Número de edición 7644
Espectáculos

Claudio F. Portiglia: “Tengo con el amor mis disputas severas”

Claudio F. Portiglia: “Tengo con el amor mis disputas severas”

Una nueva entrevista a un escritor argentino de dilatada trayectoria. Primera parte.

Por Rolando Revagliatti

Claudio Félix Portiglia nació el 13 de enero de 1957 en Junín, ciudad en la que reside, provincia de Buenos Aires, la Argentina. Es Profesor en Castellano y Literatura, egresado en 1980 del Instituto Superior del Profesorado Junín. En 2004 obtuvo Capacitación Universitaria en Comprensión y Producción Oral y Escrita en la Universidad Nacional del Noroeste de la Provincia de Buenos Aires (UNNOBA).

Entre 1996 y 2000 fue director de la escuela de periodismo TEA y DeporTEA “Tendencias XXI” en su ciudad. Ha sido cofundador y codirector de las publicaciones “Horizonte de Cultura” (1989/1995), “Junín es Plural” (1997/1998), “Las Doce y Una” (2010/2011). Fundó el Centro de Estudios Regionales y Nacionales (CERyN) y fue su director entre 1988 y 1994. Fue cofundador y expresidente, por tres períodos, de la Sociedad de Escritores de Junín. Entre otras distinciones recibió en 1993 la Faja de Honor de la Asociación de Escritores Argentinos (ADEA) por su libro “La espiga se declara soberana”.

Fue incluido, por ejemplo, en las antologías “100 poetas contemporáneos” (1985), “Antología interregional de cuento y poesía” (1986), “Poemas del encuentro” (1991), “Poesía argentina contemporánea”, tomo 1, parte vigésima (2013), “Poesía argentina contemporánea 50º aniversario 1965-2015” (2016). Sus libros de ensayo son “Signo y destino de Hispanoamérica” (1992), “El gran errador” (1997), “La cancelación de lo útil” (2006, edición digital). Poemarios publicados: “Develando sueños” (1979), “Álamos y yunques” (1986), “Los ojos, los miedos” (1993), “La espiga se declara soberana” (1993), “Libreta de almacenero” (2000), “Cabría preguntarme” (2007), “La mosca de la fruta” (2008, edición digital en su Sitio de autor), “Cuotas partes” (2009), “La travesía” (2013), “Bella y transitoria” (2016).

En el poemario “En el invierno de las ciudades” de Tennessee Williams (versión castellana de Juan José Hernández y Eduardo Paz Leston, Ediciones de la Flor, Buenos Aires, 1968) doy con estos versos: “Le cuentas tu vida, o lo que el tiempo, o cierta prudencia/ te permite contar…” ¿Qué nos contarías, Claudio, de tu vida, o lo que el tiempo, o cierta prudencia te permita contar?

CFP — Nací y viví siempre en Junín, salvo breves estadías por estudio o por trabajo fuera de la ciudad. No sé si algún episodio concentra algún interés. Soy hijo único de un matrimonio malavenido. De muy chico fui muy feliz con mi papá, quien salido del ferrocarril con la huelga del ‘61, se compró una vieja chatita Chevrolet ‘27 y se convirtió en una mezcla de holgazán y ciruja, aunque al llenar los formularios de la escuela me instruyera para que lo citara como comerciante. Me gustaba recorrer con él los campos y las chacaritas de la zona; y me gustaba, sobre todo, viajar atrás, en la caja, soportando los barquinazos por los caminos de tierra, con la honda al cuello, y sosteniéndome entre fierros viejos, fardos de lana y atados de cerda.

Sin embargo, a medida que crecían las peleas y que faltaban la comida y todo lo demás, fui recostándome del lado de mamá. Se separaron cuando yo empezaba la secundaria y viví la circunstancia con bastante vergüenza. En adelante, la relación con mi padre tuvo vaivenes hasta su muerte, ocurrida seis o siete años atrás, mucho después que la de mi madre. En grandes trazos, y por afuera de la escuela en la que fui buen alumno, mi infancia y mi adolescencia transcurrieron en torno a una pelota y sus derivaciones: figuritas, revistas, relatos radiales, proyecciones que llenaban mi imaginación.

