N° de Edición 7324
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Análisis: Crisis De La Política Y La Economía En Occidente. Por: Julián Licastro

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LICASTRO

Observar la perspectiva general de la política en el ámbito de la cultura occidental, nos facilita captar el carácter de la crisis propia, que no escapa al cúmulo de factores que la inducen. Decimos “política” como articulación de un sistema amplio, capaz de incorporar fuerzas distintas, más que ejercer la defensa cerrada de intereses unilaterales. Y definimos a “occidente” considerando la diferente legitimidad axiomática, de inspiración teocrática, que alienta los regímenes integristas de oriente.

En nuestro mundo, el imperio moderno que creó el federalismo doctrinario, y produjo miles de dirigentes, hace tiempo que alterna el “reinado” de dos familias poderosas con pretensiones dinásticas, situación contraria de hecho a los principios democráticos. Allí también, el endiosamiento de la tecnología y el ascenso de la tecnocracia no han servido para moderar la codicia de los ricos cada vez más ricos, ni corregir el contraste social, el racismo violento y el crimen globalizado del tráfico de drogas.

Subyace una inestabilidad existencial, donde las viejas formas caducan sin entreabrir el camino a las nuevas, lo cual revierte en divisiones estériles. Igual ocurre en Europa, donde la “indignación” genera movilizaciones contestatarias de pronóstico reservado. En todos lados, el relativismo moral y la especulación evidencian la impotencia de los liderazgos establecidos para recuperar el equilibrio en sociedades fragmentadas.

Esta fragilidad institucional aumenta con el planteo transideológico de las corporaciones que lucran por igual con cualquier modelo estatal o referencia pública, en pro de una voracidad financiera ilimitada. Mientras muchos ciudadanos se desorientan y pierden el sentido constitutivo de la unidad y organización comunitaria.

Aquí actúa el coro de gurúes o “celebridades” mediáticas discordantes, y el manejo discrecional del autoritarismo, con artificios “legales” y maquinaciones de cúpula. En nuestro país, el desgaste de los partidos tradicionales, y la sinuosidad temprana de los nuevos nucleamientos, origina el concepto difuso de “espacio político”, facilitando la entrada y salida de dirigentes según su conveniencia. El resultado ronda el perfil superficial e intercambiable de los candidatos, que retacean definiciones necesarias para ordenar el escenario electoral.

En el planteo de las alianzas y frentes, donde se privilegia el  “llegar”, y no el “gobernar”, la fugacidad de los acuerdos se expone con componendas contradictorias para aquellos votantes desencantados del proceso electoral. Máxime cuando se pacta en forma individual, al margen de la orientación partidaria, sin generar lealtades permanentes a nada ni a nadie.

Esta realidad desnaturaliza el espíritu de las primarias y malversa su costo en tiempo y recursos que, directa o indirectamente, pagan los contribuyentes. Así, hay más alianzas que partidos, y más partidos que corrientes políticas, presagiando una atomización imprevisible. Por lo menos, hasta después del último comicio, donde habrá que concertar un núcleo estratégico de políticas de Estado, como alternativa a una complicación ingobernable.

Nuestra región es valorada como una “zona de paz” respecto a la lucha externa entre Estados, pero resulta a la vez una de las más desiguales del mundo; paradoja que reitera el método de las “hipótesis de conflicto” en el plano interno. Éste es el riesgo a conjurar, cualquiera sea el nombre y la modalidad que adquiera como acechanza serial de la historia. Para hacerlo, hay que descartar las ideologías de confrontación que agotaron su ciclo, y hacer propicia la predicación universal de la doctrina social justa, que renace por la dignidad del trabajo y la solidaridad. [21.7.15]

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