N° de Edición 7295
Cultura

Nunca lo dijo Por: Elizabet Jorge

TESTESTE

nuncalodijo

Estaba por finalizar la guardia cuando sonó mi beeper, y esa vez no fue por la llegada de una  ambulancia, el accidente había ocurrido dentro del hospital. Salí al  pasillo. Una mucama gritaba que primero fue un gran pedazo de vidrio, y luego él, que por milagro, decía, no cayó sobre ella y  gracias a la virgen, lloraba, no la mató. El había caído por una ventana, desde el cuarto piso al patio interior del lavadero. Cuando llegué para atenderlo, un residente  ya estaba inclinado sobre el cuerpo tomándole la mano, la izquierda. Una gruesa cicatriz   le atravesaba el dorso desde el pulgar hasta el meñique: en ese segundo, lo reconocí.

—No lo des vuelta, no lo toques,  dije y apoyé  una rodilla en el piso, dejame a mí. Tomé la muñeca. No había pulso, la solté y por un instante deslicé la yema de mis dedos sobre la cicatriz, volví a presionar la muñeca.   Estaba muerto. Con mi otra mano busqué el latido en la carótida. Estaba muerto. Después metí el estetoscopio por entre su pecho y el piso. Estaba muerto. Luego en la espalda. Estaba muerto. Me levanté y di unos pasos hacia atrás, para ver el perfil de su cara contra el suelo. Estaba  muerto sobre  vidrios rotos y una  mancha de sangre que crecía hasta llegar justo al borde mis pies. Me alejé  un poco más y dije: hijo de puta. El residente también  dijo algo, lo repitió y luego comenzó la rutina para examinar el cuerpo. Esperé a que por sí mismo descartara uno  a uno, todos los signos vitales. Finalmente dijo: está muerto. Hay que trasladarlo urgente a la guardia, le respondí.

Llegaron los camilleros. Ordené que lo llevaran con cuidado, como si estuviera vivo, con urgencia a la sala de guardia.  Yo caminaba detrás, lentamente, como único cortejo.

El residente se detuvo a esperarme en mitad del pasillo.

— ¿Por qué, doctora?

— Porque si lo damos por muerto en el lugar donde cayó tendremos que esperar a que venga un juez. Lo dije  en voz muy baja como si estuviera encubriendo un crimen.

¿Para qué un juez? Pensé. Si alguien lo hubiera arrojado por la ventana, ese alguien estaría absuelto.

En la guardia, seguí la rutina propia del caso: hice la denuncia del accidente y su fallecimiento en el traslado. Fueron llegando otros médicos, también los directivos del hospital y hasta un delegado del sindicato, todos  consternados ante la  increíble muerte del doctor Andrés Lombardo.  Alguien me acercaba un café, a modo de pésame y lo acepté. Me lo ofrecía Alicia Sánchez, la única persona que supo y nunca  dijo, lo de Andrés Lombardo y yo. Hijo de puta.

El residente se ofreció a terminar la tarea, le respondí que no, que se fuera, que yo sola lo haría más rápido. Al despedirse hizo un gesto indefinible y dijo algo a lo que no presté atención.

Cerré la puerta, fui hasta la camilla y observé de pies a cabeza el cuerpo tendido y desnudo. Lo tapé hasta los hombros, aún necesitaba estar a solas, cara a cara y, lentamente acerqué la mía hasta sus  ojos: la misma frialdad vivos que muertos. Tomé su mano, recorrí con el índice la cicatriz en el dorso, desde el pulgar hasta el meñique y su nueva alianza en el anular izquierdo. Se la quité, leí el nombre de su mujer y una fecha grabada dentro, la envolví en una gasa y la arrojé al container del material descartable. Me calcé los guantes para tomar su cara, tenía una astilla de vidrio clavada en la mejilla derecha, la presioné con mi pulgar hasta hundirla totalmente. Hijo de puta. Giré su cabeza a un lado y  al otro; a un lado y al otro la sangre que brotó de la fractura de su nariz, se enroscaba como una serpiente en su garganta.

En la antesala, una mujer hacía preguntas, sollozaba, un enfermero respondió lo que pudo y después dijo espere un momento, ya viene la doctora. Sin abrir la puerta, lo  llamé en voz alta. El enfermero respondió, voy doctora y, cuando entró  le dije:

—Te necesitan en la enfermería, acá no hay nada que hacer. Yo me encargo.

—Bueno, doc. Y salió.

Cerré los ojos para imaginar  los de la mujer, fijos sobre la pared: Silencio. Sobre la puerta: Prohibido pasar.

El enfermero volvió.

—La mujer quiere verlo, pregunta si puede entrar, quiere hablar con usted. Respondo que no con la cabeza y reafirmo la negación bajando los parpados. Andate ya.

Se fue. Antes había dicho algo más y después cerró la puerta sin hacer el menor ruido. Me acerqué a mirar la cara de Andrés Lombardo por última vez y por última vez sus ojos. No voy a cerrártelos, y la boca, tampoco.  Ahora para qué, qué podrías decirme. Imposible de cerrar, rigor mortis, tendría que luxarte la mandíbula.

Me saqué los guantes, los tiré sobre su pecho, y sobre su pecho sellé y firmé el certificado de defunción.

 

La autora: Elizabet Jorge es una escritora nacida en Lobos, actualmente reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Su cuento “El Ausente” fue representado en teatros. En 2007 “Fuera de Cálculo” fue seleccionado por la Facultad de Filosofía y Letras (UBA) para una antología. En 2008 “El Heredero” obtuvo el  Primer Premio en el Quinto Concurso de Cuentos Fundación Victoria Ocampo, ese mismo año obtuvo el Segundo Premio con “Ajedrez” en el Tercer Concurso Internacional de Relatos de la Fundación Tres Pinos. En 2011 con “Palabras Cruzadas” obtiene el Primer Premio en el  Certamen Palabras Escritas-Palabras Dichas de Ediciones El Escriba. En 2014 con “Ignacio siempre” obtiene Mención en el XIII Concurso Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar organizado por el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas (Cuba) y el Ministerio de Cultura de la República Argentina. Tiene varios cuentos publicados en antologías y en diarios y revistas como Miradas al sur y Crepúsculo. Su primer libro de cuentos La Edad de la Presbicia tiene presentación en Feria del Libro de Bs As 2015 y Feria del Libro La Habana 2015.

 

Microficción seleccionada por Luciano Doti (Lomas del Mirador). Twitter: @Luciano_Doti

Articulos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba