Número de edición 7644
Espectáculos

Guillermo E. Pilía: “La edad sin fisuras en el muro del mundo”

Guillermo E. Pilía: “La edad sin fisuras en el muro del mundo”

Guillermo Eduardo Pilía nació el 29 de octubre de 1958 en La Plata, ciudad en la que reside, capital de la provincia de Buenos Aires, la Argentina. Se graduó en Letras en la Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación por la Universidad Nacional de La Plata. Ejerce la docencia como profesor de lenguas clásicas y de teoría literaria.

Por Rolando Revagliatti

Es director de la Cátedra Libre de Cultura Andaluza de la UNLP, director emérito de la Cátedra Libre de Literatura Platense “Francisco López Merino” de la misma Universidad, titular del Aula de Taurología “Ignacio Sánchez Mejías”, vicepresidente del Consejo Argentino para las Relaciones con Andalucía, Secretario de Asuntos Académicos del Instituto Iberoamericano de Estudios Andalusíes, senescal de la Hermandad Literaria Generación del 27 y Miembro de Número de la Academia Hispanoamericana de Buenas Letras de Madrid.

Entre las principales distinciones obtenidas se encuentran el Primer Premio Provincial de Literatura “Roberto Arlt”, 1989; el Primer Premio de Ensayo en el Certamen Nacional “60 Aniversario del Fallecimiento de Horacio Quiroga” de la Sociedad Mutual de Empleados Públicos de Rosario, Santa Fe, 1997; el Premio publicación del certamen “Todos somos diferentes” de la Fundación de Derechos Civiles de Madrid, España, 1999; el Premio Al-Ándalus de la Federación de Asociaciones Andaluzas de la República Argentina, La Plata, 2010; el Premio a la Excelencia Literaria de la Unión Hispanomundial de Escritores, Orlando, Estados Unidos, 2016.

Toda su obra intelectual fue declarada en 2010 de interés cultural por la Municipalidad de su ciudad natal. En el género ensayo se editaron los volúmenes “La trascendencia en la espiritualidad hispana”, 1999; “Andalucía, tan lejana y cercana. Memorias de los inmigrantes andaluces de la región de La Plata”, 2002; “Los castellanoleoneses de La Plata”, 2005; “Diccionario de escritores de la provincia de Buenos Aires. Coloniales y siglo XIX”, 2010. Sus libros de cuentos son “Viaje al país de las Hespérides”, 2002; “Días de ocio en el país de Niam”, 2006; “Tren de la mañana a Talavera”, Madrid, 2009.

Entre 1979 y 2012 se publicaron sus poemarios “Arsénico”, “Enésimo triunfo”, “Río nuestro”, “Río nuestro / Cazadores nocturnos”, “Huesos de la memoria”, “Viento de lobos”, “Visitación a las islas”, “Caballo de Guernica”, “Ópera flamenca”, “Herido por el agua”, “Ojalá que el tiempo tan sólo fuera lo que se ama” y “La pierna de Rimbaud”.

Sitúo: naciste cuando Arturo Frondizi cumplía unos seis meses de su presidencia de la Nación, después de una dictadura.

GEP: Es así. Y en un barrio apartado de mi ciudad. Viví hasta los catorce años con mis padres y con mi abuela paterna, que fue la única de mis abuelos que conocí. De mis primeros años tengo sobre todo recuerdos sensitivos: el aroma de la cal húmeda de las obras en construcción, el perfume del alquitrán, deasfalto caliente que ascendía de las calles más nuevas. A la tarde, el olor a mandarinas en invierno y a jazmines en verano; al anochecer, los de la albahaca y la tierra húmeda de las quintas. También conservo memoria de algunos sonidos: en las mañanas de convalecencia, el rumor de las fábricas y oficios; por las noches, el del viento que hacía oscilar el farol de la esquina con sus ráfagas, el silbato de los trenes que se oía en el alba.