Siempre me gustó la soledad y, sinceramente, no conozco el aburrimiento; aunque tuve muy buena vida social y nunca me faltaron grupos y barras con las que alternaba mis inquietudes. A los 17, dos días después de la muerte de Perón y con el país paralizado por el luto, me sacaron en ambulancia hacia el viejo Instituto de Cirugía Torácica de la avenida Caseros, en Buenos Aires, donde me operaron de un pulmón y permanecí internado hasta la primavera. No faltaron quienes creyeron que no volvía; yo no, yo sabía que volvería a Junín donde había quedado mi primera novia con la que, sin embargo, rompí.

La convalecencia fue larga y también en este caso sentía vergüenza de mi cuerpo escarbado y con un par de costillas aserradas. Recién por los 19, ya en el Profesorado, recuperé la autoestima y reincidí. Esos dos años en los que me guardé coincidieron con los años más oscuros de la vida del país, y a veces pienso si la contingencia no terminó resguardándome. Vi crecer a Junín desde la ciudad baja y tranquila que recuerdo cuando asesinaban a Kennedy y yo escuchaba la información por la propaladora hasta esta ciudad moderna y dinámica que es hoy. Quiero a mi ciudad. Y aunque coqueteé y coqueteo, a veces, con la idea de radicarme en Buenos Aires, nunca tomé la decisión.

Atendí un kiosco, fui auxiliar en una escribanía, trabajé para más de una bodega, ocupé algún cargo gerencial, fui representante de vinos, conocí el país. De todo aquello me quedan horas imborrables en la memoria y dos experiencias que me marcaron: conocer el mar y conocer las cataratas. Me casé, soy padre de cuatro hijos, me separé, conviví, me separé, probé parejas por afuera de la convivencia, las pruebo, todavía, cada tanto. Amo, sin embargo, una mujer a la que prometí no tocar.

Dictando diversas asignaturas ejerciste la docencia durante más de tres décadas. Ya jubilado, ¿cómo las rememorás?

CFP — Con la docencia —igual que con el periodismo— he tenido una relación ambivalente: Por un lado, me gusta la profesión; me gusta enseñar lo que aprendo y me gusta, más que nada, aprender. Dicté más de cuarenta asignaturas diferentes a lo largo de tres décadas y pico y en todos los niveles y mantuve una excelente relación con los alumnos, muchos de los cuales hoy son mis amigos. Pero, por otro lado, nunca me sentí cómodo con el sistema: ni en su vertiente burocrática, ni en su vertiente específicamente pedagógica, ni en la manera con la que la mayoría de mis colegas asume la profesión. Colaboré con numerosos proyectos, impulsé otros tantos, pero desde una incomodidad que nunca superé.

La jubilación, en ese aspecto, me trajo cierto alivio; aunque extraño el contacto con los alumnos y ese aprendizaje que cada cuatro o cinco años cambia de paradigma. No me interesaron los cargos y nunca los busqué, ni siquiera “pensando en engordar la jubilación” que, como sabrás, es magra. Sólo dirigí la escuela de periodismo que fundé y con la que me fundí antes de que pudiera disfrutar de algún rédito. Me quedó la satisfacción, sin embargo, de haber sacado una camada de periodistas que hoy trabaja en distintos medios y de haber publicado una revista que pegó fuerte y que cambió la forma de hacer periodismo que hasta entonces predominaba en la ciudad.

“El periodismo en la encrucijada”: así se llamó el seminario que dictaste en 1993 en el Instituto Superior del Profesorado Junín. Perdura en la encrucijada el periodismo, ¿no?

