N° de Edición 7269
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Perfeccionar El Estado: Sin Imposturas Intelectuales. Por Julián Licastro

TESTESTE

LICASTRO

La cultura es la elaboración espiritual basamental de la realización de un pueblo. Su cualidad esencial es su impronta creadora, superando la simple imitación o copia. Esto no significa vedar el acceso a las tendencias llamadas universales, que en rigor alcanzan tal categoría desde un origen nacional; pero sí enriquecer dinámicamente nuestra valoración, sin lesionar la matriz singular que nos caracteriza.

En este sentido trascendente, y no xenófobo, las comunidades que ansían conducirse a sí mismas, y liberarse de las presiones internas y externas que las mantienen dependientes, suelen sufrir la doble “colonización pedagógica” de las ideologías de derecha e izquierda.

Son opuestos, tácticamente enfrentados, que comparten, sin embargo, la misma estrategia de importar mecánicamente conceptos procedentes de otras latitudes geográficas e históricas.

Esta tergiversación resulta más evidente en una acepción integral de la cultura, que no se reduce a lo académico, literario y artístico, sino que abarca la fuente inspiradora de creencias profundas, y una filosofía de la vida de raíz comunitaria. Así, preservando los matices del albedrío individual, se expresa en un mismo lenguaje y permite la organización de la sociedad y el equilibrio de sus instituciones.

En la Argentina contemporánea es necesario fortalecer las políticas de Estado en cultura y educación, evitando el autoritarismo que mata la creatividad y el sectarismo que niega la diferencia o la reprime. Luego, el mayor despliegue de nuestra capacidad de pensar, es lo contrario de la actividad rentada de los “teóricos” justificadores de cualquier acción económica, diplomática o política.

En este punto, la honestidad intelectual significa no ocultar ni simular la identidad política. Porque todo debate es válido, a condición de no caer en el “entrismo” que penetra las corrientes mayoritarias para intentar su ruptura y desviación. La ejemplaridad del verdadero pensador exige docencia con decencia, logos con ética; y también tolerancia y discreción sin sobreactuar la exposición mediática ni fingir lealtad por conveniencia.

Las filosofías políticas rigen en ciclos largos de la historia con cimientos casi permanentes. Las doctrinas sociales, que se enmarcan en ellas, actúan en ciclos cortos, por lo que deben actualizarse periódicamente para adaptarse a la evolución de las circunstancias, evitando caer en una rigidez dogmática impropia de la persuasión.

El intelectual diletante actúa sin vocación de resultado, como mero entretenimiento dialéctico y distracción polémica, renuente a trabajar en la formulación de los objetivos y líneas de acción de las políticas públicas. Son intelectuales dedicados a criticar a otros intelectuales en círculos presuntuosos de iniciados, sin las capacidades profesionales y técnicas necesarias para orientar la “metodología de la solución de problemas”.

El pensamiento estratégico, en contraste con el ideologismo cerrado, tiene que seguir los caminos fructíferos de la sinceridad, austeridad y humildad de los grandes maestros. Virtudes imprescindibles, hoy más que nunca, para enfrentar el desafío de una sociedad del conocimiento; en un esfuerzo dirigido al logro científico y tecnológico para la liberación definitiva.

Buenos Aires, mayo de 2015

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