Tengo pocas reminiscencias, en comparación, del sabor y del tacto: quizás mi infancia sólo haya sido el aire cálido de enero y el sabor de las moras; también —por qué no— la desmemoria de la muerte. A veces, en mi niñez, sin quererlo, en mis manos moría una luciérnaga, mis dedos sucios de su última luz. Imágenes: llegaban otras lluvias; y siempre de luto, mi abuela destendía contra el viento un velamen de blanquísimas sábanas.

Recuerdo mañanas de niebla —en verdad, los días más hermosos nacían entre las nieblas de los suburbios—; y la mancha de tinta que descubrí en el fondo de un cajón, el agua y la palabra siemprevivas. Recuerdo mosquitos, Navidades, la bola de marfil de una sombrilla, mañanas de gracia prodigiosas. Y también las tormentas de tierra, los pellejos de serpientes, ese tórrido viento que traía, como plebeyas banderas, las babas del diablo. Eran muchos los miedos que, por las noches, juntaban mis manos en oración.

Me estremecía la oscuridad; pero de la mano de mi madre —al anochecer y siempre en el verano— dábamos un paseo por el parque rumoroso que estaba enfrente de nuestra casa; y veía, desde un banco entre sombras, cómo se desprendían de los árboles bandadas de murciélagos. Ahora tengo nítida esa imagen; y, sin embargo, me fue necesario aguardar muchísimos años para recuperar ese recuerdo.

Había un deseo, en esos tiempos, de estar a media luz y en soledad, en habitaciones que parecían fresquísimos claustros; anhelo de noches de lectura y de oración, de las primeras lecturas escuchadas y el balbuceo de las primeras plegarias. Mis abuelos muertos, de los que escuchaba hablar y a los que conocía por fotos, llegaban entonces al conjuro de esas palabras encendidas, a veces también en los silencios, en el olor de los ajos y en el zumbar de mosquitos, en el humo del piretro que ardía su mágica brasa sobre mi cómoda. Era una edad sin espacio ni tiempo, sin conciencia y sin relojes: la edad sin fisuras en el muro del mundo.

Todavía hoy tengo el privilegio de entrar todos los días a la casa en la que nací. La curva de la calle es la misma, son los mismos el parque y los árboles, la luna que a veces asciende tras las copas. Aún es esa casa en que viví —en esencia, en lo profundo— la misma que fui lejos a buscar. Pero hoy ya no encuentro la vereda de ladrillos, gastados por los zapatos y las muletas de los mendigos que entonces me aterraban; ni el agua y su memoria rumorosa, ni los enjambres de insectos que revoloteaban por las noches bajo el farol, ni aquellos perfumes de la tierra y de la albahaca.

No eran los pasos de los mendigos el único misterio de aquellos años. También misteriosa —y en la memoria amarillenta— era asimismo la esfera del reloj de cocina que velaba mi infancia. La tarde en que dejó de funcionar y pasó a ser mi juguete hoy regresa como un ramalazo; y también vuelve la emoción de tocar ese disco inalcanzable —sus agujas negras, la roja, enhebradas en un ojo común, y los números que el niño que yo era no acertaba a entender—; la cuerda de un color acerado y aceitoso; las ruedas y su olor a engranaje perfecto.

Ese instante ha quedado, como el reloj, detenido en esta endeble memoria. ¿Qué era lo que buscaba yo en su carcaza de metal, si el tiempo para mí aún no existía?… Hoy no sé si era entonces su máquina lo que más me conmovía, o su latido igual al de mis sienes, al paso de aquellos mendigos de los que hablé, a todo lo que llenó de mitos mi pasado, mi presente de palabras.

Es curioso, pero tuve que irme muy lejos para encontrar nuevamente todo aquello que un día tuve al lado: no sólo esos misterios del tiempo y del destino, sino también otras cosas: la goma negra de un gotero —pronto diré cuánto representaron los remedios en mi infancia—, esos frascos que encerraban un líquidoalcanforado y azul, las ampollasresguardadas en cajas de madera;y el vapor alcohólico en que hervían las jeringas y las agujas sobre un mecherode la cocina, el patio sin baldosasantes de que se soltara la tormenta.

