N° de Edición 7275
actualidadAnálisis

Miserias Carcelarias: Centurión y el fin de una familia. Por: Hugo LopezCarribero

TESTESTE

CARCEL SOLEDAD

Dice la Constitución Nacional que las cárceles de la Nación serán sanas ylimpias, para seguridad y no para castigo de los presos alojados en ellas.Es comprensible que si usted ha sido víctima de un delito, tenga la atendible expectativa del sufrimiento de aquel delincuente que entró a sucasa y lastimó a su hijo.

Por: Hugo LopezCarribero

Abogado Penalista

No lo justifico, pero insisto es comprensible y atendible. Pues de serasí, lo narrado en el capítulo le dejará un sabor amargo.

La banda de “Los Hormigas” dedicaba su actividad delictiva a ingresar acasas de familia, portando de importantes armas de fuego, acostumbraban aactuar en forma organizada y asociada, al menos eran cinco losintegrantes. Todos encapuchados, se autodefinían como  “trabajadoresprolijos”, pues a lo largo de diez meses no habían tenido ninguna víctimafatal, ni tampoco ninguno de ellos había muerto en los sucesivos asaltos.

Sin perjuicio de ello los robos se destacaban por su virulenta violencia.Una violencia feroz y despiadada que aterrorizaba a las familias desde elprimer segundo del atraco. Esto también explicaba la ausencia de muertos.Los damnificados no se resistían, era en vano tan sólo pensar en hacerlo.

El menor de la banda era Braian Centurión, tenía 19 años y 72 robos.Braian se sentía descontento con el deber de obedecer órdenes del jefe deLas Hormigas. En cada golpe el joven, observador obsesivo, se convencía más y más de poder actuar en soledad, y consecuentemente no tener quedividir el producido del robo. La bronca de las órdenes le producía unnudo en la garganta. La ansiedad desbordaba sus frenos inhibitorios. Al fin la seguridad de sus actos determinó su conducta solitaria.

Una noche, el joven sin que nadie lo supiera salió de su casa, silenciosoy mirando de reojo. Era invierno, estaba bien abrigado y llevaba unagorrita con la visera para la nuca. Tan seguro estaba de su conducta ydecisión que hasta dejó debajo del su colchón la capucha, pegada al suelode cemento, pues no tenía cama. Esa noche, el destino le indicó que nuncadebió salir de su guarida.

La familia Iriarte ingresaba con su automóvil a la casa de la Av. Gaona,en el barrio de Flores. El rodado había terminado de entrar al garage y elportón eléctrico estaba a medio cerrar. Arma en mano, Braian se deslizópor el espacio que quedaba y logró ingresar.

Pedro Iriarte, advertido por los gritos de su esposa y su hija descendiódel auto con su pistola 9 milímetros. El tiroteo dejó como trágico saldo alas dos mujeres muertas, y a Pedro Iriarte mal herido. El joven forajidologró huir del escenario sangriento. Pedro Iriarte nunca pudo olvidar el gran tatuaje que el joven tenía en su mejilla con forma de araña.

Así las cosas, lejos de desanimarse, Centurión, en los días sucesivos, continuó con la misma modalidad de robos. Solitario, atacaba a familiasindefensas, generaba daños psicológicos y psiquiátricos, además dedespojos dinerarios que en familias de clase media significaban laantesala a la miseria.

Un delincuente pude robar mucho durante mucho tiempo, pero no puede robareternamente. Esto es una ley no escrita, pero una ley que el malvivienteconoce, aunque ni siempre la respeta.

Confiado, los robos de Braian eran cada vez menos intimidatorios, menosviolentos y con menor agresividad. Igualmente conseguía lo que iba abuscar.Esa excesiva confianza lo llevó un día a la cárcel de Villa Devoto,acusado del último robo. Los demás quedaban impunes.

Cuando ingresó a la unidad carcelaria lo invadió un sentimiento deresignación. Tal vez con 6 ó 7 años de prisión pudiera recuperar lalibertad. Después de todo no era tanto tiempo. Era mucho daño el que habíagenerado en las calles.

El jefe de la cárcel de Villa Devoto, acostumbraba a entrevistarpersonalmente a los nuevos presos. De allí se establecía, de acuerdo a lasreglas de la sana crítica, el pabellón de alojamiento; las medidas demediana ó máxima seguridad; la distinción de delincuentes primarios de losreincidentes; jóvenes de adultos, etc.

Esa tarde, Braian Centurión ingresó desafiante al despacho del jefcarcelario. El joven de pié y con las manos esposadas detrás de sucintura. La araña en su rostro, hasta parecía que caminaba. El jefe eraviudo, se llamaba Pedro Iriarte. Braian no lo reconoció.Iriarte se puso de pie, aguantó la respiración. Comenzó a sudar, le bajóla presión, tuvo náuseas. Pidió que saquen al preso inmediatamente de sudespacho. Luego se sentó, no sabía qué hacer. Hubiera querido estar en elcementerio con su esposa y su hija. Bajo tierra, la paz mortal hubiesesido su refugio más dulce.

Pedro Iriarte, no lograba reaccionar. Pensaba cómo tomar venganza, ahoraque lo tenía todo al alcance de sus manos. Pensó en alojar al preso en elpabellón número 1, el más violento, haciendo saber a los demás reos queCenturión había violado a una niña, los presos se encargarían de hacer losuyo. Pensó en alojarlo en el hospital penitenciario, donde lasprobabilidades de contraer una enfermedad respiratoria letal, son casiabsolutas, en tal caso la muerte sería lenta, una vida consumida conensañamiento. Pensó y pensó, pero no se decidió por ninguna alternativa.

A las 20:00, los guardias de la jefatura escucharon un disparoejecutado dentro del despacho de Iriarte. El suicidio fue la herramientaque lo catapultó junto a sus seres queridos. Se mató con la misma arma queaños atrás había intentado defender a su esposa y a su pequeña hija. Ladepresión pudo más que la sed de venganza.

Mostrar más

Articulos relacionados

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Botón volver arriba