N° de Edición 7324
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Análisis: Política Económica Y Doctrina Social. Por Julián Licastro

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En nuestra concepción la dignidad de la vida prima sobre la economía, recusando al “economicismo”, liberal o marxista, que niega a las personas y a los pueblos su esperanza de realización plena. Por eso la política, como medio instrumental, y no fin en sí misma, debe orientar el capital a la actividad productiva para servir a la comunidad en el propósito integral de una democracia de justicia y paz.

La cultura del trabajo, que comprende toda una escala de valores esenciales, es el eje organizador de la sociedad, en una relación equilibrada de deberes y derechos que es menestar preservar de la manipulación ideológica. Porque el progreso real requiere concretar la tarea pendiente en la construcción del país, mientras el “progresismo” declama en abstracto agravando la frustración social.

Equidistante de los extremos hay voluntades dispuestas a emprender planes eficaces para la utilización independiente de nuestras reservas naturales; articulando con ecuanimidad el balance de esfuerzos y beneficios. En un sistema de este carácter, con un protagonismo compartido y sin arbitrariedades del poder, todos tenemos algo que decir, hacer y ofrecer al bien general.

Este horizonte prometedor y accesible implica remover los obstáculos que traban nuestro avance, como los especuladores financieros, los agoreros de colapsos económicos y los mentores de una supuesta “pacificación” impuesta por la inmovilidad social y la amenaza represiva. Pero también, los pregoneros del facilismo y la improvisación que aumentan absurdamente la pobreza y la indigencia.

Del contraste entre país promisorio y vidas carenciadas surge precisamente la conciencia redentora del compartir para multiplicar las posibilidades. Fuente de una doctrina humanista y fraterna, basada en la dignificación social como reivindicación colectiva, superadora del individualismo egoísta que es causa de debilidad.

Por este motivo, la doctrina alcanza su total significado al concebir el “bien común” como protección universal de la condición humana, para incorporarnos a una gran fuerza con capacidad transformadora. Proceso de integración e identificación comunitaria que convierte la protesta en propuesta, y une el idealismo de la solidaridad con el realismo de la organización para la justicia social.

Construir una opción válida a los excesos del capitalismo opresivo no habilita la transgresión irresponsable de las leyes genuinas del arte de la economía, error que desemboca fatalmente en aventuras y fracasos. Al contrario, implica un afán mayor por la excelencia profesional, técnica y política para no decepcionar a quienes quieren prosperar, sin caer por la vía del resentimiento en un dirigismo mediocre y venal.

De igual manera, la obligación de asistir a los hermanos marginados y excluidos no consagra la subcultura subsidiada de la desocupación permanente. Es preciso crear trabajo digno para el rescate de la emergencia social que humilla y entraña cautividad clientelar. Así la libertad se recupera por la acción personal de cada uno al aportar su esfuerzo indelegable para el sustento mutuo.

La dinámica económica es implacable; suele resistir el endoso de autoridad, la conducción dual y el secretismo de poder, porque necesita vislumbrar la coincidencia entre eficacia y equidad. Quien no lo demuestre activamente arriesgará su liderazgo, y quien lo imponga con absolutismo enfrentará un conflicto imprevisible, cuando es la hora del consenso.  [23.6.15]

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