Y la imagen de las manos de mis mayores, que untabantodas las noches con ajos y aceitesel pan de la pobreza. Todo sigue estando allí de alguna forma, en esa casaque era y es —en esencia, en lo profundo— la misma que fui lejos a buscar. El pasado vuelve en cada instante de mi vida y extiende mi memoria al infinito. A veces, el humilde,el simple olor de un fósforo de cera que se enciende,ilumina mis días sepultados.

Era demasiado vasto ese mundo de la infancia, aunque a simple vista hoy parezca un cúmulo de cosas insignificantes y caóticas. Era mucho, y yo sólo alcancé a aprender apenas un manojo de palabras para decir lo vasto del recuerdo: el olor del café que se molía tras altos mostradores —y después el rito de guardarlo en grandes latas que aromaban la noche—; y el día en que por azar descubrí, en un ropero oscuro, un vestido floreado de mi madre —y en cada flor perduraba una siesta de verano sin límites, la luz de las doce en la tela vaporosa.

Acaso, cuando elegí —si es que se elige— ser escritor, asumí en exclusividad el destino de pronunciar mi entorno, de llamar con un nombre a cada cosa, a todo aquello que vive en necesidad de palabras. En este cantar la ambigüedad de lo nacido, hoy descansa mi alegría: en darle una palabra a lo que nunca suplicó tener voz. Porque sin palabras —se ha dicho— no existe vida o muerte: sólo vértigo o miedo.

Los remedios en tu infancia, adelantaste; por lo tanto, tu salud. ¿La vincularías con tu vocación literaria?

GEP — Quizá se entienda un poco más el curso de mi vida y mi vocación de escritor —si es que de ello merece que alguien se tome el trabajo— si digo que tuve en mi infancia una salud quebradiza: sufría de asma, y muchas noches las pasaba tosiendo; y mi piel, a la mañana, era del color de los mármoles viejos —como las estatuas que aterran a los niños en los parques a oscuras—. De esas noches en vela me han quedado —sobre todo— las fantasías que hilvanaba en mi afán por dormir. Antes dije que hablaría de remedios.

Pues bien: los nombres de los que me daban han quedado en mis labios. He olvidado muchos nombres —de personas, de lugares, de cosas—, jamás los de aquellos brebajes. El gusto de los jarabes regresa a mi lengua después de tantos años, y todavía me provoca —como entonces— un temblor espasmódico. No sé si ha quedado tan viva en mi interior la enfermedad, como la angustia con que llegaba la hora de ingerir esas bebidas melancólicas. Nombres malsanos, hoy esfumados de droguerías y farmacias, hoy apenas parte de la historia de las enfermedades de mi infancia.

El médico que me atendía, y al que veía con más frecuencia que a un familiar, me prescribía en las crisis asmáticas más fuertes una sal derivada del opio. En las farmacias la vendían en una sola ampolla, resguardada por un envase de madera. La tos amainaba y los miembros quedaban laxos, como si emergieran de una siesta extendida hasta el crepúsculo. En un mechero de la cocina se esterilizaban las jeringas: hervían un buen rato en una cajita de acero de la que emanaba un vapor blanco y alcohólico.

De esa droga tal vez no tenga más recuerdo que el placer con que me entregaba sin culpas a su somnolencia luminosa. En las convalecencias —las mañanas en que, después de una noche de crisis, amainaba la tos espasmódica— mi madre me llevaba a tomar el aire de las avenidas arboladas, o bien me encaramaban a un tranvía que llegaba hasta la quema. Hoy no sé si el olor de la basura incinerada era parte de la cura prescrita, o si el remedio tan sólo consistía en ese paseo extendido, que por azar llegaba a los arrabales de la miseria.