CFP — Vive en una encrucijada permanente y eso tal vez sea característico de la profesión. En mi respuesta a tu pregunta anterior algo insinué al respecto. El problema central pasa, a mi entender, por la tensión que se genera inevitablemente entre el periodista y la empresa para la que trabaja. Que yo entiendo que debe ser fuerte, contra alguna opinión mayoritaria en contrario. Sin empresas fuertes, sólidas en lo económico y con espaldas anchas en lo político, el periodista carecería de recursos para trabajar. Lo he vivido, lo vivo en carne propia.

Pero esa misma provisión de recursos limita la independencia de criterio, la libertad de opinión, consciente o inconscientemente. Es muy difícil figurarse un periodismo independiente en el sentido acabado del concepto. Por eso yo soy un defensor encendido del sistema republicano y de las libertades acotadas pero plurales que la república permite.

Entiendo que de la porción de verdad y la porción de mentira y hasta de engaño o manipulación que pudiera surgir de cada medio, surge, para la sociedad receptora —que tampoco es toda la sociedad, sino una porción bastante minoritaria— algo parecido a la verdad verdadera. Y la verdad verdadera la marcan los hechos, no las interpretaciones —menos, claro, la propaganda— o las mil maneras de comunicarlos. Respeto más a los colegas que informan que a los colegas que opinan, aunque soy respetuoso de las opiniones y tengo las mías y también exijo respeto para ellas.

En tanto autor de los anteproyectos “Casa de la Cultura ‘Junín entre dos océanos’” y “Gimnasio de ideas”, ¿qué nos podrías trasmitir?

CFP — Así, en conjunto, porque se trataba de una misma idea, que lo viví como una gran decepción. Junín tuvo un intendente, Abel Miguel, que gobernó por cinco períodos consecutivos a partir de 1983 y la recuperación de la democracia. Yo lo había criticado bastante desde los medios que tuve a disposición. Igual me convocó para trabajar en las comisiones del Plan Estratégico que impulsó durante el que sería su último mandato. Fui con prevenciones y terminé entusiasmado, porque el equipo de cultura que formamos con cinco o seis personas más congenió y aportó resultados más que interesantes.

Conservo todavía dos grandes tomos ilustrados en los que se describían todos los proyectos en vista a un “Junín 2005”, tal era la expectativa hacia finales del milenio. El intendente que sucedió a Miguel y que gobernó hasta diciembre pasado, Mario Meoni (de la misma Unión Cívica Radical, pero rival interno del primero) llevó, incluso, como primera propuesta de su campaña proselitista la conformación de una Casa de la Cultura y su complementario “Gimnasio de ideas”.

Pero ya en el ejercicio de sus mandatos tomó otro rumbo. No sé si equivocado; tal vez no, porque después de ciertas vacilaciones con las dos primeras direcciones de cultura, terminó con una gestión impecable de Romina Massari; pero distinta, bien distinta de aquella que imagináramos y que fue absorbida desde el sector privado. Junín, de todas maneras, tiene un par de museos de arte, otro histórico y algunas dependencias afines —incluida la anual Feria del Libro que va por su décima primera edición— que suple lo que alguna vez imaginé como casa de la cultura.

Desde tu ciudad lanzaste en 2001 el “Movimiento Poesía”, encuentros nacionales e internacionales de poetas que coordinaste hasta 2011. Sabrás que muchos seguimos valorando aquella iniciativa.

 CFP — Me alegra saberlo y gente como vos cada tanto me lo recuerda. Fue una experiencia muy rica para mí, pero con la que no volvería a insistir. Más allá del desgaste, terminé con cierto desencanto y siento, con justicia o sin ella, que el Encuentro de Poetas de Junín fue una víctima temprana del atropello que produjo el 54% y la consecuente grieta que deslució al país. Había surgido, vaya paradoja, como reacción a otro espasmo político: el del golpe que se cargó a de la Rúa.

Yo acababa de separarme por segunda vez y entre la crisis social y la crisis personal, busqué la tangente y salí por el lado de la poesía. El primero de los encuentros fue en casa, bastante informal y con algo más de una veintena de amigos que llegaron desde distintos lugares. Firmamos un Acta Fundamental —tampoco muy formal que digamos— y propusimos una itinerancia que finalmente no ocurrió, salvo un encuentro en Buenos Aires, en casa de la recordada Graciela Wencelblat [1947-2014].

