poesía.

Antes, a partir de la vuelta a la democracia en 1983, había pasado por otros talleres de expresión artística. Esos talleres y en especial el contacto con Mirta Colángelo, cambiaron el rumbo de mi actividad docente, ya que empecé a dedicarme a coordinar talleres de lectura y escritura creativa en mi pueblo y en diversas localidades de la zona y dejé mi actividad en la educación formal.

Me especialicé en animación a la lectura y la escritura y en literatura infantil y juvenil: a través del juego, la experimentación, la reflexión: mi labor preferida y primordial: crear historias, descubrir la magia de una palabra, su sonoridad, reír con todo el cuerpo, emocionarse, imbuirse de la intimidad de ese contacto único a través del arte, especialmente en grupos con chicas y chicos.

¿Y Poesía en la Escuela?

 LF — Poesía en la Escuela es un proyecto creado por las poetas Marisa Negri y Alejandra Correa con el objetivo de que la poesía entre en las escuelas de todo el país, de la mano de poetas y artistas, con propuestas de talleres, festivales, lecturas, intervenciones públicas. Empecé a participar activamente de esta iniciativa colectiva e independiente en 2012.

En 2016 movilizó a más de sesenta escuelas de distintos puntos de nuestro país, de todas las modalidades y niveles. Se logró editar “Pie firme sobre cálido cielo”, una antología de poemas de quienes participaron en los talleres a lo largo de los años, donde se incluyen textos de chicas y chicos de Coronel Dorrego.

¿Algún otro encuentro potente y esencial?

 LF — El feminismo. En 2005, después de un taller de lectura de la novela de Julio Cortázar, “Rayuela”, con un grupo de amigas y mi hermana creamos un programa radial: “Y que los platos los lave otro”.

Programa que se transformó en el primer espacio feminista en Dorrego, generando eventos sociales y culturales diversos: ciclos de cine, conferencias, talleres, presentaciones de libros, marchas, jornadas en la calle, muestras artísticas, intervenciones.

Y así nos fuimos conectando con grupos feministas de la región y de todo el país, coordinando acciones conjuntas, difundiendo y concibiendo eventos que concienticen sobre la necesidad del ejercicio pleno de los derechos para las mujeres y la solución urgente al problema de la violencia de género. El feminismo ha sido, además, un elemento de influencia ineludible en mi poesía y es mi lugar de militancia.

En radio ya habías incursionado.

 LF — A finales de los noventa, junto a mi amiga Laura de la Loza, creamos un micro radial sobre educación y crianza: “El hilo y el trompo”. Y desde 2005, por varios años, conduje “Todo lo maravilloso”, espacio dedicado a la literatura infantil. Los programas mencionados se trasmitieron por la AM La Dorrego y por las FM Manantial, Del Galeón y Del Sol.

Te mantuviste vinculada con el Espacio de la Editorial Vox.

 LF — Sí, en ese Espacio, fundado por Mirta Colángelo y Gustavo López, concurrí, en el 2000, al seminario dictado en Bahía Blanca por Arturo Carrera y Daniel García Helder, a través de una beca de la Fundación Antorchas. Ese seminario, además de permitirnos trabajar intensamente con nuestros textos, fue importante porque propició el contacto entre quienes estábamos escribiendo poesía en la región, pudimos intercambiar experiencias estéticas y creativas y establecimos amistades que perduran en el tiempo.

Otras experiencias, más o menos en esta línea, habrás tenido.

 LF — En 2001 inicié un trabajo de clínica poética —meticuloso, exigente, respetuoso— con la poeta, crítica y traductora Delfina Muschietti. Una década después me incorporé a un taller virtual de poesía coordinado por la poeta Roberta Iannamico; lo integramos escritoras y escritores provenientes de diferentes puntos del país y de diversos campos profesionales y literarios; es una experiencia muy enriquecedora, no sólo en relación al trabajo con la poesía, sino también, y especialmente, desde lo humano.

Otra influencia importante se produjo a partir del encuentro con la artista plástica Graciela San Román, también dorreguense. En 2003 me invitó a participar con mis textos en la muestra “Ando pidiendo verte”, que se realizó inicialmente en Coronel Dorrego en memoria de cuatro jóvenes del pueblo desaparecidos durante la última dictadura cívico-militar. A partir de ahí seguimos elaborando obras en torno a temas relacionados con derechos humanos y género.

En octubre de 2008 inauguramos, en la Biblioteca Rivadavia de Bahía Blanca, la muestra “Un objeto pequeño”, homenaje a María Salomón de Aiub, madre de Carlos, Ricardo y Marita Aiub, desaparecidos. La muestra consta de una serie de poemas de mi autoría y una colección de cajitas intervenidas por Graciela con hilos, bordados, objetos, elementos naturales.

En 2010 se presentó el libro “Un objeto pequeño”, con mis poemas y fotografías de las obras de Graciela. Libro y muestra anduvieron por La Plata, Bahía Blanca, Viedma, Puerto Madryn, y en tu ciudad, en el Centro Cultural de la Cooperación. Graciela es también la autora de las obras que aparecen en tapa e interior de otros dos libros míos: “Temprano en el aire” y el inédito “Pájaros o reinas”.

También trabajamos juntas, Rolando, en varias muestras relacionadas con la violencia hacia las mujeres, expuestas en Coronel Dorrego, Monte Hermoso y Bahía Blanca. Ahora estamos con el proyecto “Oración a la Madre Sandía”, un juego en que Graciela creó la imagen de la Virgen de la Sandía, con su altarcito portátil y yo escribí la oración, el rezo a la Bellísima Reina del Verano. Este proyecto se fue convirtiendo en un libro, la Oración con sus nueve imágenes, que deseamos poder publicar pronto.

 Entiendo que tu único libro de poesía infantil es el de 2015.

 LF — Sí, aunque hace ya varios años que vengo escribiendo poesía pensada para niñas y niños, lo que tengo publicado en poesía infantil es “Donde nace la noche”. Las ilustraciones que acompañan los poemas son de María Elina Méndez, que también es argentina y con quien fue un placer trabajar en el libro; sus dibujos, delicados, llenos de detalles y sugerencias, son una compañía de lujo para mis poemas.

 Administrás dos blogs.

 LF — Administro de manera bastante inestable dos blogs: “Todo lo maravilloso”, dedicado a difundir textos y poemas de las chicas y los chicos que participan de mi taller en Dorrego, en el que a veces se cuelan reflexiones, actividades, notitas relacionadas con el juego / trabajo con las palabras y “Paso de los teros”, donde suelo publicar mis propios poemas o notas sueltas, crónicas, casi entradas de un diario personal.

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