La enfermedad me dio en mi infancia muchos días sin escuela, me formó un carácter melancólico y me predispuso, como a Proust, para la literatura. Por suerte en la casa de mis padres existían los libros. Conviví con ellos desde el tiempo en que no sabía leer, labrando ficciones a partir de los dibujos de las tapas y de las reseñas que me hacían mis padres. Había una enorme Biblia ilustrada, que más que afianzar mi fe pobló mi fantasía con historias monstruosas.

Más tarde, cuando pude leer, leí, muchas veces sin entender, novelas de aventuras, relatos policiales, cuentos de terror, el teatro de Shakespeare y de Ibsen, Bocaccio, Rabelais —también los grabados de Doré a “Gargantúa y Pantagruel” me llenaban de inquietudes—, la poesía tradicional y la gauchesca, Victor Hugo, Cervantes, algo de Francisco de Quevedo, bastante de Enrique Larreta, Hugo Wast, Alejandro Dumas, Julio Verne, Edgar Allan Poe y otras mezclas semejantes.

Comencé a escribir muy joven, al final de mi infancia, y me seguía alimentando con todo lo que me caía en las manos. Lo que escribía era más bien caótico, ecléctico, quizás de muy poco valor, salvo en lo personal. Escribía cuentos y poemas, tanto en versos libres como medidos. Fueron años casi infructuosos en cuanto al contenido poético, pero que me sirvieron como aprendizaje, sobre todo como experimentación de formas.

En 1971 terminé la escuela primaria, que nunca me gustó, y al año siguiente entré, después de un riguroso examen, al Colegio Nacional, porque mi padre ya había tomado por mí la determinación de que mi vida se tendría que encaminar hacia la Universidad. El Colegio Nacional tenía un halo de prestigio. Por sus escaleras de mármol gastado habían subido a dar sus clases Pedro Henríquez Ureña, Ezequiel Martínez Estrada, LoedelPalumbo. Entre sus exalumnos estaban Francisco López Merino, Ernesto Sábato, René Favaloro.

No obstante que los tiempos habían cambiado —entré al Colegio al final de la Revolución Argentina, viví en él el regreso de Perón, allí recibí la noticia de su muerte y egresé en 1976, con el Proceso— tuve buenos profesores y recibí una sólida formación. Ya no era un asmático, y tuve épocas en que me dediqué mucho a la actividad física. Llegaron los primeros enamoramientos y todas las cosas contradictorias, hermosas y desdichadas, de la adolescencia.

Instalémonos aún más en ella. Y sigamos.

GEP — A los dieciséis o diecisiete años descubrí la poesía de Arthur Rimbaud. Decía el maestro Domingo Ortega que no es lo mismo torear que dar pases. A partir de Rimbaud, tal vez comprendí que hasta entonces no había toreado todavía, que me había limitado a dar pases. Fue a partir de ahí que todo empezó a ponerse más serio, comprendí que “la poesía” era mucho más que “escribir poesías”, que configuraba una forma particular de ver el mundo, de enfrentar la sociedad y la historia. No sé por cuanto tiempo escribí bajo la influencia de Rimbaud. A los veintiún años, cuando publiqué mi primer libro, le dediqué dos poemas; a los cincuenta, un cuaderno, “La pierna de Rimbaud”. Rimbaud hizo mucho por el mundo de las letras, pero en especial por mí.

En 1977 tuve que cumplir con el Servicio Militar en la Fuerza Aérea. Yo tenía de la vida militar una imagen romántica que muy pronto se iba a esfumar. Mi experiencia la podría resumir en algunos recuerdos olfativos: el del agua que venía del río cercano y que se potabilizaba precariamente; el del jabón y el perfume barato con los que intentábamos ocultar el olor del cuartel; el de las infusiones que humeaban en grandes ollas, casi de madrugada, en el patio de armas; el olor —mejor sería decir el perfume— del hinojo y del eneldo, de la menta y de la mejorana que pisaba cada vez que me dirigía hacia el puesto más apartado, solitario y silencioso.