Al año siguiente, 2002, para la semana fijada se desató en el país un terrible temporal que, sumado a la extrema flacura de los bolsillos, redujo la concurrencia a no más de diez o doce y casi todos locales o de la zona. Si no recuerdo mal, sólo la por entonces infaltable Patricia Díaz Bialet y Nora Alicia Perusin, a quien había conocido recientemente, vinieron desde lejos. Y el salto, grande, lo pegamos en 2003, cuando la anunciada presencia de los norteamericanos Craig Czury y Heather Thomas produjo un efecto contagio y pasamos la barrera de los cuarenta asistentes. Salimos de casa y llevamos el encuentro al Colegio de Arquitectos, donde repetimos un par de veces, antes de pasar por dos clubes y recalar finalmente en la Sociedad Española.

Para ese tiempo, la Municipalidad nos había ofrecido integrar el Movimiento a la Feria del Libro y así fue que coexistimos en las últimas cuatro o cinco ediciones. Sería injusto no mencionar, además, la colaboración desinteresada del Hotel Copahue, que cedía una de sus salas de conferencias para la jornada de apertura de cada año. En total, pasaron más de trescientos poetas sin que palpáramos de ideas a ninguno de ellos, sin que lucráramos absolutamente con nada y sin que primara el amiguismo del “te invito para que me invites”. Algo, sin embargo, falló y a mí se me terminaron las ganas. Como no soy ni nostálgico ni utópico, no extraño los encuentros ni proyecto recuperarlos. Estoy abierto, no obstante, a colaborar con quien lo amerite.

¿Quién es el gran errador?

CFP — Tal vez un alter ego, tal vez el poeta, tal vez yo. Por aquello que decía Jean Cocteau de que “el poeta es un mentiroso que siempre dice la verdad” —caracterización que suscribo—, asocié el errar del equívoco con el errar del caminante y generé el neologismo con el que titulé mi ensayo. El tema es la misión del poeta en el siglo veintiuno y lo escribí a comienzos de los ‘90, en plena efervescencia de las teorías posmodernas; con alguna de cuyas variantes, coincido.

El apéndice del ensayo surgió de una conferencia que dicté en Santiago del Estero y que publicó el diario “El Liberal”. Allí tracé los lineamientos de lo que después sería el desarrollo, que también expuse en otras conferencias en Las Leñas, en Mendoza y en Buenos Aires. En 1997, hilvané y publiqué un pequeño tomo que insumió dos ediciones. A comienzos del siglo, inicié una continuación y actualización a la vez, que lleva por título “La cancelación de lo útil” y que redondeé en 2008, pero que no edité en papel y que tal vez ni siquiera haya dado por concluido. Allí me salgo de los canales del poeta y busco una explicación de ese gran útil, apto para todo servicio, que ha dado en llamarse “dios”.

¿Así que “Cuando apareció Messi yo tenía los ojos llenos de Riquelme y no lo vi”?

CFP — Sí. Destaco, antes de ampliar, tu olfato para rastrear en páginas perdidas cosas que he dicho. Me sé reiterativo con el fútbol; y no sólo con el fútbol, con otros deportes también; sobre todo, con el boxeo y con el tenis. Difícilmente deviniera escritor si hubiera podido calzarme la 10 de Boca. O la 3 de Silvio Marzolini, que fue mi ídolo durante la infancia y en cuya posición de lateral con predisposición para el ataque me gustaba jugar en los campitos.

Pero vuelvo a tu pregunta. Mi atención, antes que, en los resultados, se concentra en el juego. Cuando al talento y a la destreza física se le suman inteligencia, capacidad de observación, de ubicación y de asociación, paciencia para la elaboración de las jugadas, sorpresa y cambio de velocidad, justeza en la pegada y precisión en los pases, disfruto de manera muy particular. A muchos les sucede con la música, yo percibo la música en el juego, aunque penetre por los ojos. El ritmo que trato de imprimir a mi poesía —a la prosa también, pero me interesa menos— lo he copiado del fútbol, del boxeo y del tenis, antes que de otros poetas.

