N° de Edición 7271
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Enfoque: Los Profesionales Y La Buena O Mala Fe. Por: Hugo Lopez Carribero

TESTESTE

LOPEZ CARRIBERO

Una vez, un abogado tramposo por excelencia, me dijo: “Los abogados canadienses arreglan los hechos según la ley, en cambio los abogados argentinos, arreglan la ley según los hechos. Por eso los argentinos tenemos los mejores abogados”.

Por: Hugo Lopez Carribero

Abogado penalista

 

Desde ese día decidí no volver a conversar más con ese abogado, sólo lo saludo con decoro, y nada más. Los abogados no debemos obstaculizar la administración de justicia, sino más bien promoverla. Ningún abogado debe dejar al descubierto a su cliente, frente al delito que éste pudo haber cometido. Pero todas las defensas deben ser distinguidas por la buena fe por ser dignas y honradas.

La buena fe comprende, entre otras cosas, no pretender tomarles el pelo a los jueces y a los otros abogados, bajo el pretexto de defender los derechos del cliente. La buena fe es la calidad jurídica de la conducta legalmente exigida de actuar en el proceso con probidad, con el sincero convencimiento de hallarse asistido de razón, con argumentos válidos. Con acierto, cordura, prudencia y rectitud.

Todo abogado que actúa de mala fe, lejos de beneficiar a su cliente, lo complica, y lo compromete cada vez más en su engorrosa situación procesal. La primera torpeza de un joven abogado es tomar un caso de un familiar. “De hombres es equivocarse; pero luego de ello de locos es persistir en el error”. (Marco Tulio Cicerón).

Esto no tiene nada que ver, y por lo tanto no debe confundirse, con la perseverancia, que es una virtud de muchos seres vivos, no sólo del ser humano. En el marco de la perseverancia, caer está permitido, pero levantarse es obligatorio. El hombre en muchas ocasiones hace alarde de su envidia. Por ello, a veces me incluyo, nos gusta llamar testarudez a la perseverancia de los demás pero le reservamos el nombre de perseverancia a nuestra testarudez. Es una de las tantas formas que el ser humano tiene al alcance su mano para expresar su codicia y sus celos.

Por eso es que cada vez que enfrento un juicio difícil, recuerdo las experiencias que me dejaron los juicios que perdí. Es la mejor manera de volver a ganar. De los ganados nunca aprendí nada y como en muchos órdenes de la vida, para ganar, primero perdí.

Hace pocos meses, llegué a mi juicio número mil. Es muy cierto aquello según lo cual no se sale adelante celebrado éxitos, sino superando fracasos. El que cierra la puerta a todos sus errores, en algunas oportunidades seguro va a dejar afuera a la verdad.

El abogado debe hacerse amigo de los pensamientos comunes, esos pensamientos son habitualmente los más pacificadores. Todos necesitamos paz y serenidad para trabajar correctamente. El deber y la pasión son dos grandes gigantes que luchan en el corazón del hombre. Con bastante frecuencia el que sucumbe es el deber. Puede observarse esto, con mucha frecuencia, en los juicios criminales.

Siempre el abogado debe apresurarse a reconocer sus errores, antes que otro venga y los exagere. Y muchas veces el buen abogado debe saber luchar no sólo sin miedo, sino también sin esperanzas. Las batallas judiciales en las que se advierte una posible, o casi segura derrota, son las más honrosas de llevar adelante. Allí no hay más que dignidad y orgullo, ese orgullo bien ganado y bien empleado.

Allí está la honradez intelectual del abogado elevada a la décima potencia, la mesura y la solemnidad. Claro que todo este trabajo debe ir acompañado de un cliente sensato, que ayude al abogado y no que le ponga palos en la rueda.

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