También estaba el de los fusiles, que era olor a aceite y a metal, y el del fogón de la guardia, a leña y a grasa quemada; el de las comidas, invariablemente repetido; el de las cáscaras de naranja que se secaban al rayo del sol en los patios encalados; el hedor de los grandes botes de desperdicios a los que de noche se acercaban con sus ojos infernales cientos de ratas; el de las casetas húmedas de orines antiguos; el relente de esa tierra fresca y pobre que se juntaba entre las lajas y que hacía germinar yuyos de similar pobreza. Aromas que aún hoy me evocan en este país de confines una vida miserable y sucia, en la que todo pensamiento elevado naufragaba en el sufrimiento de vivir como un preso y en el terror de morir en una guerra insensata o el de tener que dar la muerte a cualquier otra persona. Estos recuerdos, y los de los años de la peste, quedaron en “Huesos de la memoria”, en “Viento de lobos”, incluso en algunos de mis últimos poemas, a los que regresan como regresa una pesadilla.

En 1978 comencé a cursar en la Facultad de Humanidades la carrera de Letras. La Facultad se desentendía de aquellos que tratábamos de ser escritores, pero nos permitía descubrir a muchos “maestros”, como Trakl, Saint-John Perse, Montale, Salvatore Quasimodo, Rainer Maria Rilke. Por mis estudios, pero también por inclinación natural, tuve siempre una formación muy hispanista, y por ahí fueron entrando, primero, Antonio Machado, el primer Juan Ramón Jiménez y los poetas del 27; más tarde, el último Jiménez, José Manuel Caballero Bonald, Claudio Rodríguez. De los poetas argentinos, Ricardo Molinari, Alberto Girri, Enrique Molina, también Leopoldo Marechal, a quien ya se lee muy poco, por lo menos su poesía. En esos años me sentía un poeta mimado por los escritores consagrados de La Plata, como Ana Emilia Lahitte, Aurora Venturini, Horacio Ponce de León. Pero el poeta que más influyó en mi trabajo fue Horacio Castillo.

Los libros siempre fueron de la mano de los autores; y ambos se me han ido abrojando a determinados momentos de mi vida; tanto que se podría trazar la biografía de un escritor —mi biografía— con sólo hablar de los libros que lo apasionaron en tal o cual momento. Por supuesto que no bastaría el comentario crítico, sino más bien la descripción de los “estados de alma” que esos libros le provocaron. Un libro clave en mi vida fue “Una temporada en el infierno”, que, en aquel entonces, en mi adolescencia, lo leí en la traducción que hicieran Oliverio Girondo y Enrique Molina, hermosa traducción en la que la literalidad está subordinada a lo poético, como siempre tiene que ser.

Otro libro para mí muy importante fue “Huesos de sepia” de Eugenio Montale, y casi al mismo tiempo toda la poesía de Quasimodo. Excluidos Rimbaud, Montale, George Trakl, Quasimodo, la lista se haría extensa, porque más allá de las lecturas circunstanciales, azarosas o de puro placer, al estudiar la carrera de Letras, todos los años me tenía que enfrentar con treinta o cuarenta libros, de los cuales algunos pasaban sin pena ni gloria y otros me iban dejando marcas.

Pero en la facultad no se leía mucha poesía, salvo en español, además de la clásica en griego o en latín; esto también me ha dejado su marca: Pedro Salinas y Luis Cernuda, Píndaro u Ovidio. A veces se piensa que, para un poeta, los libros fundamentales que lo han apasionado son los de otros poetas. A mí, en cambio, me han dejado huellas profundas muchas novelas, obras de teatro, libros de historia, de filosofía, de religión. La poesía, por otra parte, es un género omnívoro: de todo se nutre y todo lo transforma.