Me manejo con registros más bien clásicos. Metros de once, de siete, de doce, de ocho, de diez, que combino según aconsejan las circunstancias y que quiebro, por ahí, o interrumpo para provocar un silencio, un intersticio, un vacío, una suspensión. Mientras sucede, veo el conjunto y cómo se acomoda. Por eso, con el tiempo, prescindí de la puntuación, que casi no utilizo, y de la organización sintagmática o paradigmática que manejo con aparente desorden o con aparente capricho.

Me parece que es el mismo ritmo puesto a disposición del concepto el que tiene que llevar al lector a las pausas, las aceleraciones, los repiqueteos que lo conduzcan a una comprensión y a una sensación que enriquezcan las mías. Lo aprendí mirándolo a Juan Román Riquelme —antes a Ricardo Bochini, claro, o a Zidane—; pero también mirando cómo boxeaban Muhamad Alí o Sugar Ray Leonard, o el Uby Sacco u Óscar de la Hoya; mirando cómo regulaba los tiempos y quebraba la muñeca Roger Federer, o como se desplazaban Steffi Graf o Gabriela Sabatini.

A Messi, cuando apareció, no lo vi. Riquelme estaba en plenitud y en el Barcelona se lucía Andrés Iniesta, su discípulo. Por características, ellos satisfacían mejor las cosas que yo busco. Pero Messi aprendió y hoy también me enseña, además de hacerme feliz cada vez que toca la pelota.

¿El automovilista Juan Manuel Fangio (1911-1995), el cantor Carlos Gardel (1890-1935), el boxeador Nicolino Locche (1939-2005), el artista plástico Antonio Berni (1905-1981) o el tenista Guillermo Vilas (1952)?

CFP — Corro con la desventaja de no haber sido contemporáneo de Fangio y de no interesarme demasiado por autos y carreras. Sí me gustó mucho Carlos Reutemann por las mismas razones que expuse en la respuesta anterior. Cuando Locche estuvo en su esplendor, yo era demasiado chico; y cuando lo vi, sobre el final de su carrera, ganar un par de peleas sin haberlas ganado y perder, finalmente, con el Kid Pambelé, se me desdibujó bastante la leyenda.

Parecido me sucede con Maradona: lo admiré, lo admiro y creo, como la mayoría, que ha sido el más grande; pero yo no me banco la picardía de un gol con la mano, ni siquiera para avanzar en un Mundial, ni siquiera tratándose de los ingleses. Menos me banco la irresponsabilidad del ‘94, cuando Alfio Basile había conseguido la mejor línea de juego que vi en seleccionado alguno y el Mundial de los Estados Unidos nos estaba servido en bandeja.

Gardel fue ídolo de mi padre; a mí, que me apasiona el tango y la poesía que contiene, me gusta más en la voz y en la interpretación de Roberto Goyeneche. Berni es un referente al que siempre estoy volviendo; miro mucha pintura, conviví con una pintora que me enseñó a mirar, y ese ritmo del que hablaba más arriba está presente en toda la serie de Juanito Laguna, de Ramona Montiel y en un cuadro que me podría pasar horas mirando que es “Manifestación”.

También “La mujer del sweater rojo”, o “Los inmigrantes” u otros cuyos títulos no recuerdo, pero que muestran una familia reunida en torno a la mesa, en el campo, o una mujer sentada a la máquina de coser mientras una niña ensaya pasos de baile. Y ya que incursionamos por el arte visual, quiero referirme a dos artistas que también me marcaron: Víctor Grippo y Gyula Kosice. Con respecto a Vilas, yo de joven hinchaba por él; hoy optaría por José Luis Clerc en el caso de que se repitieran aquellos grandes duelos de los ‘80.

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