N° de Edición 7324
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Enfoque: La Independencia Económica Y El Ser Nacional. Por Julián Licastro

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LICASTRO

El Ser Nacional no es una entelequia ideológica ni una consigna partidaria, sino un concepto profundo que expresa la matriz existencial de un pueblo, interpretando sus mitos fundantes, arquetipos éticos y gestas sociales. Decimos  “mitos” no en la acepción negativa de la mixtificación, la superstición o el engaño, sino como reflejo metafísico de grandes verdades espirituales que acompañan a la comunidad en los desafíos cruciales de su destino.

Son alegorías incorporadas a las tradiciones colectivas, pero que no se detienen en el pasado, porque deben actualizarse hacia el futuro proyectando el núcleo de valores que lo caracteriza. Con este sentimiento, que enfoca su propia perspectiva lógica, orienta la formación de la identidad nacional, y la constituye soberanamente en sujeto histórico.

En la identidad nacional, precisamente, se resume la razón de la vida en conjunto y se justifica un devenir protagónico para la realización de sus aspiraciones. Afirmación de la voluntad  de supervivencia que trasciende, ligada a principios de unidad y cohesión, superando la prueba del tiempo y las adversidades. Por tanto, exige hacer lo necesario para su despliegue; advirtiendo que, a la inversa, el extravío del ser, o su ocultamiento, implican una decadencia inexorable.

El Ser Nacional, como concepto liberador y no reaccionario, conjuega mística y razón, abnegación e inteligencia, en orden a forjar la “unidad en la diversidad”, integrando a los sectores de la comunidad de manera complementaria. Convenciendo y no venciendo, persuadiendo y no mandando, organizando el diálogo y tendiendo al consenso en lo substancial. Sabiendo que la palabra orientadora tiene el don de convertir el pensamiento en motivo y el motivo en acción.

El bien común comprende la disposición  de los ciudadanos a actuar con mesura y protegerse mutuamente con mentalidad fraterna. Supone la convicción de que la libertad sólo es posible con responsabilidad; y que el Estado tiene que fijar normas claras y hacerlas cumplir para garantizar las relaciones de respeto y convivencia. De allí el rescate a efectuar del principio de autoridad, sin confundirlo con el autoritarismo y su réplica en los remedos de anarquía.

Obviamente, la credibilidad del oficialismo y de la oposición necesita recuperarse de la frivolidad de la “política- espectáculo”. Una forma de proselitismo virtual que aleja a los dirigentes de los problemas reales del país y de la angustia de los más necesitados. En su medida, pues, y armónicamente, la democracia de trabajo puede brindar respuestas eficaces; y resguardar a la vez un estilo de prudencia, discreción y transparencia.

En el plano económico, lo nacional confluye en la región y se expresa como “independencia” inherente a la determinación de los pueblos. No representa la “autarquía”, de las viejas concepciones beligerantes, que frustra y aísla porque resulta vana; sino la integración y el intercambio justo que fortalece y promueve el desarrollo.

Es el desafío anunciado en un legado doctrinario actualizado, no dogmático, que establece la estrategia como antídoto del facilismo y el cortoplacismo. En consecuencia, es imperioso dejar la “politización” primaria del subdesarrollo, para alcanzar el nivel superior de “cultura política” en una sociedad equilibrada y próspera. Sin esta esperanza la Argentina no existirá, porque existir es trabajar para realizar el Ser Nacional, pensando en las próximas generaciones y no únicamente en las próximas elecciones. [7.7.15]

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