La carrera de Letras era en ese entonces muy distinta a lo que es ahora, era una especie de licenciatura en Filología Clásica. Los clásicos antiguos, que en mi infancia había leído en malas traducciones, los tuve que releer en sus idiomas originales. Se les daba mucha importancia a las lenguas clásicas. Ocho horas diarias de estudio de griego y latín era el tiempo que nos recomendaban los profesores. Cuántas mañanas, cuántas noches, cuántas tardes de sol o de lluvia sobre Píndaro y Virgilio.

Tanta seca gramática —podría hoy reprocharles— para escribir estas tres palabras, algunos versos medianamente venturosos… Qué tristes meses —recuerdo— aguardando un examen, repitiendo aoristos y declinaciones… Pero también, qué añoranza siento ahora al recorrer los lomos de esos libros que ya no tengo la obligación de leer… Hoy ya no existe el profesor de griego al que tanto quería, el de latín que me aterrorizaba; hoy ya son ambos hierba y sonido, igual que lenguas muertas… Y yo me he convertido un poco en ellos, como un hijo que aprendió a su lado la nostalgia de la luz antigua, pero no a morir; un hijo que hoy en Píndaro y en Virgilio los recuerda.

Atrás la adolescencia, estamos en tu plena juventud.

GEP — Cuando, después de la Guerra de Malvinas, se abrió la actividad política, sentí la necesidad de incorporarme también a ese mundo. Yo ya había publicado dos libros, “Arsénico” y “Enésimo triunfo”, y escribía oscuros poemas bajo la influencia de Georg Trakl, acordes con la época. Después de muchas idas y vueltas en mi vida religiosa, que me llevaron incluso a plantearme seriamente estudiar para sacerdote, yo ya era en los años de Facultad un católico militante, y casi naturalmente me afilié al Partido Demócrata Cristiano.

A lo largo de mi vida adherí y voté a distintos partidos y diferentes candidatos, pero nunca abandoné las banderas del socialcristianismo. A los veintisiete años ya era asesor de un diputado demócrata cristiano. A los veintinueve me nombraron director en el área de Cultura en el gobierno del doctor Antonio Cafiero. Después, nunca más volví a ocupar cargos políticos. No sé hasta qué punto es compatible la política con la literatura. Realicé algunas tareas ad honorem, de las que no siempre salí bien parado. Hasta el día de hoy, en que estoy cerca de jubilarme, me he ganado la vida con un cargo de carrera en el Archivo Histórico de la Provincia y con el ejercicio de la docencia.

En algunos momentos hice otras labores vinculadas a la literatura, como escribir algún libro de investigación por encargo, viajar como jurado o dirigir programas de radio. Si bien no he podido vivir de lo que escribo, siempre viví de trabajos relacionados con la cultura y con las letras.

Después de la literatura, y en gran parte por culpa de ella, mi gran pasión ha sido viajar. Nuevamente mi recuerdo se traslada a la infancia. En una reunión —de familia, de amigos, de vecinos, ya lo he olvidado o finjo hacerlo, pero carece de importancia— el niño que fui escuchaba hablar de Europa. Un matrimonio había vuelto de un largo viaje y se pasaban fotos, se desplegaban periódicos. Madrid tintineaba en mi oído como moneda en la taza de un ciego, como organillo de Benito Pérez Galdós. Soplaba viento en el Sena, en Nôtre Dame no aparecía Esmeralda.

Tras los palacios italianos, había un cielo como un paño de bandera que me llenaba de melancolía. En la reunión se comía, se bebía, se echaban bromas. El niño que fui soñaba entonces con ese mundo que ya había comenzado a amar a través de los libros. El recuerdo de ese instante iría conmigo por siempre: oscuro a veces como el agua veneciana o luminoso como la arena de Las Ventas.

Nadie supo nunca que esa noche casual alimentaría por años mis ensueños; que mi imaginación iba a reponer lo que entonces no se había dicho; que en los viajes del cuerpo —que tendría ocasión de hacer— iba a buscar, sin conseguirlo, el mismo cielo, esa brisa, esa luz; que trataría sin resultado de revivir —en los viajes del alma— esa soleada tristeza: la del niño que ya apuntaba a escritor.

Hay quienes se hacen escritores para viajar; hay quienes viajan como pretexto para escribir. Desde aquella noche que acabo de contar, o quizás desde antes, los viajes tuvieron para mí un fuerte atractivo, siempre abrojados al mundo de los libros, quizás también al del cine, al de algunas historias escuchadas en mis primeros años. De joven tuve posibilidad de viajar un poco por mi país y por países vecinos. Pero como suele sucedernos a los que nacimos aquí, el verdadero viaje es el que nos lleva a nuestras raíces, a Europa.

Y ese viaje llegó a mi vida bastante tarde, cuando ya era un hombre formado, y quizás por eso unido a una sensación mayor de melancolía. Unos meses antes de viajar a Europa tuve que estar unos días en cama por una fuerte gripe, y en varias tardes en que me tuve que quedar solo me puse a releer viejos libros, algunos de aquellos que en mi infancia y adolescencia me hacían soñar. Y de pronto me sentí invadido por una gran angustia. ¿Cómo hubiera sido mi vida de haber podido viajar veinte años antes? ¿Con qué ojos hubiera visto ese otro mundo? ¿Cómo se hubieran traducido, como se traducirían ahora todas esas imágenes en palabras?

 ¿Tus recuerdos de Europa? ¿Y aun de otros viajes?

 GEP — Amanecer en las landas; viaje en tren a Jerez de la Frontera; noche en la Vía del Corso; subida a Montmartre, al castillo de San Jorge, al Albaicín; almuerzo en Aranda del Duero; un mediodía de invierno en Provenza; el paso del San Gotardo; la carrera de San Jerónimo en Madrid; una misa en Nôtre Dame; una calle de Lisboa en la que vendían grandes paraguas; los Pirineos, los Alpes Marítimos; una tarde de toros en Aranjuez; una noche de verano en el Sacromonte; una taberna griega en el Barrio Latino; el París de los impresionistas y el Madrid de Velázquez y de Goya; “El entierro del conde de Orgaz”, el “Guernica”; el teatro romano de Mérida; el café de la mañana de Burdeos; la estación Pan Bendito; la calle Amor de Dios…

En realidad, nunca me senté a escribir sobre ningún viaje. Como muchas experiencias vitales, los que yo hice fueron difíciles de expresar. Sólo quedaron fragmentos que de vez en vez se manifiestan en algún cuento, mejor aún en algunos poemas, sobre todo en los de mi libro “Ojalá el tiempo tan sólo fuera lo que se ama”. Viento junto a los grandes ríos del Paraguay interior; ceibales del río Urión; amanecer en el río Desaguadero; viento desde el Sacromonte, hacia las torres de la Alhambra; viento en el mediodía de Formosa desmelenando las palmeras. Viento yo mismo: traer, llevar, partir, regresar, ¿no son acaso la misma cosa, hitos a partir de lo cual pasamos a ser distintos?

Después de los países de Europa, y en especial de España —si bien me siento profundamente argentino, soy también, por adopción, por cultura, por cosmovisión, un perfecto andaluz—, quizás sea México el que estuvo siempre, desde mi infancia, más cargado de sentimiento y misterio. También allí llegué tarde, a una altura de la vida en que ya queda poco lugar para el espíritu romancesco que encontraba en la “Sonata de estío” de Ramón del Valle-Inclán, a una altura de la vida en que quedan pocos rincones del alma en los que se pueda cobijar algo misterioso. Y el romanticismo de Perú y de Ecuador, los días vividos en Arequipa, en Quito y en Lima en los que me sentí verdaderamente feliz.

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